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Ensayo

Arturo Barea: Unamuno

domingo 19 de julio de 2020, 22:00h
Arturo Barea: Unamuno

Espasa. Barcelona, 2020. 136 páginas. 19, 90 €. Libro electrónico: 10,99 euros

Por Rafael Fuentes

La recuperación de este sugestivo ensayo de Arturo Barea sobre la figura y la obra de Miguel de Unamuno contribuye no solo al rescate de la producción íntegra de Barea, sino a la reabsorción -tan exasperantemente morosa-, de la gran literatura del exilio, aún rota entre piezas que requieren una ardua tarea de investigación arqueológica y otras recobradas con aplauso general pero de forma intermitente y descontextualizada. Un ejemplo paradigmático lo tenemos en el propio Arturo Barea, cuya trilogía La forja de un rebelde es un clásico que obtuvo una notable popularidad tras su reedición en España, en 1977, por la editorial Turner y la serie televisiva dirigida por Mario Camus en 1990. Se necesitaron más de treinta años para que se recobrase La raíz rota (2009), después casi cuarenta para que nos llegara Lorca: el poeta y su pueblo (2018), y ahora su Unamuno.

Y todavía quedan inéditos La lucha por el alma española, y sus cientos de alocuciones radiofónicas. La forja de un rebelde era así una brillante pieza aislada, privada de su contexto literario e ideológico íntegro, perdido como escombros o reliquias valiosísimas, a la espera del paciente arqueólogo capaz de sacarlas a la luz y ayudar a la visión del monumento completo, misión llevada a cabo en este caso por William Chislett, comisario de la exposición sobre Arturo Barea del Instituto Cervantes y autor de un esclarecedor prefacio a la actual edición.

Desde la perspectiva de los estudios sobre el autor de Niebla, este ensayo de de Barea resulta particularmente valioso para el estudio de la recepción de la obra unamuniana. Es obvio que la interpretación de sus creaciones varió profundamente desde la época de su agrio debate con José Ortega y Gasset al periodo de su exilio durante la dictadura de Primo de Rivera, del mismo modo que cambió drásticamente en el ciclo republicano frente a los exiliados o los intelectuales bajo el franquismo, tanto como se reevaluó su figura y creaciones en la democracia de finales del siglo XX, y se está reexaminando en los últimos años del actual siglo XXI, incluyendo dramas teatrales, biografías y filmes. Está por hacer una historia de las sucesivas recepciones e reinterpretaciones de la producción de don Miguel, dentro de la que ocupa un lugar destacado este trabajo del autor de La forja de un rebelde.

Por el contrario, desde el punto de vista de Arturo Barea, su ensayo en tormo a Miguel de Unamuno representa una meditación sobre el hecho guerracivilista en la nación española, bajo la profunda conmoción que la Guerra Civil causó en el autor y sobre la que podía reflexionar con mayor sosiego en tierras británicas en la década de los cincuenta. Hay que tener presente que los exiliados republicanos realizaron una intensa cavilación sobre ese guerracivilismo sufrido en sus propias carnes que fue muchísimo más lejos del burdo pensamiento-pancarta de los impostados antifranquistas de hoy para quienes todo se reduce a que unos malvados decidieron dejarse llevar un día de julio porque no podían soportar la felicidad del pueblo. Como resulta obvio, los exiliados repudiaron sin matices el régimen dictatorial franquista. Pero no se quedaron ahí. En su experiencia vital habían constatado cómo en el guerracivilismo hispano entraban en juego muchos más factores que el de la ambición de sus adversarios. No era producto de un día, ni ellos habían sido por completo ajenos a la tragedia colectiva. Basta leer los textos de políticos, intelectuales y escritores que se mantuvieron fieles al republicanismo “transterrado”, desde Indalecio Prieto hasta Claudio Sánchez Albornoz, Salvador de Madariaga, Américo Castro o Ramón J. Sender, por poner solo unos ejemplos señeros, para constatar que su repudio al nacional-catolicismo, no les impidió autoexaminar los motivos profundos de una violencia criminal entre conciudadanos. Razones históricas de siglos, causas sociales, sin evitar aspectos de la psicología de las masas e la vida española y propensiones individuales hacia el conflicto feroz e iracundo, sin dejar tampoco a un lado sus propios errores y responsabilidades. Se percibe en ellos un afán sincero de conocer las raíces últimas de ese cainismo, con la esperanza de encontrar el antídoto y soñar con una reconciliación.

