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Ensayo

Francisco Veiga y otros: Patriotas indignados

domingo 09 de agosto de 2020, 21:29h
Francisco Veiga y otros: Patriotas indignados

Durante el mes de agosto, Los Lunes de El Imparcial recuperan algunas de las críticas de libros destacadosAlianza. Madrid, 2019. 471 páginas. 20 €. Libro electrónico: 14,24 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

En Patriotas indignados. Sobre la nueva ultraderecha en la Posguerra Fría. Neofascismo, posfascismo y nazbols, de Francisco Veiga, Carlos González Villa, Steven Forti, Alfredo Sasso, Jelena Prokopljevic y Ramón Moles Plaza, encontramos una obra coral mayúscula que aborda un fenómeno de actualidad como es el auge de la ultraderecha. La primera característica que detectará el lector es el rigor de los autores, todos ellos poseedores de una amplia trayectoria académica e investigadora, lo que se traduce en una defensa a ultranza del método científico. En consecuencia, encaran un objeto de estudio complejo sin caer en el binomio formado por corrección política y demagogia. Además, en la introducción señalan las tres partes (complementarias) en las que ordenan el contenido del libro, lo que facilita su lectura y la asimilación de las principales ideas que permean por las casi 500 páginas de que consta aquél.

Al respecto, dentro de los argumentos sobre los que se estructura la obra, los autores insisten en la influencia que tuvo la implosión de la URSS en el desarrollo de la ultraderecha en Rusia, en las exrepúblicas soviéticas y en los países que habían formado parte del Telón de Acero. Asimismo, en Europa occidental el final de la Segunda Guerra Mundial no significó la desaparición de las ideas de ultraderecha: por el contrario, siguieron existiendo, si bien de manera marginal debido a que aquéllas se relacionaban con acontecimientos ciertamente incómodos (por ejemplo, el Holocausto).

Particularmente significativo es lo ocurrido en Rusia donde el nacionalismo, que ya se había manifestado durante los años de la perestroika, encontró un catalizador en dos fenómenos íntimamente relacionados. Por un lado, la sensación de humillación que permeó sobre numerosos sectores de la sociedad rusa durante los primeros años de la Posguerra Fría. Por otro lado, las reformas económicas fallidas impulsadas por Boris Yeltsin para cuya puesta en marcha contó con el apoyo de las potencias occidentales. En palabras de los autores: De nuevo, una potencia europea derrotada sin que ni un soldado enemigo hubiera pisado el territorio nacional, otra vez la sospecha de la traición, de la puñalada por la espalda, y también con resultado de un cambio de régimen radical” (p. 108).

La conjunción de ambos hechos generó un “nacionalismo revanchista” que Putin instrumentalizó para responder a lo que consideraba “intromisiones occidentales”, como la ampliación de la OTAN y de la Unión Europea o las “revoluciones de colores” en las cuales las ideas democráticas convivieron con otras de tipo fascista que ocuparon un espacio significativo.

No obstante, la ultraderecha también ha logrado un notable protagonismo en Europa occidental y Estados Unidos, como se está observando en los últimos tiempos. Al respecto, los autores señalan como punto de inflexión fundamental la crisis económica de 2008, la cual puso de manifiesto la incapacidad de la socialdemocracia para responder a la misma, de tal manera que amplios sectores sociales quedaron en el más absoluto desamparo ante los excesos de la globalización: “El mensaje de fondo era siempre el mismo: la izquierda histórica está moribunda, la nueva ultraderecha populista es también la nueva izquierda” (p. 254). Por tanto, ante la inacción de la izquierda, la ultraderecha reivindicará la protección de los más débiles y rechazará el tridente formado por Bruselas, la inmigración y la globalización, permitiéndole asear su pasado.

Un escenario de esta naturaleza no fue desaprovechado por Moscú que ha alentado a cuantos partidos de ultraderecha (y también de ultraizquierda, como Syriza) vienen desafiando a las democracias liberales, en ocasiones a través de coaliciones de gobierno ciertamente contra-natura, como refleja la alianza entre el Movimiento 5 Estrellas y la Liga en Italia. No obstante, entre la ultraderecha europea existen visiones opuestas sobre Putin, como certificó la guerra de Ucrania en 2014: frente a quienes lo ven como el referente frente al modelo simbolizado por la Unión Europea, cabe contraponer a aquellos que perciben su política exterior como neo-soviética.

Con todo ello, los autores subrayan que actualmente no existe un régimen neofascista que sirva de referencia, aunque determinados dirigentes (Putin, Erdogan, Trump, Duterte…) compartan algunos rasgos: El Presidente Trump podía ser catalogado de ultramontano, prototípico de la derecha alternativa o incluso con tics neofascistas, pero el régimen político estadounidense en su conjunto no lo era, ni él mismo venía respaldado por un partido de tal tipo. El fascismo no se reduce a la personalidad de un líder político” (p. 402).

En definitiva, una obra de obligada lectura para quienes se dediquen a disciplinas como la Historia, las relaciones internacionales, la ciencia política, el periodismo y la sociología, en la que sus autores no juegan a adivinos. De hecho, insisten en un hecho fundamental: a día de hoy, resulta imposible señalar cómo será la evolución del posfascismo debido a la capacidad de adaptación que el fascismo ha demostrado a lo largo de toda su trayectoria.

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