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Libros Crudos: una revolución hermosa repleta de adrenalina, pánico y pura fe

jueves 20 de agosto de 2020, 20:14h

La colección “33 1/3”, libros a doce euros sobre pensamiento musical y supervivencia artística, es otro motivo para la juglaría, la felicidad y la vida encendida, sin barro en las ruedas ni bozal facial. Chris Ott es editor y antiguo colaborador de Pitchfork, ha publicado un álbum y dos singles bajo el nombre de The Grace Period y vive en Nueva York. Su librito Unknown pleausures habla de guitarras como vendavales, bajos comprimidos al son de Disorder, aullidos de seis cuerdas, ecualizaciones lisérgicas, zarpazos de la desesperación, chirríos de la belleza donde anhelo y rabia confluyen. Joy Divison en el candelero, fuera del mito, ajenos al punk del montón, debut perturbador como un atraco, la fuerza de un disco que a nadie dejó indiferente.

Jaime Urrutia recuerda en el prólogo su juventud madrileña de Rastro y muchos discos de segunda mano, la vibración de sentir a Ian Curtis por vez primera, a punto de publicar el single Mari Pili, cuando el grupo de Manchester, mediados de los setenta, conquistaba las facultades de Filología Semítica y no se hablaba de otra cosa. Punk rock frente a rock sinfónico (Genesis, Yes, King Crimson). Otra vida que comenzaba en Ramones, Sex Pistols y Clash. Mala lecha, rabia e ironía contra el sistema mal hecho: “La rebeldía del rock de los 50 y 60 había renacido de una forma tan demoledora como brillante”.

Nacía la nueva ola, new wave, para crecer como bola de nieve, cajón de sastre donde Urrutia ve power pop, reggae, ska, techno, new romantics, rockabilly y mod, heavy y rock gótico, postpunk. Caldo de cultivo y fuente de caño gordo de lo que sería la Movida madrileña para el mundo. Lo que supuso Joy Division en su primer disco Unknown pleasures en la pura leyenda: “Me gustaba que, aun perteneciendo a la generación punk, no llevaran crestas ni chaquetas de cuero al uso, ni pusieran caras grotescas de imbéciles en las fotos. Me atraían por el contrario esas imágenes de promoción en las que aparecían como chicos normales o estudiantes de clases medias –como yo- de Manchester”. Ian Curtis como hijo de Doors, Velvet Underground, David Bowie, Kraftwerk, los horrores del nazismo, las SS, el existencialismo… pasen y lean sin temor al infarto.

Low, a cargo de Hugo Wilcken, escritor nacido en Australia y residente en París, analiza el Bowie de Berlín como isla separada del mundo. Berlín como excusa para hablar de artistas expresionistas, la decadencia del cabaret, la megalomanía nazi, el cataclismo de la destrucción, la depresión de la guerra fría, los fantasmas que nunca se van, los agujeros de bala como cerraduras o buzones donde no pasa el tiempo, edificios bombardeados y tanques negros. Jaime Gonzalo destila en el prólogo a Ziggy Stardust, el mundo cósmico de Bowie, el primer bombazo de la llamada “trilogía berlinesa”, rictus de pasmo frente al primer ritual esquizoide serio. El Bowie que viene de los Stooges y empieza a aromar el pop con la electrónica. Berlín de 1977 con olor a cura de desintoxicación y cepillo de dientes sucio. Marciano entre los marcianos, pistas encriptadas, seis canciones extrañas. Afirma Gonzalo: “Bowie arriesgaba mucho con Low, que básicamente era una obra para iniciados y connoisseurs, no desde luego para el público medio que llevaba multiplicando desde que se coronara Miguel Ángel de la capilla sixtina del glam. Salvedad hecha de la practicada por Tangerine Dream, la electrónica no estaba para nada de modo entre la mayoría de consumidores de base, los mismos para los que Eno constituía un esperpento”. Mucho de Eno en Low –sigue Gonzalo-, plagios consentidos, otro rock, túnel metálico y fabril, guardia baja, disco de la sorpresa y “prohibido el paso” a su clientela habitual, pieza instrumental barbitúrica y celestial, deriva estelar, astrotraje, galaxia de posibilidades para todos, terciopelo y hermetismo… experiencia plástica siempre perdurable.

Finalmente, Gaeta Dayal se enfrenta a Another green world, experimento meditativo e instrumental de Brian Eno.La electrónica y sus efectos sintéticos en un disco enraizado en el mundo natural más pacífico y devastador. Entrevistas, investigación de archivo, todo sobre el hito y metamorfosis del rockero glam a pintor sónico. Isabel Fernández Reviriego afirma en el prólogo: “Brian Eno ve la música del mismo modo en que un cineasta vería una banda sonora: como un medio para establecer un estado de ánimo, una sensación de tiempo y lugar”. “Pinta con sonido” fue fórmula de la crítica internacional. Un Londres rodeado de gente y colaboradores que nada tiene que ver con el maldito en su buhardilla: “Hace muchos años, Eno acuñó un término denominado escenio para describir a grandes grupos de personas, y no genios solitarios e incomprendidos, que generaban creatividad. Escenio significa la inteligencia y la intuición de toda una escena cultural –dijo Eno-. Es la forma comunal del concepto de genio”. Disco entre todos, cultura popular al fondo, nuevos sonidos sepultados en la mezcla, coro con muchas capas, versos abstrusos, temas a mitad de velocidad donde ralentizar era el pedigrí, electrónica mítica, timbres y capas de cambiantes texturas. Tres disparos colosales –un prodigio- y a doce euros la bala.

Diego Medrano

Escritor

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