Esta es la motivación última que le encamina a Arturo Barea a ocuparse de Miguel de Unamuno. El editor de los ensayos publicados en Bowes & Bowes le ofreció elegir entre dos posibilidades: escribir un ensayo sobre Ortega y Gasset, o. por el contrario, sobre Miguel de Unamuno. Barea no dudó: optó por este último. ¿Por qué esta elección? La respuesta está en las páginas de su escrito: porque Unamuno representaba, en sí mismo, en su universo intelectual y emocional ese guerracivilismo colectivo de siglos, o dicho en las palabras exactas de Barea, el autor bilbaíno encarnaba por antonomasia la “guerra civil mental”.

Esta investigación sobre la naturaleza del guerracivilismo español a través de la personalidad y la creación del autor de San Manuel Bueno, mártir, es lo que Barea ofrece al lector, extrayendo citas tan significativas como esta -sin duda, clave-, de Abel Sánchez: “¿Qué hice para ser así? ¿Por qué nací en tierra de odios? En tierra en que el precepto parece ser: ‘Odia a tu prójimo como a ti mismo’. Porque he vivido odiándome; porque aquí todos vivimos odiándonos”.

En el capítulo primero, titulado “Unamuno y el problema nacional”, Arturo Barea afronta el dilema de las “dos Españas” considerado bajo la óptica de su vivencia interior en el rector de la Universidad de Salamanca. Lo más subjetivo replica la experiencia histórica y colectiva de la nación, enmarcada desde las Guerras Carlistas y el cerco de Bilbao vivido por el líder noventayochista en primera persona hasta la Guerra Civil de 1936, cuyos efectos fueron la causa indirecta de su muerte. Para Barea, la meta última de Unamuno era alcanzar, en su espíritu, la reconciliación de una patria escindida y en combate sin tregua, para propugnar ese remedio a sus conciudadanos. Nos dice Barea: “Lo que él ansiaba era una síntesis de las dos Españas dentro de su propio espíritu torturado por conflictos”.

Constata que esa beligerancia no encontró jamás armisticio ni pacífica integración dentro de sí, ni en el ámbito social del país, de modo que los problemas destilados desde hacia ochenta años -desde la adolescencia unamuniana-, afirma Barea: “Siguen siendo problemas aún en la España de hoy”. A través de Unamuno, Barea habla de su vivencia de lo español, del cainismo todavía vivo cuya esencia trata de captar.

Para ello, lo explora en los siguientes dos capítulos: “El sentimiento trágico de la vida”, y en el tercero y último: “El poeta en Unamuno”. En el apartado segundo, continúa la sinuosa reflexión unamuniana sobre los antagonismos frontales a través de sus ensayos En torno al casticismo, Vida de don Quijote y Sancho, El sentimiento trágico de la vida, y el más corto Mi religión. Deja a un lado La agonía del cristianismo, pero en cualquier caso se adentra con claridad en la conceptualización filosófica de la “desesperación”, a causa de la incapacidad para apaciguar las fuerzas en litigio frontal. Esa quintaesencia de la lid intestina es rastreada con pericia por Arturo Barea, para quien la vivencia de la desesperación descrita por Unamuno no pudo serle en modo alguno ajeno.

En el último capítulo, “El poeta en Unamuno”, el autor de La forja de un rebelde desdeña precisamente la creación poética de don Miguel y solo menciona tangencialmente sus piezas teatrales, pero el seguimiento de su obra narrativa, desde Paz en la guerra hasta San Manuel Bueno, mártir, pasando por Amor y pedagogía, Niebla, Abel Sánchez y Nada menos que todo un hombre, le proporcionan material suficiente para constatar en historias humanas concretas, para reflexionar sobre las formas que adopta la beligerancia entre opuestos en el corazón de un individuo, tanto como en la violencia de masas. Arturo Barea comprueba cómo Unamuno no se involucró en el frentismo de la II República, sino que arremetió contra ambos como portadores de cegueras simétricamente opuestas. “Era, inevitablemente –señala Barea- una batalla contra ambos bandos, y duró hasta su muerte durante la Guerra Civil”.

Este no compromiso con la causa de la II República de Miguel de Unamuno, no despierta en Arturo Barea ninguna animosidad contra el viejo pensador, menos aún animadversión, rencor o despecho, del estilo de aquellos que son etiquetados con el rótulo de equidistantes. Esto habría sido un acto cainita de Arturo Barea contra Unamuno, y no se lo permite a sí mismo, pues en su figura, pensamiento y literatura encuentra una fantástica exposición de los resortes que conducen a la beligerancia absoluta y la desesperación extrema. En ese sentido, el ensayo de Arturo Barea conserva plena actualidad.

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