Aristocracia olímpica
Martín-Miguel Rubio Esteban
lunes 25 de agosto de 2008, 23:22h
Aunque la masa practique el deporte y cada día el hombre medio se envista más y mejor con los hábitos de los especialistas del deporte, la masa no puede protagonizar el deporte; su función básica es admirarlo, contemplarlo con fervor, constituirse como espectador estupefacto. Sólo unos cuantos héroes pueden conseguir los oros olímpicos de entre el selecto grupo de una muy restringida aristocracia de la fuerza e inteligencia físicas -toda fuerza física aristocrática está dotada de una inteligencia especial y acrobática-. Ante los héroes de los estadios olímpicos, perennes maestros de la sabiduría física, representantes de la especie humana en grado excelso, todos somos un poco, recordando palabras de Ortega, “barberos suburbanos”.
La palestra olímpica es un palenque cerrado a las masas, esencialmente snobistas, en donde sólo pueden caber y moverse los cuerpos y espíritus más señeros, productos de un don genuino de la naturaleza, paradigma de la especie en el Paraíso, y de un esfuerzo titánico.
El hombre-masa del que hablaba Ortega no tiene carisma, “talentos” con una misión particular, ni constituye un mensaje especial; es sólo un espectador de cualquier cosa, tanto de la más sublime como de la más repugnante.
Los atletas y los demás deportistas olímpicos son un caso excepcional de responsabilidad personal y espiritual. No están representando naciones en su homogeneidad sino en su singularidad, del mismo modo que en ellos la humanidad se individua, cobra un sentido superior y cuaja en una forma excelsa. Paradójicamente las banderas, presuntos símbolos de los colectivos nacionales, representan aquí la individualidad señera con apellidos-gentilicios sustanciales, que configuran la genuina y singularísima forma de conseguir el triunfo.
A pesar de lo antipática que pueda resultar esta idea, aquí, en el deporte, lo mismo que en las demás esferas de la cultura humana, es la excelencia lo que identifica a los pabellones nacionales. El sabor nacional sólo se identifica con lo verdaderamente “egregio” en su sentido etimológico. La inolvidable Mayte Zúñiga, Almudena Cid, ese fenómeno de la naturaleza hispánica que es Rafa Nadal, Gemma Mengual, Pau Gasol o Joan Llameras son la España sustancial, la España en sentido propio.
La masa nunca constituye la nación, sino las aristocracias nacionales.
Los pueblos, si no son sólo meras curiosidades antropológicas -que es lo mejor que pueden ser- son pavorosa homogeneidad que oblitera las cabezas, achatamiento general que nulifica las vidas particulares, famelismo gigantesco de espíritu personal que orea un rato a la intemperie de los estadios su malogrado individualismo, la inversión inteligente de los talentos con que vinieron al mundo. Espectadores sólo. Y ello no sería tan horrible si la masa o las aglomeraciones populares se constituyesen como coros de lo más señero, de lo egregio que las representa de forma excelsa, de lo más aristocrático, y nunca como protagonistas de la historia nacional.
La “fórminx” de Píndaro sólo podía exaltar las proezas de las verdaderas aristocracias nacionales. Bellezas morales sin cirugía estética. Como ahora.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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