MENÚ DE POBRE
Lo que ya sabemos y nos impide sonreír
Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 27 de agosto de 2020, 20:14h
Todos los columnistas patrios, altavoces sordos en esta tierra de garbanzos, voceras de sí mismos, histriones entre la confrontación y la afrenta, se preguntan a diario por lo que no saben. Yo, en este nuevo poema al sol, prefiero lo contrario, las dudas temblonas y puntiagudas sobre lo sabido, conocido y mamado: el caminito estrecho e infinito como la Renfe, sí, basado en la reflexión. Uno, sabemos que el Covid-19 se transmite de humanos a hombres, incluso por otro animal intermedio o no, ahí va la duda: ¿Puede haber más enfermedades o patologías que, abierta dicha puerta, cursen igual? Parece que los más importantes virólogos están ahí. Dos: Mucho interés hay en hablar de “el” o “la” Covid-19 (referido a virus o pandemia) cuando son “los coranovirus”: toda una familia epidemiológica donde hay más de 190 especies catalogadas. ¿Qué pasa con el resto? Silencio en la línea. Se da por hecho un Covid-20 y Covid-21 cuya letalidad está por ver, no se sabe, pero nadie abre tal melón.
¿Qué más sabemos y nadie subraya? Un cuarto –se dice pronto- de las empresas españolas están arruinadas. Por no sé qué trámite gubernamental no pueden declararse como tal en tiempo de pandemia pero no hay vuelta atrás. Garamendi, jefe de la Patronal, lo dijo desde el primer día, aquí se trata de aguantar y el que marcha no vuelve, muy bien, pero ya tenemos por metroscopia las listas negras. ¿El secreto? Ninguno. Durante el confinamiento empresas y autónomos tiraron de ahorros, sin consumo, y a la vuelta al tajo, no ganan para recuperar ni para sobrevivir, también sin consumo. ¿Riego institucional? No hay suficiente metralla. Bruselas cada vez lo pone más difícil y no hay manera de sacarles euros gratis para mantener los platillos en el aire, estupendo número de circo, sin que se vean los rotos por el suelo cuyo estruendo ya despierta a todos los muertos.
¿Qué más sabemos? Por ejemplo el número de bares que cerrarán en España antes del día 1 de enero. Trescientos mil. Brotes, rebrotes, distancias de seguridad y un público de cañita en la terraza y poco más, no asegura el negocio. Menos hostelería, más económica y pocos motivos para la jarana. La crisis del 2008 fue una broma al lado de esta: se llevó por delante a doce mil restaurantes y bares, pero los doscientos veinte mil que quedaban se equiparaban a cifras de quince años atrás, por ahí empezó la mordida. Fallece el negocio a pie de calle, lo que toca es comprar por la red, recogida a la puerta de casa y nuestra distopía serán calles más desiertas, menos vida y locales más vacíos con el letrerito, ya con pocos incautos para picar el anzuelo. El Anuario Nielsen es el más efectivo para ver el mapa anterior. Recomiendo un pasatiempo desde el sofá, meterse en la aplicación Wallapop sobre productos de segunda mano y teclear “Lotes”: miles y miles de stocks, cercanos a ese mismo sofá, se abren con los productos más variados de todos los comercios vecinos en la ruina. En octubre del 2019 la tasa de pobreza española era la séptima más alta del mundo, ahora sube y, según todas las metroscopias, sí, son doce millones de personas en riesgo de exclusión social, almas en pena y dispuestas a lo que sea, delincuencia o el machetazo en la cara.
¿La panacea? La OMS lo dijo, a doble espacio y todo seguido, desde el minuto cero, muchos no se quieren enterar: “Con vacuna o sin ella, esto durará dos años”. ¿Qué sistema económico lo va a resistir? Ni idea. Los Ertes serán Eres –estaba cantado- y ese cuarto de las empresas españolas si sube al doble, dos cuartos, esto se va a poner muy feo. Mucha, mucha gente desesperada. ¿Reactivar el consumo? Suena a otro poema. ¿Cómo? No lo veo. Lo que se distingue entre las sombras es economía de guerra, mucha gente en los supermercados, algo de terraceo, jóvenes en los botellones clandestinos, y poco más, miedo en las miradas y voces quebradas. Lo de “reactivar” suena a barita mágica. Los hundidos, siguiendo a Garamendi, los que ya se fueron y no pueden anunciar su óbito no sea que los multen, porque está prohibido morirse, lo único que pueden reactivar es la escapada. ¿Los que quedan? En los huesos. Sin locales físicos ni sedes sociales, liberados de alquileres, en la nube y sin personal, en adelgazamiento progresivo, prescindiendo de la plantilla regularmente hasta que la hazaña de aguantar sea otro imposible y, sí, cierren ya.
Nuevas antorchas para septiembre: todos los profesores en huelga por el bicho, distancias “físicas” y no “sociales” incumplidas, muchos niños juntos por todas partes como bombas de contagio estupendas y a disposición. La gente lleva toda esta información dentro y consulta poco fuentes ajenas (El País pierde ocho millones de lectores desde que inauguró el muro de pago) y vivir con lo sabido es cada vez más duro, cuesta arriba. ¿Algo más? Muchos bancos están descapitalizándose, mucho rico piensa emigrar, muchos ya están en Portugal, Francia o Inglaterra, países vecinos. De las setecientas mil familias que viven en España de la Cultura la mayoría miran al techo de casa y evitar preguntar nada. Todo son palabras nuevas para salir del pozo cada vez más hondo. Lo que no sabemos es todavía peor.
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Escritor
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