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ORIENT EXPRESS

Los benedictinos y el futuro de Europa

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 12 de julio de 2020, 22:17h

Ayer fue san Benito de Nursia, fundador de la orden benedictina y patrono de Europa, que nació hacia el año 480 y falleció en 547. Es, pues, una ocasión propicia para reflexionar sobre la identidad y la memoria de nuestro continente. Cuenta John Senior en “La restauración de la cultura cristiana” (Homo Legens, 2020, 2ª Ed.), que, hacia finales del siglo IV, una joven preguntó a san Jerónimo dónde podía conseguir la mejor educación y el santo le respondió “en ninguna parte, porque el mundo ya pasó”. Aproximadamente un siglo más tarde, encontramos a san Benito dedicado a la oración entre las zarzas. Al cabo de otros cien años, los benedictinos estaban transformando Europa. De la vida eremítica en Subiaco, pasó a Cassino, donde fundó el famoso monasterio de Montecassino y escribió la Regla por la que se lo conoce como patriarca del monacato occidental. Aquellos monjes, que oraban y trabajaban calladamente, alumbraron un verdadero renacimiento de la civilización occidental.

El año pasado, la editorial Elba publicó el bellísimo “Los jardines de los monjes”, de Peter Seewald y Regula Freuler. Allí, los autores reflexionan sobre el significado de claustros y jardines, y la contribución de los monjes al estudio de la botánica y la farmacia al tiempo que se convertían en “los horticultores del Señor”. Seewald y Freuler cuentan que “con su trabajo perseverante y callado a lo largo de los siglos, los hermanos de san Benito contribuyen decisivamente a la construcción de Europa. Roturan bosques, desecan pantanos, cultivan campos, construyen molinos y se convierten en un modelo que imitar. Los países florecen. La nueva agricultura contribuye a vencer el hambre”.

Creo que los benedictinos nos pueden ayudar a recordar quiénes somos, es decir, de dónde venimos y cuáles son nuestras raíces. Venimos del humanismo nacido de la tradición de Grecia, de Roma y de Jerusalén. Sin el hecho histórico de la Resurrección de Cristo y sin la esperanza que ella supone para el ser humano, nada de la historia de occidente puede comprenderse por completo. El arte de las catedrales, los cantares de gesta, la escultura románica y gótica y tantas otras contribuciones de la cultura medieval a la civilización de Occidente están inspirados por el cristianismo. Ya lo dijo Benedicto XVI a propósito del santo de Nursia: “el gran monje sigue siendo un verdadero maestro que enseña el arte de vivir el verdadero humanismo”. De esa tradición venimos.

Este ejercicio de memoria es imprescindible para saber hacia dónde dirigirnos y para mantener la esperanza en estos tiempos de confusión que atravesamos. La aceleración de la Historia que se ha producido en los últimos dos siglos -hay quien dice que el siglo XX empezó en 1914 con el asesinato de Sarajevo y terminó en 1989 con la Caída del Muro de Berlín- esta aceleración, corre el riesgo de desviar nuestra atención del verdadero ritmo de la vida humana. A veces, los cambios, necesitan tiempo para madurar. En este aspecto, la figura de san Benito es muy interesante. Apareció cuando todo parecía casi perdido y, en apenas dos siglos, Europa florecía gracias a su orden. De nuevo escriben Seewald y Freuler a propósito de nuestro santo y su orden: “La chispa que se ha encendido en Italia pasa a Francia, salta a Irlanda y llega incluso a Escocia, donde misioneros benedictinos como Winfrido -conocido más tarde como san Bonifacio- y Wunfrido llevan la palabra de Dios a los paganos que más tarde forjarán el Sacro Imperio Romano Germánico”. Desde los benedictinos, puede estudiarse toda la historia de Europa a la luz de un modo de vida que era, al mismo tiempo, tradicional y revolucionario. Ellos lograron aunar, en una Regla, lo viejo y lo nuevo. La dignidad del trabajo manual y la vida en el campo -uno de los ideales de la antigua Roma- con la mirada puesta en Cristo, que hace “nuevas todas las cosas”.

Podríamos pensar que eso sucedió hace mucho tiempo. Es cierto, pero el tiempo también puede demostrar la fortaleza y la estabilidad de las cosas en la medida en que las pone a prueba. A este respecto, Senior observa que, cuando santo Tomás de Aquino ingresó a la abadía de Montecassino a los cinco años -alrededor del año 1229- había transcurrido unos siete siglos desde su fundación. Setecientos años de “oraciones benedictinas y de trabajo benedictino”, dice Senior, “produjeron como resultado a santo Tomás”.

Decía John Henry Newman que “un proceso secreto y silencioso está fraguándose en los corazones de muchos”. Frente a la destrucción sistemática de la tradición mediante el ridículo, la calumnia o la censura, empieza a haber voces que se alzan para defenderla y devolverle el lugar que merece. No sé si son numerosas, pero los procesos históricos no siempre los empiezan grandes grupos de personas. Tal vez lo más relevante no sea cuántos son, sino en quién confían, es decir, dónde tienen puesta su fe. También en eso, los benedictinos tienen algo que decirnos sobre el futuro de Europa.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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