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TRIBUNA

Ser uno mismo

Juan José Vijuesca
miércoles 01 de julio de 2020, 20:14h
El ser humano tiene la costumbre de nacer y luego la de hacer cosas. Hasta aquí es algo consustancial. Lo más destacable viene después de un breve paréntesis que comprende entre el 1.500 a.C. y el 2.020 d.C. período que obedece en exclusiva al de la lactancia materna. O sea, vivir de la teta o la manera de cobrar sin tener que trabajar. También hay quienes la solución a su bicoca la fomentan siendo aborregado vitalicio por aquello de mal de muchos consuelo de tontos.

Lo de ser uno mismo en el buen hacer ha caído en desgracia, y lo digo con cierta nostalgia por lo mucho de bueno que ha representado el individualismo de éxito. Ahora no, ahora lo que se lleva es que cada cual haga lo que mejor le venga en gana, pero eso sí, haciéndolo en compañía grupal. Hoy el ser pensador solitario no es nadie, esta pasado de moda y por eso el anacoreta se alimenta haciendo bulto detrás de una gigantesca pancarta reivindicativa de cualquier acontecer. Lo tribal es el progreso, lo importante es seguir a un grupo por y para lo que sea, da igual que se trate de reivindicar el amancebamiento de la marsopa beluga, los derechos hereditarios del cangrejo australiano, la extinción de la mosca tse-tsé, o la importancia de llamarse Ernesto. Lo que cuenta es sentirse miembro de una manada bajo los efectos de una pancartitis aguda y eso no se consigue actuando en solitario, o sea, siendo uno mismo.

Ser agrupado es encontrar el hospicio de la seguridad que por sí solo no se consigue por cobardía y falta de compromiso. Da igual ignorar la historia de la humanidad, lo importante es cargarse la estatua de fray Junípero Serra o la de don Miguel de Cervantes. Todo es indiferente cuando la turba emerge de la ciénaga intentando borrar huellas del pasado sin mediar quien o quienes jugaron un papel preponderante en labores benefactoras con las personas o con las universales letras. Hay que entender la historia en su contexto, pues el ayer nada tiene que ver con la visión moral actual, sin embargo una cosa es perpetuar la imagen de un esclavista o la de un perverso genocida que no se merecen ocupar sitios públicos por la deshonra de su pasado y otra bien distinta no distinguir la de alguien que dedicó su vida al bien de los demás. Y ahora díganme ¿Qué hacemos con las pirámides de Egipto, el Partenón y el Coliseo Romano, todos construidos, al menos en parte, por el trabajo esclavo?

Si empezamos a destronar monumentos creyendo que nuestra especie es superior en humanidad a la de antes, entonces díganme, ¿Qué hacemos con los cerca de 1.000 niños que mueren todos los días a causa de enfermedades diarreicas asociadas con agua potable contaminada, saneamiento deficiente o malas prácticas de higiene? ¿Qué hacemos para impedir que cada día 24.000 personas mueran de hambre en el mundo y, de ellas, 18.000 sean niños y niñas de entre uno y cuatro años? ¿Qué hacemos para acabar con la práctica de la mutilación genital femenina en el mundo? ¿Qué hacemos para impedir los matrimonios entre niñas de muy corta edad desposadas con hombres adultos o ancianos?

No, casi nada de lo que heredamos está tan límpido de injusticias como para sentirnos orgullosos, pero de igual forma ha de sucederles a las generaciones venideras respecto de nosotros mismos, pues en la historia que estamos dejando como legado también queda el refrendo de nuestra insidia, odio y envidia por no hacer mención de las tropelías humanitarias que contemplamos y no ponemos remedio. ¿Acaso somos mejores que muchos de aquellos? ¿Acaso somos merecedores de mayor indulgencia?

Fray Junípero Serra nos dejó un retrato en verso: “Aquí la envidia y mentira/me tuvieron encerrado./ ¡Dichoso el humilde estado/del sabio que se retira/de aqueste mundo malvado,/y con pobre mesa y casa,/en el campo deleitoso,/con sólo Dios se compasa/y a solas su vida pasa,/ni envidado, ni envidioso!”.

Y en esas estamos cuando la falta de humildad nos enerva para caer y recaer las veces que sean menester, pues de la propia historia no aprendemos ni capaces de aprender seremos, salvo alguna que otra rara excepción. De manera que enraizamos nuestros defectos criticando a nuestros universales antepasados despreciando sus mejores hechos. Ahora bien, en lugar de aprender de todo lo aquello adverso para no repetir lo funesto, preferimos cerrar los libros y allanar camino al trápala, al pérfido, al indeseable y al enredo. Y en el juzgar de las cosas debemos reparar cuando sean buenos ejemplos, pero ¡cuánta maldad tenemos!, ¡cuánto sesgo en lo que hacemos!, aún sabedores de que en lugar de avanzar, retrocedemos, y aun así, poco o nada importa cuando la moda es la mentira y el desdeño.

Y de esta manera tan resumida, sin caer en la cuenta que nuestro presente es la misma historia que ahora repudiamos haciendo y deshaciendo sin disimulo, a cuerpo gentil, con la impunidad de la casta soez y engañosa, yo, que soy menos que nada, les digo que conviene mirarse el ombligo como ejercicio divino para recordar a donde vamos y de donde vinimos.
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