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ESCRITO AL RASO

Una peliaguda rentrée

David Felipe Arranz
lunes 31 de agosto de 2020, 20:06h

“A veces el beso no es más que chewing gum compartido” reza una greguería de Ramón Gómez de la Serna para definir el que se ha convertido en uno de los muchos vectores de contagio de la pandemia. Los expertos en sexualidad salieron pronto a la palestra para decirnos que lo hiciésemos al estilo de Los amantes de René Magritte: si compartes –en general y en particular–, tienes todas las papeletas para hacer una visita al hospital o, en el peor de los casos, al panteón familiar y a título personal e in artículo mortis. El fin del verano, pues, rasga el sueño dorado de las vacaciones, que nos ha evitado la convivencia confinada, la cavilación difícil, la vigilancia sanitaria y el amargo despertar. Todos los años sucede lo mismo, pero este más.

Dicen los expertos que, a pesar de las medidas del BCE y de la Comisión Europea, pasarán muchas lunas –a la indígena– o varios trimestres de crecimiento –a la financiera– para que volvamos a la actividad de finales de 2019, una recuperación lenta y gradual, de pros y contras, y muy cuesta arriba. Con sencillez aterradora, las cifras hablan. Somos el país con mayor índice de contagios de Europa, según el Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades. Sin coordinación apenas entre el Ejecutivo y los responsables autonómicos, nuestros dirigentes presumen de galones y charreteras en las vacaciones, mientras la economía del sector servicios y el ámbito turístico se han venido abajo –un 80% menos–. El mundo para ellos es color de rosa porque en julio se anunció que empezaremos a recibir 140.000 millones de euros a lo largo de seis años, a partir del uno de enero.

Todos trabajan ya desde casa, así que tampoco pasa nada: el teletrabajo es la alimentación forzada del paté digital, los “modelos” del futuro, la jaula de confianza y sin límites en casa mientras los niños hacen los deberes y la tele por la mañana desgrana a lo lejos las voces confusas de unos tertulianos que se interrumpen. La “nueva” conciliación es un estado emocional y psicológico en el que lo profesional irrumpe sin pedir permiso en el sacrosanto ámbito privado; y eso gusta a los poderes, que aplauden esta abolición de límites y horarios que nos ha traído la pandemia, y que ha sido –ay– cuando hemos comprendido en toda su realidad el vínculo laboral. Del pijama al ordenador y a la colectividad grupal de los “compañeros”: hace falta mucho ribera del Duero para pasar ciertos tragos.

Con respecto a las reformas financieras necesarias o la modernización de nuestro sistema productivo para que la economía funcione, poco o nada se sabe, salvo el interés de la banca para no perder de vista sus parámetros de solidez, solvencia y ventaja competitiva –las ambiciones habituales de la banca, a la que siempre rescatan en el Gobierno o unos señores desde Bruselas–. La elevada tasa de paro y el casi nulo crecimiento de la productividad no parecen preocupar demasiado a quienes se supone timonean esta nave triste y pálida –como las princesas rubias– a buen puerto. Porque todavía no sabemos a dónde van a ir a parar los dineros del plan Next Generation UE, ni se nos ha enviado a casa el desglose por correo y en papel, como la propaganda que nos llega repetida, atormentándonos en campaña electoral: todo se queda en el ministerio de Calviño, que quiso salir volando a presidir el Eurogrupo y no pudo ser. Lo difícil será, pues, la vuelta a la normalidad (la “nueva” o la vieja, según quién), el potencial contagio, la vacuna que nunca llega y la llegada del habitual cóctel de gripes y catarros. Porque la enfermedad sigue su curso, como es natural.

Maquinalmente nos hemos vuelto a la cotidianidad de los meses restantes, que es un rito estacional y sadomasoquista del otoño, y que se sobrelleva como se puede, contentos ya de haber encontrado un pretexto para romper tanta felicidad que nos abruma. Los hondos suspiros de los viajeros del metro y los trenes de cercanías, las aceras atestadas de peatones, cierran ya la fase estival, y una sombra de monotonía recorre las oficinas, hollando de nuevo las moquetas del descontento, nublando de nuevo las miradas que, sin posarse, se pegan a las pantallas de los ordenadores como mariposas al corcho atravesadas por un alfiler. Es la rentrée, amore, que no es más que un chewing gum compartido, que diría Ramón.

Twitter: @dfarranz

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