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Juan Puchades: los ojos luminosos tras la voz de asfalto y lija

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 03 de septiembre de 2020, 20:21h

Es una novela lírica, un precioso noctuario, una crónica canalla y salvaje, la aventura de la palabra musical por encima de normas y cautelas, el duelo al natural con el verso sin perder postura frente a los mayores pitones: Sabina fin de siglo, 19 días y 500 noches (Efe Eme Editorial). Juan Puchades, periodista musical y escritor de relieve entre el rock y el cómic, se enfrenta a un hito: los veinte años del disco más célebre de Joaquín Sabina, repertorio legendario, sin sus músicos de confianza (Pancho Varona, Antonio García de Diego), en el ácido de una locura inesperada, donde cocaína, whisky y muchos insomnios, cuaderno como peto y espaldar del esqueleto enloquecido, dieron el milagro, el parto y toda la juglaría.

Dos aparentes secundarios, que no tardaron en ser primeras figuras, Alejo Stivel, productor recién rehabilitado de todo tóxico (“Era un monje”, según Sabina) y Antonio Oliver, dandy arruinado de la producción cinematográfica y ocupado en la estricta supervivencia literaria, serían los custodios del ángel de las alas negras de Madrid que llegaría al millón de oyentes y cuyo desafío personal era entonces otro escalofrío: “Es el disco de mi vida”. Stivel visita la casa de los muchos amigos, cada uno con llave, las juergas en Tirso de Molina, domicilio del artista, el repertorio internacional que cada noche cotizaba por lo menudo a George Brassens, Leonard Cohen o Dylan. El disparo fue directo al corazón por parte de Stivel: “Lo veía cantar en su casa, totalmente desprejuiciado, por decirlo de alguna manera, con la voz rota, a las tantas de la mañana, y le decía: ¿Por qué no cantas así en los discos? Creo que eso fue lo que le provocó para llamarme a producir, Me parece que ese fue el disparador”.

Un disco sin maquillaje, un disco en tono “goyenesco” (por Roberto “Polaco” Goyeneche), un disco sin habituales ni fijos, ni terreno conocido ni seguro, un tema estrella (19 días y 500 noches) que nacía de Bambino, otro tema que venía de los años 40 madrileños (De purísima y oro) con Manolete, Lupe Sino y todo el hambre de posguerra, tributos a prostitutas ocasionales, asuntos de amor disperso, rumbas ajenas a su pasado donde las moscas por fin iban a la bragueta por culpa de los años. Explica Stivel: “Siempre pensé que era un error intentar lo que hacían en sus discos anteriores, que era ponerle mucho reverb, mucho efecto, tratar de hacerlo cantar bien, intentar que la voz suene limpia y que parezca un cantante, cuando creo que él es más un decidor. Y le comentaba: este es tu lado; esto es, además, lo que más tiene que ver con tus letras, con tu personaje, con tu manera de ser”. Un desnudo integral, a calzón quitado, como en los tiempos mejores de La Mandrágora.

Sabina corrobora los hechos: “Alejo empezó a venir a casa por las noches, y yo por las noches cogía la guitarra y cantaba. Me decía que tenía que hacer un disco así, sin maquillar la voz, dejando salir todo, y que no tenía que contar con mi equipo médico habitual, con Pancho y Antonio. La verdad que eso me sirvió mucho para no autocensurarme ni autocortarme”. Así rompe con el sistema de composición de los últimos quince años, Sabina haría música y letra, ajeno a facilidad o arnés en el vacío: “Tengo la sensación de que cuando decidí que lo iba a hacer sin Pancho y Antonio, que lo iba a hacer yo, y que las letras y las músicas iban a ser mías, y que nadie me iba a cortar por ningún lado, dejé salir el río que normalmente me salía y que siempre los músicos o alguien me cortaba”. El desafío es brutal: seis meses componiendo a quince o veinte horas diarias, sin salir de casa, tóxicos festivos y debates sobre palabras mínimas con el tándem Stivel/Oliver, películas de cine viejo, tabaco negro y bélico, mucho pijama e infierno creativo.

Crece la figura de Antonio Oliver al que dedicaría ardientes letras (“Cuando la cerradura entra en la llave,/ fingimos aprender del que no sabe/ y hablamos de pericos y scorseses./ Como dos nuevos ricos sin dinero/ nos vemos cada treinta de febrero/ y volvemos a casa haciendo eses”) y su temperatura exacta de corrector es explicada sin pausas: “Oliver me hacía de frontón estupendo. No escribía ni hacía música, pero tenía un sentido del gusto extraordinario. Además, no tenía ninguna prisa y le gustaba mucho trabajar conmigo, entonces, si de cuatro versos uno no le gustaba, me lo discutía. Y a mí eso siempre me ha venido muy bien, de hecho, últimamente trabajo con Benjamín Prado para lo mismo, aunque Benjamín escribe, Oliver no escribía”. Rumbas, milongas, canciones sin estribillo y que hacen bola en la garganta, slang porteño, Chavela, rito diario del bandoneón, trompeta y saxo, beberse la vida entre los brazos de la pálida dama a sus “cuarenta y diez”, rubias platino y cine francés, libros de bolsillo, Cernuda y polvos de una noche, tablao y puñetazo en el alma rota.

Puchades escribe embrujado, en estado de rapto, donde la vida siempre va por delante de la letra y el texto es un réquiem, divino sortilegio, antibiótico contra todo y la vida, en serio, con nobleza y por derecho, de un Brassens enamorado hasta el tuétano de Charlie Parker, Louis Armstrong y Billie Holiday, jazz tradicional y swing lento y bluseado, Dylan y la lotera de la esquina a la que cantara Lola Flores por boca de León y Quiroga (sin Quintero). Sabañones, gasógeno, ricino, baile del bayón y la zambra, Pemán, el torero Luis Miguel y las palizas a Miguel de Molina por gay. Sátira y una novia modelo de entonces a la que conoció en el Amnesia de La Castellana –Cristina Zubillaga- que le traen por el camino de la amargura sin perder acera, luces ni pulso callejero.

Puchades ha construido una bildungsroman, un novelón de aprendizaje, el mestizaje de un cantautor que une alta y baja cultura, todo lo recicla, trabaja con varias canciones a la vez y perder obsesión en el tránsito es siempre ir más despacio. El libro se lee de un tirón, casi doscientas cincuenta páginas con la lengua fuera, y lo más rico son las deudas que Sabina paga con su propia vida, desde los homenajes explícitos y no velados a Bambino como a muchas mujeres de su vida o a una manera antigua de vivir donde el éxito no cuenta. Lo mismo dijeron de Picasso: “Siguió viviendo toda su vida como un bohemio, con mucho dinero en el bolsillo”. Algo así. Mucho “laburo” y mucho “mono” de lápiz y canciones. El milagro de Stivel, la vida pequeña, escritura y sangre, todo el asfalto de Tom Waits y Lou Reed, túneles de perdedores entre jeringas y recetas y, ya está dicho, un señor muy formal que viene cada noche con un cartapacio negro y abrigo espeso, enterrador de sí mismo, para discutir versos calientes “on the rocks” hasta las claras del alba donde vivir es la mejor interrogación.

Diego Medrano

Escritor

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