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TRIBUNA

País Vasco: el barco del honor se estrelló contra la política cotidiana

miércoles 01 de julio de 2020, 20:28h
Cuando en abril de 2001, Jaime Mayor y Nicolás Redondo -alentados por Fernando Savater- se abrazaban en el Kursaal de San Sebastián, no existía aún conciencia de que el final del terrorismo etarra y el de la precaria unidad del constitucionalismo en el País Vasco estaban ambos heridos de muerte.

Concluía en ese abrazo la desesperada batalla entre el socialismo y el centro-derecha vascos por reemplazarse de manera recíproca como socios principales del PNV en la Comunidad Autónoma y de erigir al partido fundado por Sabino Arana en socio regional de referencia de sus partidos nacionales. Era el eterno retorno a la historia de la II República española, Prieto o Gil Robles intentando engrosar en el Frente Popular o en la contra-revolución a un partido de perfiles indeterminados en sus filas, un partido -el PNV- que ya para entonces había convertido en esencia de su actuación el accidentalismo de sus alianzas políticas.

El constitucionalismo perdía esas elecciones de 2001por algunas decenas de miles de votos y el buey retornaba a su arado antiguo: el PSOE preparaba con agilidad digna de mejor causa la sustitución de Redondo por un López más asequible a las directrices de la ejecutiva federal y disponible para retomar el pacto con los nacionalistas; la legislatura de este último como Lehendakari (2009-2012) se resolvió en la incapacidad de su partido por establecer políticas alternativas a las del PNV y al desprecio al otro partido nacional -el PP-, que le entregara sus votos a cambio de nada.

En paralelo, la eficacia de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, unida al apoyo de la sociedad civil española, reducía el número de los atentados de ETA. De las 23 víctimas mortales del año 2000 se pasaba a 15 en 2001, y a 5 y a 3 en los dos siguientes.

El temor a que el final de la banda terrorista infligiera un daño irreparable al nacionalismo se apoderó de la escena política. Derrotado en las elecciones de 2009, Ibarretxe dejaría el campo abierto a una renovación en el PNV que concluiría con el actual tándem Urkullu-Ortuzar. El partido del Jaungoikoa ‘ta Lege Zarrak (Dios y Leyes Viejas) aparcaba una revisión estatutaria que convertiría al País Vasco en un Estado Libre Asociado a España y se prestaba a apoyar con sus votos a los gobiernos del PSOE o del PP en la Villa y Corte.

Zapatero, primero, y Rajoy, después, dieron por buena esa oferta y enterraron así a las casi 1.000 víctimas del terrorismo en el olvido y la ignominia. Sus partidos en Euskadi se convirtieron así en meros instrumentos para el pacto con un nacionalismo que, sirviendo a su ambigüedad histórica, siempre supo bien con quién pactar y cómo para continuar obteniendo sus objetivos soberanistas sin tropiezos. El plan Ibarretxe de la vía rápida se vería sustituido por un plan Ibarretxe a cámara lenta.

Así las cosas, la rentabilización política de los años de hierro y plomo del terrorismo -cruel paradoja de la historia- la obtenía el partido fundado por Sabino Arana, aunque no hubiera hecho otra cosa sino mirar hacia otro lado mientras disparaban las balas y explosionaban las bombas. Era “el árbol y las nueces” de Arzallus. Y Bildu se convertía en socio del PSOE sin haberse siquiera molestado en hacer autocrítica del asesinato y de la devastación producida en la sociedad.

Un nuevo pacto, basado en el confortable silencio de no cuestionar nada en tanto que la situación económica permanezca estable y las condiciones de vida permitan la holgura deseada, se ha adueñado de la bienpensante sociedad vasca. Nada de lo que venga por delante nos deberá preocupar -parecen advertir-, aunque ya esté en marcha un proyecto de segregación, donde los nacionalistas sean vascos de primera y los demás sean sólo advenedizos. Se erige un monumento a las alubias bien puestas y a un marmitako bien guisado, y basta.

Parafraseando al poeta Mayakovsky en su despedida, “el barco del honor se estrelló contra la política cotidiana”. Y cuando se recupera la memoria de los años pasados, las promesas incumplidas de los “no os defraudaremos” hieren como cuchillos en las calles de las ciudades y pueblos -que diría el también poeta Juaristi.

Y la pregunta es inevitable: ¿sirvió en realidad para algo? ¿Tuvieron sentido las vidas de Gregorio Ordóñez, Fernando Buesa, Miguel Ángel Blanco... entregadas en holocausto? Bien podría parecer que de muy poca cosa, a la luz de lo que ocurrió después, su recuerdo machacado por las entregas y las concesiones, Bildu homenajeando a los asesinos, los radicales lanzando pedradas contra una diputada de Vox y Navarra cada vez más cerca del proyecto de la “nación foral vasca”, entre otras muchas cosas.

Habrá que concluir, sin embargo, que situados frente a la disyuntiva de claudicar ante los liberticidas o hacerles frente, la única opción digna era la segunda. Y según se va escribiendo la historia de aquellos años tristes, el recuerdo de quienes prefirieron -preferimos- la convicción de la defensa de nuestras ideas a la comodidad o al entreguismo se agiganta. Siquiera que sea sólo por eso, tuvo sentido.
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