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FRACASA MEJOR

Benito Romero: Desajustes

lunes 07 de septiembre de 2020, 20:33h
El aforismo, si es bueno, nos arrastra adentro y cierra la puerta con el cerrojo: es suave como la gamuza, es un objeto misterioso, pasa por muchas manos y viaja por todas partes. El estilo conciso no hace al buen aforista estar desamparado ni ser el hazmerreír de la noche. La cortedad exige querer dar a entender, abrigar la esperanza de llegar a ser escritor. Los mejores aforismos son los que logran salir de la tierra opresiva y opaca cuando hay sueños. Releer a Chamfort, Gómez de la Serna, Max Aub y sus libros antiguos nos hace continuar con nuestras aventuras aforísticas.

Benito Romero (Santa Cruz de Tenerife, 1983) acierta en Desajustes (II Premio de aforismos La Isla de Siltolá) al ensayar técnicas que proporcionan amplitud mediante impresiones, anécdotas, ruinas. En uno de los capítulos el viaje es sentir, escribir, el ejercicio literario. Se titula “Trayecto”: “Recogía palabras del suelo como si fueran colillas y formaba collage con ellas”; “Encajaba tan bien en cualquier parte que nadie supo jamás cómo se sentía por dentro”. Muy precisas resultan las frases de Romero que dan la sensación de haber nacido nuevas, pero con un toque antiguo que significan un paraíso. “La poesía (la verdadera poesía) es así: se deja presentir, se anuncia en el aire”, admitía Roberto Bolaño en Los detectives salvajes, su obra-obra. “Lo único que debe perseguir el poeta es la iluminación y asumir que se desangrará por el camino”, nos hace ver Benito Romero en una de sus partes, la titulada “Territorio”.

El joven escritor, con muy buen criterio, nos deja notas de humor por el que siente una devoción. “Zona de confort”. Caballo de Troya. “Veracidad”. Terrible desengaño. “Utopía”. Estado de excepción. Hay que insistir en que Benito Romero es uno de los grandes aforistas de este tiempo. Va creciendo libro a libro sin dormirse en las escaleras de piedra ni en el barro. En Desajustes nos dice cómo poder consagrarse a la literatura con una “renuncia irrevocable a la pretensión de prosperar”. Algunas de sus ocurrencias aprenden a vivir en el interior de la diversión: “Ser escritor de servilletas no alcanza ni para pagar el café”; “El peor vicio del aforista: el flagrante convencimiento de creerse exclusivo”. Escribe sobre los filósofos en un mundo vacío, sobre las batallas con rumor de pasos amortiguados, sobre la sensibilidad que se rebela contra el destino, sobre la narrativa vencedora que resucita nuestra personalidad, sobre la sangre que llena la reducida habitación.

Baudelaire se convierte en fuerza destructora, Tennessee Williams está en el cepo del teatro, Kafka cocina la cena en una fogata encendida, Machado se sienta en un sillón de respaldo alto y charla con Benito Romero de los aforismos que nacen de la vida. “La importancia en el arte es la necesidad. Hay que sentir de forma absoluta que una obra es necesaria”, decía en frase muy citada Cioran. ¿Se puede aplicar a los aforistas que tratan de construir para la eternidad? Benito Romero sabe que el cine no está lleno de momias embalsamadas. Paul Newman tiene frescura, no se marchita. El buscavidas se recoge todavía para jugar todo el día. Alfred Hitchcock no destruye el mundo de las ideas a pesar del vértigo.

El autor tinerfeño es un aforista claro sensiblemente despierto a la atmósfera de su vida. Desajustes se lee con una emoción directa, como si se tratase de un diario. “Le dijeron: ‘No hagas caso de la gente que solo quiere hacerte daño’. Y se ignoró a sí mismo”; “Antes de detenerse y reconocer su ignorancia optó por ampararse en sandeces que le permitieran seguir avanzando”; “Su última adicción: los aforismos despojados de moralidad”; “La sonrisa de Flaubert: infusión contra el dolor estomacal de Occidente”. Muchos aforismos protestan contra los escritores que no tienen la facultad de ilusionarse con sus instintos propios (“El poeta obsesionado con los adjetivos rara vez emplea el apropiado”).

El libro dividido en seis partes, posee diversos tonos. Uno de ellos está cargado de observaciones y sátiras que quedan desenterradas para siempre (“Ensoñación”. Rueda del despotismo; “Falsa modestia”. Montaña nevada; “Herida”. Sustrato del empeño sin restricciones; “Meditación”. Eterno primer día de patinaje sobre hielo; “Quimera”. Aprendizaje inmaculado). Este glosario se distribuye en una especie de disposición magistral. Benito Romero es un escritor inteligente que encuentra mundos dentro de los mundos, está en su plenitud riendo ruidosamente, aborda ideas que no se acercan tambaleando.

Los mejores aforismos, tras haber poseído riquezas, caen en la pobreza, pero sin perder la distinción. Desajustes reúne por lo menos medio centenar de aforismos que no atrofian el crecimiento. Si pedimos demasiado de este escritor, él nos lo dará. El aforismo es, en muchos casos, un pálido sol brillando sobre lo escrito. La mayor parte de los aforismos de este libro son intemporales, vienen y van, proceden de cualquier tipo de clase, son ricos y pobres, saltan al suelo y no desaparecen. Resulta claro que Benito Romero, que tiene un gran poder para imaginar, nos quiere hacer ver que “la dignidad y la precariedad avanzan en un intento de alcanzar un principio de acuerdo de convivencia pacífica”.
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