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FRACASA MEJOR

El lector pandémico (IX)

lunes 29 de junio de 2020, 20:34h
I. Son las seis y veintinueve minutos. El tiempo con esta pandemia hace que suframos ataques de nostalgia. Dormimos menos horas, despertamos en mitad de la pesadilla. Nuestra obligación es seguir hombro contra hombro, niños que son fieles guerreros apostados en una frontera, leyendo libros asombrosos para nosotros, el arte de vivir siempre cuchicheando. Lo bello es una lucha. Lo bueno todavía recuerda el desdén. El silencio es un soldado voluntario de caballería. Estar, buscar días, aunque no sean tan pletóricos. Hay un silencio entre motitas de polvo sin limpiar. Meditamos sin emitir sonidos entrecortados. El pensamiento se introduce en el espesor del mundo.


II. Llega la nueva normalidad y muchos se abrazan y gritan aleluyas pensando que no nos estancamos en el camino. El diario es la mejor manera de entrar en las mentes a hurtadillas después de que anochezca para decirles que hay rebrotes por covid-19, que han pasado muchas cosas desde la última vez que nos vimos. Ahora estamos ante un mundo distinto. Muchas comarcas retroceden a la fase 2 por varios brotes. El escarmiento juega para divertirse. Para distraerme y evadirme llego al máximo de alegría leyendo lo nuevo de Patti Smith: El año del Mono (Lumen), la autora de Éramos unos niños, galardonada con el National Book Award. Los diarios de Patti Smith proporcionan gran riqueza de información sobre sus quehaceres diarios, esos que la impulsan a correr por los hoteles cuando se le presenta la ocasión de escaparse, sintiéndose como un potrillo salvaje. El año del Mono, con su habitual estilo poético que no carece de nada, como si nos hablara una Alicia en el país de las maravillas que avanza de trinchera en trinchera, nos ofrece una autobiografía suya al cumplir los sesenta y nueve años. Todos sus diarios son confesionales. El mundo sin Patti Smith nos inspiraría rencor. Los límites de la realidad se colocan a nuestros pies. Nos registra aquí sus emociones, sus estados de ánimo, anécdotas que leer entre líneas, sus sentimientos que trazan un mapa de la topografía hecha con retazos. “Usa la cabeza –me reprendió el espejo”. “Usa la mente-me aconsejó el cartel luminoso”. Patti Smith les habla a los espejos para contarles sus emociones cósmicas. Nos menciona restaurantes de menú con aire retro (Lucy’s), sándwiches de queso fundido con pan de centeno, tarta de arándanos y café solo. Capta nuestra atención fijándose en todos y cada uno de los que llevan una mochila con una raya amarilla vertical. Leo que Patti Smith dormita: “Entré en un sueño revolucionario, a la francesa, es decir, con jóvenes ataviados con camisas que ondeaban al viento”. Leo que las horas se deslizan una tras otra mientras pasa una pareja de tortolitos. Nos trae sus opiniones, sus ideas, nubes obstinadas que se mueven y dejan ver el sol por momentos, buenos augurios que se mantienen detrás de nosotros, laureados. Lo que registra pertenece a un mundo íntimo: “Camy conducía rápido, pero no me importaba. También hablaba rápido y cambiaba de emisora mientras parloteaba, para entablar de pronto otra conversación con la voz incorpórea del locutor. Llevaba puestos unos auriculares diminutos y tenía otro móvil cargándose. Camy no callaba ni un segundo. Me hacía una pregunta y luego la respondía desde su punto de vista. Apenas abrí la boca. Seguí en silencio, como en el otro coche, pero era un silencio distinto. Al final, le pregunté si sabía algo acerca de unos envoltorios de chocolatina que ensuciaban la playa que había junto al muelle de Ocean Beach”. Una de las cantautoras más importantes del siglo pasado, artista visual que repite para nuestros adentros el mensaje una y otra vez. El libro abarca más de tres años. Patti Smith: fotos formato polaroid, óperas basadas en Medea, rayos de luz matutina.


III. Todos los actores son distintos, pero se parecen mucho entre ellos. Viggo Mortensen, danés nacido en Nueva York, no se parece a nadie, es un actor inclasificable que construye una filmografía con sentido. Ha trabajado con directores de la talla de David Cronenberg, Peter Weir o Brian de Palma. Acaban de darle el premio Donostia del Festival de San Sebastián, en su 68 edición, reconociéndole así toda su carrera. Presentará su estreno como director, Falling. Le gusta el Jazz y la literatura. “Todas las personas, aunque nunca pinten un cuadro ni hagan una película, pueden vivir artísticamente”, comentó alguna vez. Recuerdo una película suya de hace no tanto, Road, que saludaba un mundo apocalíptico, un mundo sin apenas gente, sin coches, sin nubes.


IV. La ciudad ya no está vacía, las calles ya no están desiertas antes de las ocho de la tarde. ¡Cómo lo necesitábamos y solamente eso! Hay terrazas en las que tomar algo con mucha precaución. El rebaño de ovejas lo único que desea tener es más días suyos.


V. Los lobos en sus reuniones comparten la misma pasión. Los lobos sienten soplar un viento molesto y las hojas crujiendo empiezan a caer. Lobos que mueren de pulmonía. Lobos que no quieren correr el riesgo de oír algo desagradable. Lobos que no acuden a ningún lugar elegante. Lobos que pierden peso durante la noche y jadean como perros, sintiéndose muy bien. Lobos que no cobran lo suyo hasta muchos meses después. Lobos que tienen la esperanza de que pronto comenzarán a escribir. Lobos que hablan libremente, con más espontaneidad. Lobos queriendo gozar de la vida ahora que el frío se ha moderado. Hay lobos que piden algo de comer y de beber.


VI. Estoy llegando al fin de este cuaderno que es como dar de beber al lector un buen mejunje: vino, café negro, agua. Son diez semanas escribiendo para conocerme y conocer el fondo del asunto. En estos meses he sido un lector pandémico lleno de lecturas apabullantes. Aquí estoy en el Consentidos, mi café habitual. Suena la música de Sting. Veo a la gente pasar tras la cristalera en vano como siempre. Sin moverme del sitio viajo no sé muy bien por qué a través del allegro de Herman Melville, en Moby Dick: “Llamadme Ismael. Hace unos años no importa exactamente cuántos-, teniendo poco o ningún dinero en mi bolsa y nada especial que me interesara en la tierra, pensé navegar un poco y ver la parte acuática del mundo. Es una manera que tengo de ahuyentar el hastío y regular la circulación”. Melville te proporciona unos pocos billetes arrugados para, siendo un inadaptado, viajar en busca de aventuras. Nos subimos al barco de Ismael, formamos parte de la tripulación –Ven con nosotros –dice-, tómate el tiempo que necesites. Todo el libro está a la altura de su glorioso comienzo. Anoto que tengo que hacer un poema durante la última semana sobre este tema, con versos que no sean fallidos, sino perlas de sabiduría. Deseo un golpe de genio para el final, algo que sea magnífico, con la chispa inicial del Moby Dick de Melville. Escribir, con frecuencia, es sentirse menos herido y no tan confuso. Es como si nos dieran el permiso para descansar y relajarnos, abandonando el cansancio. Día de Melville, día de coraje e imaginación.


VII. Estas notas le dan importancia al lenguaje, establecen ecuaciones matemáticas con la realidad, narran el drama vivo a marchas forzadas. La cabeza me da vueltas. El aire me apunta con el dedo. ¿Tan terrible es la cosa? ¿Ni siquiera pueden decirnos cuándo se acabará esto?
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