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ESCRITO AL RASO

Argullol y Monmany: en defensa de la cultura

lunes 27 de julio de 2020, 20:53h

El filósofo Rafael Argullol y la escritora y traductora Mercedes Monmany, convocados por Alfredo Landman, editor de Gedisa, se habían sentado a hablar antes del desastre pandémico que nos aflige hoy. El resultado es un librito delicioso y dialogado que se titula Humanismo cosmopolita, que contiene en sus pocas páginas más sapiencia que muchos otros de muchas más (páginas). El caso es que ni el turismo, ni la universidad, ni la política quedan bien parados, porque estos dos grandes no dejan títere con cabeza de estos asuntos. Y además les gusta. Porque se miran en el espejo de los grandes maestros; de manera que la mediocridad reinante es diseccionada, criticada y reducida al absurdo, con la cabeza vuelta a los clásicos y modernos.

Este breve tomo, pues, es el testimonio dialógico de dos pensadores que, frente a frente, van desbrozando los que en su opinión son los frenos del progreso: la crisis del humanismo, la posverdad, los nuevos hábitos de lectura, el lugar que ocupan hoy los maestros; y estos temas los ponen y exponen negro sobre blanco en un texto que nos viene ahora como la respiración en el estío, cuando ni ellos se imaginaban que un virus oriental azotaría el mundo entero, dejando tras de sí un reguero de miles de muertos, en una sociedad en la que el intelectual ha declinado de su responsabilidad. Y es tranquilizador que ellos aún no lo hayan hecho. Estos dos eurófilos convencidos conversan apaciblemente sobre el telón de fondo de grandes nombres de la literatura –Thomas Mann, Charles Baudelaire, Lampedusa, Rilke, Joseph Conrad, Rudyard Kipling, Stendhal, Italo Svevo, George Steiner, Bruce Chatwin, Julien Gracq, Agustina Bessa Luís…–, el pensamiento –Kant, Schopenhauer, Nietzsche, Walter Benjamin y Umberto Eco–, el arte –Durero, Botticelli, Rafael, Münch, De Chirico– o el cine –Manoel de Oliveira y Michelangelo Antonioni–. Lo más grave del asunto es que a estos genios no se les enseña ya en ningún sitio, por lo que la vía del autodidactismo es inevitable en un escenario de juegos verdaderamente infantiles, aprendidos en los foros modernos –da igual que sea la el “reality” televisual, que el encontronazo performativo en el Hemiciclo, que vienen a ser ya lo mismo–.

Monmany se declara fanática del cosmopolitismo porque –dice– fue una rebelde universitaria en busca de otras fronteras; hoy echa de menos la poesía, el enigma de la belleza, el misterio…. Argullol, en cambio, se sentía prisionero de los géneros, cuyas lindes ha quebrado permanentemente con lo que él llama la palabra transversal: véase su obra, que difícilmente se adscribe a un molde. Así que Monmany invoca a Claudio Magris, que habla de la musa Mnemósine en La historia no ha terminado, la madre de todas las musas, la memoria como un acto de amor y no de añoranza: la escritora barcelonesa la reivindica como libertad, cosa que se agradece en estos tiempos en que el pasado es evocado y reivindicado con fines políticos o partidistas. Así, aprovecha Argullol para cargar contra la prensa, “todo lo que se acerca al ruido sería intervención periodística” –afirma, pero no estamos de acuerdo del todo con tan tajante condena– y busca un lugar intermedio entre lo sublime de la poesía y la calle, que sería el ensayo y la narrativa, el terreno del intelectual. La realidad es desbordante y cada vez más sujeta al panfleto, empobrecida, confusa, simplificada. Que de eso se trata cuando a la ignorancia se la alimenta desde la clase política. De manera que lo que plantean Monmany y Argullol es una contrarrevolución sobre el fondo dignísimo del cosmopolitismo cultural o la cultura cosmopolita. Ahí es nada, con los mimbres que tenemos. También el filósofo defiende en plena era del pragmatismo las “cosas ningunas”, lo que no sirve para nada y sirve para todo, como la filosofía: aboga, en definitiva, por el arte en vez del mercado del arte, que es otra cosa. A contracorriente, duramente, la diagnosis por ambos está hecha y España ya es un paisaje después de la batalla: recordemos lo que dijo el ministro de la cosa el pasado siete de abril y se quedó tan ancho, levantando de paso la animadversión del sector cultural: “como dijo Orson Welles, primero va la vida y luego el cine aunque la vida sin el cine y la cultura tiene poco sentido”. Qué pensaría Orson sobre eso de tomar el nombre de uno en vano…

Monmany da en el clavo cuando le dice a Argullol que la verdadera independencia detesta los bandos, salvo el de la cultura y el conocimiento. Admiradora de Barthes, Agamben, Eco, Steiner, Foucault y el propio Argullol, la escritora arremete contra la burocratización actual de la universidad española, que diagnostica como aquejada de elefantiasis del papeleo, y cada vez más alejada de las fuentes primarias, que Argullol denomina “cosas administrativas horribles”. El plan de estudios, en definitiva, lentifica los procesos del conocimiento en las sacrosantas aulas universitarias, donde apenas se mantienen encendidos los farallones humanos del claustro, dignos o crispados, pero ninguno indiferente ante el estigma indecible del formulario y el enésimo procedimiento, técnica o regla.

La propaganda también les interesa como progresiva pérdida de la verdad interior de la palabra. Cuenta Argullol un caso espeluznante que a muchos de los que impartimos docencia en la universidad nos horripila cuando acontece: los alumnos han perdido su capacidad de entender incluso el lenguaje llano, como cuando nadie supo el significado de “dar la palabra”. En nuestro caso fue peor, cuando tras una emotiva clase sobre las bondades de Annie Ernaux e Ida Vitale una alumna nos dijo que no les interesaba la opinión de esas señoras; y que, en tal caso, era nuestra visión de ellas. Brillante y rápida, Monmany contesta que “a fuerza de tuit se están creando nuevos seres, seres mutantes que, ya que la palabra no vale, aceptan los términos de posverdad, en vez de llamar a las mentiras “mentiras”. Y el populismo, dicen los dos, tiene mucho que ver con la cultura del “tuit”.

La pérdida de la mirada, el aislamiento o el fenómeno del “selfie” como desvinculación de toda perspectiva trascendente también merecen la atención de ambos interlocutores en este fantástico librito en el que se adivina el aviso último, el rechazo a la barbarie sistémica impulsada desde el Estado y las instituciones; pero también se palpa el deseo de ambos, cabalgantes sobre la cultura, de superar esta fase de desnudeces mentales en la que estamos, desvelando secretos de los grandes del canon, que es lo que más nos ha gustado.

Twitter: @dfarranz

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