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AL PASO

El próximo otoño

martes 15 de septiembre de 2020, 20:06h

Ha coincidido la publicación en el País semanal del adelanto de un libro de Juan Marsé con un valioso álbum de fotografías de Albert Ripoll, relatando un viaje a Andalucía al comienzo de los años sesenta, con la emisión en la Televisión, en el trasnoche de un pasado viernes, de la película de Antonio Eceiza, El próximo otoño. De lo que va la cinta lo cuenta mejor que nadie, claro, el propio Eceiza , cuando traslada el recuerdo del film de Luis Martin Santos a José Lázaro en el conocido libro de este sobre el autor de Tiempo de Silencio. Es la historia de un chico pobre, dice Eceiza, seminarista, de Almuñécar, que en verano se gana un dinero haciendo de marinero en la barca de unos señores ricos. Viene de vacaciones una francesa y aparece entre ellos el amor que, claro, no va a llegar a nada, porque cuando llegue el otoño ella se va a ir a París a estudiar en la universidad y el al seminario otra vez.

La película, como las fotografías de las que hablaba al principio, en blanco y negro, es de una belleza sobrecogedora: las casas encaladas en pendiente del pueblo al sol, el cementerio marino todavía más arriba que el casco de la población, que conserva rastros de sus usos anteriores desde los tiempos fenicios, romanos, árabes y franceses; los rostros de pescadores y campesinos, aburridos y tristes fuera del tajo; y con las mujeres desaparecidas. La historia, más allá del episodio amoroso, entre la fresca y atractiva muchacha que es Sonia Bruno y el personaje reconcentrado y atormentado del seminarista de Manuel Manzaneque, es el testimonio existencialista de una juventud sin esperanza fuera de la emigración; con una población que vive en el subdesarrollo y está anclada en un ambiente católico tradicional y acabado. Una historia, dice al final la protagonista Monique, “demasiado increíble para ser contada”.

La película, producida por Elías Querejeta, y que, aunque rodada en 1963 no logró ser estrenada hasta 1967, ejemplifica bien el llamado realismo social, que creía en la capacidad transformadora del arte, y en concreto, del cine. Era de la clase de películas que solíamos llevar a nuestros cineclubs. En el Cine Club que montamos en el año 1964 o 1965 en San Sebastián y que celebraba sus sesiones en el Savoy de la calle San Francisco, en una de las mañanas intervino José Luis Egea, también donostiarra como Eceiza, y que firma el guión, con Victor Erice, de la película de Eceiza. Todos estos nombres citados solían escribir en la Revista que alimentaba los presupuestos estéticos e intelectuales de la corriente de cine aludida y que se llamaba Nuestro Cine. Publicación hermana de Nuestro Cine, enfocada al teatro, era Primer Acto, cuyo director José Monleón sí que acudió por lo menos en una ocasión a presentar alguna película al Savoy. Nuestra referencia era el cine italiano, sobre todo los epígonos, magníficos de otro lado, de Valerio Zurlini, Francesco Rossi y, claro, Michelangelo Antonioni y Luchino Visconti. No nos gustaba por escapista, el cine de los westerns y las comedias americanas, aunque se tratase de John Ford o de Billy Wilder, que preconizaba la revista rival de Film Ideal.

La película, a pesar de su evidente mensaje político, (también testimoniaba una burguesía madrileña oportunista e insípida, ligada a la especulación inmobiliaria en sus comienzos de actuación en la costa andaluza), no pareció demasiado comprometida a Luis Martín Santos que le reprochaba haber cedido a la “condenada belleza” ambiental y dejar que los personajes continuasen tras la sacudida de la llegada de los aires europeos de la bella Monique en su rutina. No se si asentiría Luis Martin Santos, que tantas veces protestase por el ambiente adocenado del San Sebastián de su época, al elogio que se escapa como un suspiro en un momento de la cinta de boca de Tota Alba sobre la belleza de la ciudad (“Es tan bonito San Sebastián”), aunque referido al Donosti de la República.

La película me ha sugerido dos desarrollos de interés. Primero la trayectoria de Anton Eceiza y su relación con algunos donostiarras conspicuos. Hablo del citado Martín Santos, pero también José Ramón Recalde y supongo que Javier Pradera. En mi próxima visita a Lagun preguntaré a Ignacio Latierro sobre los amigos que Eceiza frecuentaba. Sí que conocí en Valladolid a quien andando los años sería su pareja Fini Rubio. Fini, que era la hija de un conocido catedrático de Derecho, y que, por lo menos eso nos parecía a nosotros, algo deslumbrados, estaba inmersa en los ambientes progresistas de Madrid, moriría no hace mucho, participante, como Antón, de las ideas políticas de la izquierda abertzale, y dejando un buen legado para fines asistenciales a diversos municipios guipuzcoanos.

La segunda reflexión tiene que ver con el modo de acercarse desde ambientes progresistas de Cataluña, Madrid o el País Vasco a la realidad de Andalucía, que hace suya la película, que pivota exclusivamente en la denuncia del subdesarrollo de la región, por lo demás no privativo de ella, pues en las Castillas o el Aragón de la época, por ejemplo, podían obtenerse testimonios de pobreza o atraso no muy diferentes de los que se presentan en la cinta. Encuentro esta aproximación a Andalucía algo superficial y no demasiado empática. Propia de esquemas culturales o espirituales que no aprecian en lo que vale la realidad a la que se acercan. A veces creo que la pretensión de un reconocimiento diferenciado político de determinadas singularidades (Cataluña y el País Vasco) tiene que ver con la ignorancia de la propia valía de realidades culturales preteridas, ignoradas o no suficientemente apreciadas. Y esta película no es una excepción a lo que digo. Piénsese, prescindiendo de la ridiculización que se hace en el film del flamenco, en la consideración que Visconti tiene respecto del Sur, que se refleja en la lealtad admirable a la tierra de la madre de Rocco (Rocco y sus hermanos) y la imagen reticente que se da de la madre de Juan, el protagonista en El próximo otoño, sometida al peso insuperable de la escasez y la tradición retrógrada.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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