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Novela

Vladimir Nabokov: Gloria

domingo 23 de agosto de 2020, 22:41h
Vladimir Nabokov: Gloria

Durante el mes de agosto, Los Lunes de El Imparcial recuperan algunas de las críticas de libros destacados Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2017. 262 págs. 19,90 €. Libro electrónico: 15,99 €.

Por José Miguel G. Soriano

Dentro de su emblemática colección «Panorama de narrativas», próxima ya a alcanzar su número mil, así como de «Compactos», la editorial Anagrama ha creado una «Biblioteca Nabokov», para reunir las obras más significativas del famoso escritor ruso, exiliado de la Revolución, nómada por diversos países europeos hasta dar el salto a Norteamérica en 1940, escapando de una Europa en guerra a la que regresaría dos décadas después, tras producirse el gran éxito comercial de Lolita, su novela más conocida. Su acreditado cosmopolitismo, así como el gran valor estético de su obra, son claves en su vigencia actual frente a otros novelistas rusos contemporáneos suyos, como el Premio Nobel Mijaíl Shólojov, que optaron por ajustarse a la doctrina oficial del «realismo socialista», o los ilustres disidentes, también galardonados por la Academia sueca, Pasternak y Solzhenitsyn cuyo tiempo, no obstante, parece ya pasado.

Gloria, publicada originalmente en ruso en 1932 y traducida y adaptada al inglés en 1971 por el propio autor y su hijo Dimitri, es también la historia de un exiliado que recorre el Viejo Continente hasta instalarse en Suiza, matriculándose posteriormente en Cambridge para vivir a continuación durante un tiempo en Berlín; rasgos autobiográficos nabokianos en los que, sin embargo –según él mismo, en el prólogo de la edición en lengua inglesa–, no reside el interés de la obra, sino en «ecos y vínculos de acontecimientos menores». Juvenil bildungsroman con ciertos destellos románticos, es la única de las novelas de Nabokov –como declara, nuevamente, en el citado prólogo– concebida con un objetivo determinado: poner de relieve «la emoción y el encanto que mi joven expatriado encuentra tanto en la mayoría de los placeres ordinarios como en los avatares en apariencia sin sentido de una vida ordinaria».

Así, a lo largo del relato asistimos a la construcción de la personalidad de Martin Edelweiss, el protagonista, un adolescente activo, dotado para los deportes, sensible, ingenuo y apasionado, lejos de su San Petersburgo natal y de la figura de un padre prematuramente desaparecido. Entre numerosos vaivenes, pasajes cargados de ironía, imágenes sugerentes y repetitivas –las luces de una ciudad brillando en la noche, por ejemplo, vistas desde un vagón de tren– y diversas elipsis, Nabokov nos muestra el tránsito íntimo del «yo» de Edelweiss desde la infancia hasta el comienzo de su vida adulta. En Cambridge hará amistad con el joven escritor Darwin, compañero de estudios y de relaciones sociales; y se enamorará fatalmente de Sonia, expatriada rusa como él, de personalidad inconstante y sombría, extrañamente atractiva y despiadada en su juego de seducción hacia Martin. Un amor al que el lector asiste desde la evidencia de los hechos, pues no es Nabokov un autor que acostumbre a entretenerse en explicar lo evidente.

«¿Qué importa de dónde venga el codazo suave que pone en movimiento el alma y la hace rodar y rodar, condenada a no detenerse ya nunca?». La desenfrenada imaginación de Martin resultará incompatible con la inacción, desde su primera podvig («proeza») al escalar un precipicio –impactante escena– donde casi pierde la vida, a cambio de la «gloria» personal de vencer el vértigo. La gloria de vencer la final de fútbol universitaria, siendo el gran héroe desde la portería, se tornaría amarga, sin embargo, tras descubrir que Sonia no estaba en el campo… Su pasión frustrada le impondrá desde entonces una serie de actos un tanto irracionales, como seguirla hasta Berlín, trabajar de jornalero en la Provenza o volver de manera ilegal a la Madre Rusia para impresionar a su dama; modos, tal vez, de alcanzar esa región imaginaria llamada Zoorlandia que ambos habían jugado a inventar…

El final del relato resulta sorprendente, abierto, privando al lector de la visión de la «proeza» última o no– de Martin, esperando noticias nuevas del enamorado nómada tras recibir un puñado postrero de postales suyas. Así, solo se nos hará patente que, tal y como había descubierto en Cambridge, la vida «no era aquel «asunto» fácil que él había imaginado»; y que, desde la casa materna de donde partió, «el oscuro sendero serpeaba […] de forma caprichosa y enigmática».

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