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TRIBUNA

¿Víctor o victoria momentánea del vilipendo? Sin duda, Víctor Ochoa

lunes 29 de junio de 2020, 20:22h

Los artistas ya no son los locos de la sociedad; ni tan siquiera eso. Ahora, los locos están en playas y terrazas cual rebaños de cabras desquiciadas, como si nunca antes hubiesen podido salir de su encierro en el aprisco, ansiosos por divertirse a lo más grande, que es todo el ocio que ambicionan algunos.

A fuer de no reprimir sus propios instintos primarios, los erotes –dioses griegos de la farra sensual– encuentran su porqué bajo el lujo del sol. Y con sus conciencias ombligueras, van a convertir a la humanidad sensata en una enorme vacada loca no tanto por aspersión de la regadera de su locura, rellena de esos cócteles que a ellos tanto les ponen, sino por la locura peligrosa de contagiar el virus masificadamente.

Esos irreflexivos ciudadanos tienen la solidaridad más abajo de la espalda. No se había levantado la alerta y ya tenían preparadas las mansiones para sus fiestazas y para colmarlas de caprichosas licencias colectivas a las que invitar a todos los desesperados del mundo que buscan algo que poder hacer pasar por felicidad. Hay quien busca ser feliz en el fondo de un vaso, creyendo ver en el culo de vodka el brillo de algo que dejó perder un día lejano y cuando trata de tragárselo se le esfuma como la luz diurna en el crepúsculo.

A muchos, la felicidad debe haberles venido resultando tan resbaladera como aquel trineo llamado Rosebud que simbolizaba para el Ciudadano Kane su niñez dichosa, aquella sensación profunda que éste no había logrado sintetizar de nuevo en el laboratorio de su alma, una vez perdida la química de la infancia. Lo digo a tenor de esa desesperación que parecen mostrar muchos por ser los más felices del orbe pese a quien pese.

El mundo está muy lleno de esa clase de ciudadanos que no ve “más allá de sus narices”, como le decían en mofa al narizotas Cyrano de Bergerac. Muchos parecen no ver a los otros ciudadanos con los que conviven, como tampoco ven las otras conciencias que habitan dentro de esos ciudadanos, que no solo existen sino que ya existían antes incluso de haber nacido los cegatos de corazón y, por eso, estos últimos no sienten respeto por los más vulnerables de nuestro amplio grupo humano, los mayores.

Y aquí es donde el diablo de la sinrazón le desenrolla su alfombra roja a ese virus que ha venido a por nosotros, en vez de tenderle el mejor puente de plata. Así podría casi garantizarse la victoria total del horrendo patógeno, al que una escultura de estética connaturalmente grotesca, realizada por mi colega Víctor Ochoa, parece haber retratado en toda su siniestra estampa aunque, al parecer, se proyecte como un homenaje a la cruzada de tantos héroes sanitarios anónimos. El escultor explicó en este periódico, más o menos, que la escultura era de antes de la crisis pero que había encontrado su verdadera razón de ser en su mente a raíz de la pandemia. No lo ocultó.

Los necios y los egoístas se ven solo a ellos y, si acaso ven más allá, ven lo peor de las cosas, y lo peor de los otros. Y por esta triste ley natural, algunos ciudadanos españoles han querido ver lo peor en la escultura que Víctor Ochoa ha donado a la Comunidad de Madrid, que no es sino un regalo al pueblo de Madrid hecho con la mejor intención. Recuerdo cuando el gran periodista Pepe Cavero me encomendó, con esa empatía que demostró siempre hacia mi obra, que recordara de su parte a los gestores de un ayuntamiento tal –desatendiendo mis peticiones para exponer–, que las salas de exposiciones públicas no son de los políticos sino del pueblo.

Ochoa, que no había encontrado obstáculos administrativos –excusas por impuestos que se derivan, etc.– que impidiesen la materilización de la donación y fluyéndole a buen ritmo las cosas de palacio, se encuentra inopinadamente con que las hordas vilipendiosas del pueblo español, “que nunca se ha quedado mudo a lo largo de la historia”, como aseguró Manuel Azaña, pretenden envenenar su buena acción articulando contra su escultura el fétido lenguaje de cañería propio de la opinión anónima ramificada, que no es, precisamente, crítica en rama.

Peor viene siendo para nosotros, familiares y amigos del desaparecido pintor andaluz de doble nacionalidad –española y francesa–, Francisco Picón Moreno, que llevamos años esperando a que el Museo de Jaén, su tierra natal, admita post mortem una donación que fue un sueño imposible en la vida del pintor, para lo cual se desplazó hasta Jaén, desde París, en la década de 1980, petición que fue atendida por la administración andaluza como quien oye llover…

El pueblo que, al parecer, sabe de todo, lo mejor que hace es juzgar, sentenciar y, finalmente, decapitar. Y a mí se me hiela la sangre. Afortunadamente, a Víctor Ochoa no se le embarbasca el ánimo y aduce buenos argumentos que legitimizan su donación de la escultura, injustamente difamada.

Decía el gran contrabajista de jazz Charles Mingus, perspicaz, visceral, contradictorio –genio absoluto–, que dentro de él había tres hombres: uno impasible, frío, a la espera de contar sencillamente lo que ve; otro acojonado, cual rata acorralada que ataca para salvar su vida; y un tercero que ama y tolera hasta lo más intolerable, con el propósito de que las cosas fluyan y aunque, en el fondo, desease acabar con toda esa injusticia de golpe.

Mingus sentía vivamente la presencia de sus tres hombres interiores; podía distinguirlos claramente en su conciencia. Me recuerda aquellos distintos Yos de cada uno que Nietzsche nos ayudó a descubrir o aquellos canteros del cuento que narra José Antonio Marina, al hilo simpático de los pilares de Follett, y que nos definen como hombres.

Ochoa parece dispuesto a no arredrarse ante la intolerancia o, al menos, éste parece ser, de entre todos sus Yos íntimos, el que ahora más fulge en apariencia, y yo me alegro de ello; Curiosamente, la gallardía es rasgo personal diferenciador de escultores-modeladores, y podría deberse a la sensación de demiúrgica potestad que da saber modelar un cuerpo –baste una cabeza– con las solas manos. Pruebas de la bravura que exige el modelado directo sobre la tierra cruda, aún no cocida o pasada al bronce, se pueden hallar en las personalidades de Rodin, Cellini o Torrigiano, aquel escultor que le partió la nariz al Buonarrotti.

Cuando se esculpe la piedra, las manos están menos poseídas por la visceralidad que regidas por la geometría cerebral, que no puede permitirse errores. Cuando se modela se siente cómo, de las manos de uno, se apoderan mecanismos de intuición primitiva respecto del acto de pensar articuladamente que es un logro evolutivo de anteayer. Uno cree estar descubriendo de qué foma Dios modeló la carne o las hojas de un árbol y solo hablando de materia, lo cual no es poco. Imagino que lo del soplo de vida será un misterio divino para toda la eternidad.

Decía Rilke que la mejor forma de comprender las obras de arte es acercándose a ellas con la intención de amarlas. Las poderosas esculturas de Víctor Ochoa tienen amantes devotos, muchos, como los tienen todas las buenas obras de arte, al margen de sus creadores y sus difíciles personalidades –contadores de mentiras y tralará, ¿no amigo Víctor?–, que no otra cosa es el arte, como dijo Picasso.

¡Adelante, escultor!

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