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ESCRITO AL RASO

El limbo de la pospandemia

David Felipe Arranz
lunes 13 de julio de 2020, 20:02h

Ha salido una escuela literaria del coronavirus, que es un género en sí mismo. De manera que se hablará de escritor coronavírico, como se hace del romántico, simbolista, parnasiano, vanguardista, realista o de posguerra. Y es una literatura que no gusta a los dirigentes gubernamentales, que se emplean a fondo en el maquillaje de los muertos –como el embalsamador–, porque los poetas les cuestionan simplemente con el verso, la narrativa o la crónica descarnada e infecciosa de los hechos.

José Cercas Domínguez, poeta extremeño y coordinador de la Feria del Libro de Trujillo, ha tenido a bien invitarnos a un libro que hará época: la antología Poesía de interior. Cuarentena poética (Pigmalión), en la que militan algunas ilustres plumas del país, como Vicente Araguas, Ana Isabel Ballesteros Dorado, Isabel Bernardo, David Castillo, Ben Clark, Helena Cosano, Diego Doncel, María Antonia García de León, Raquel Lanseros, Javier Lostalé, José Manuel Lucía, Joan Margarit, Juan Carlos Mestre, Ángeles Mora, María Ángeles Pérez López, Marina Perezagua, Joaquín Pérez Azaústre, Irene Sánchez Carrión, José Ramón Trujillo, Manuel Vilas, Montserrat Villar González o Luis Antonio de Villena, entre otros, amén de un anexo ensayístico de José María Paz Gago que resume el estado de la cuestión de pensadores como Javier Gomá o Slavoj Žižek.

Ahí está toda la incertidumbre actual en un solo libro, porque hay un inconformismo poético frente al mensaje institucional del sacrificio ritual y silente de los españoles. Al catedrático Julio Rodríguez-Puértolas, que en paz descanse, le gustaba mucho la poesía de protesta, porque decía que era una cosa necesaria, pero no es el caso del ministro, al que Garcilaso –a la vista está– le resbala. Hemos aprendido que hay poetas que ganan la partida al abandono institucional por méritos propios, que es todo lo contrario de los maniobreros de la política. El mundo entero busca respuestas en la literatura y está cansado de la inviolabilidad crítica de su clase dirigente, de su petulancia discursiva, de su insolencia aparencial, de su acumulación de deméritos… Cuando ya no importan los errores ni los aciertos de quienes nos gobiernan en una epidemia como la que nos ha asolado, es hora de equilibrar su terror con otras voces, las de los vates, los bohemios, los independientes, los libres… y arregostarse en los libros y en la palabra.

De manera que la poesía vive gracias a la iniciativa de particulares, al animoso emprendimiento de actores culturales como José Cercas o el editor Basilio Rodríguez Cañada, que hacen y promueven una literatura que no le gusta al ministro, porque no le gusta en general celebrar estos certámenes y apoyar a quienes de esto saben. Porque la literatura no tiene una efectividad directa sobre la perentoria vida de la ciudadanía, dice, pero la política sí, aunque en realidad los versos lo impregnen todo, hasta aquellos que se crean refractarios a la lira de los poetas. Ahora, los libreros están entre continuar con la sangría de euros o echar definitivamente el cierre. Y los editores otro tanto lo mismo.

Decía don José Camón Aznar, que de cultura interdisciplinar sabía mucho, que España no podía ser un país constituido exclusivamente por grandes genios de la pintura. Pero del aserto del maestro al erial intelectual al que asistimos media un abismo. Le dije a una amiga que me llevó la semana pasada a una terraza de la plaza del Ángel que la poesía puede ser nuestro último salvavidas y que cada día me interesaba más que los (supuestos) planes del Gobierno para la reconstrucción: a día de hoy el Ejecutivo y la oposición siguen sin ponerse de acuerdo en los sustancial. Así que los responsables del futuro del país son más del Ibex 35. Más de la playa de Valverde de Júcar a ver el tipo de los “kitesurfistas” que de la pinacoteca del Museo Thyssen, como el ministro y los ministros, en definitiva, u otros que tales. Pero ya sin Gauguin, Degas, Monte y Hopper, claro, que ya han salido del país. Y con más impuestos, claro está.

Porque la cultura se ha vuelto masiva, impersonal y fácil, y los políticos ya no son de deslumbrar, como don Manuel Azaña, que era de obras completas y eso hoy en día no se estila mucho, porque hay que ir al pantano a ver a los mejores regatistas europeos, que van a sacarnos de pobres. Los gritos de alarma se dan en el derbi, que es lo que verdaderamente nos inquieta. España nunca ha funcionado a base de Cervantes, Quevedo y Lope, que solo nos interesan a los profesores y a algunos periodistas, sino a golpe de ladrillo y “terraceo”. Preocupa, eso sí, la gentrificación de las grandes ciudades, pero porque hay generaciones irrepetibles igual que hay presidentes olvidables. Mientras el palabrón desde el escaño se viene arriba, los comercios de toda la vida se vienen abajo, sin reactivación del consumo ni nada que se le parezca. Calviño casi se nos va a Bruselas, pero es que allí tampoco nos quieren.

De manera que en este limbo pospandémico seguimos sin moratorias ni condonaciones de tasas e impuestos para la buena gente de la cultura, que clama en el desierto como decía el profeta Isaías y termina por perder el sermón. Así nos va. La poesía de interior, la sementera de versos que ha coordinado Cercas, reclama la metafísica de los sentimientos, la sensibilidad y la democracia de la palabra en un orbe cada vez más autoritario y sordo, en el que cada uno va a lo suyo. Que las bellas letras purguen los pecados de la prosa política y que España vuelva a la verdadera normalidad, porque el político politiquea de manera tonta y urgente, y la ciudadanía se ha confiado demasiado a las instituciones, que se han demostrado inverosímiles, ineficaces y antediluvianas. Y no es que el Ejecutivo vaya ahora a impulsar la cultura del país en un arrebato, sino que esta sobrevivirá muy a su pesar, señorías.

Twitter: @dfarranz

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