www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

MENÚ DE POBRE

Los poetas de Nueva York iluminan a fuego este mundo oscuro

jueves 24 de septiembre de 2020, 20:17h

Con el regreso de la pandemia -¿se fue en algún momento?- llega a las librerías otro motivo para la belleza: La escuela poética de Nueva York (Alba Editorial). Las ciudades-imán para el talento artístico sabemos bien cuáles fueron desde los años 70: París, Londres, Nueva York y Berlín. Pintores, fotógrafos, poetas, bohemios, gente de pincel y pluma viajó, bebió, rio bajo la luna urbana, cotizada de neones, donde la noche blanca es al mismo tiempo la de la desesperación y el éxtasis. Más de quinientas páginas y solo cinco nombres: Frank O´Hara, John Ashbery, Barbara Guest, Kenneth Koch y James Schuyler. Cinco estrellas fugaces sobre el firmamento.

Escribe Gonzalo Torné en el prólogo a la cuidada edición: “Los poetas de Nueva York coinciden en desprenderse de las exigencias métricas; los poetas de Nueva York, pese a que exploran momentos meditativos e incluso melancólicos, se distinguen de otros escritores de posguerra por su sentido del juego y de la diversión, por una euforia que por momentos roza el optimismo vital; los poetas de Nueva York son a veces excesivos: una manera de decir que no admiten encorsetamientos, que son generosos; los poetas de Nueva York imaginan atmósferas nuevas, no pretenden atrapar al lector con la intriga de lo que sucederá a continuación, sino con el misterio de lo que está pasando en ese poema concreto; los poetas de Nueva York siempre buscan sorprenderte, llevarte a sitios donde no hayas estado nunca”. Una escuela sin manifiestos, un grupo que negó ser tal, gente divertida con sus secuaces... absoluta maravilla.

Ahí tenemos a Frank O´Hara desde el principio: veterano de guerra, estudiante eterno de Filosofía y Teología en Harvard, pianista, licenciado con el tiempo en Literatura Inglesa, crítico sobre pintura y escultura, director del MoMA de Nueva York, una vez allí instalado con su pareja, Joe Le-Sueur, finalmente muerto por el atropello de un camión de la basura (1966). Noches, fiestas, bebidas secas, emergencias del libertino en poemas en prosas donde toda la noche son ojos fijos y deseo, taxis buenos y no a la manera de García Montero, hombres con gabardina frotándose mucho la barbilla frente a coristas descaradas, muchos pitillos o palillos en la boca, neones como bombillas y ocurrencias del día, mucho Jean Dubuffet en vena pintando a sus vacas, autopistas mojadas, monedas romanas, San Francisco para ricos o herederos, vals joven y corbata recién estrenada, gente guapa, vinilos y ginebra, mucho musgo que cae a sorbos de la luna, diarios de viajes… demasiado café, demasiados cigarrillos, demasiado amor.

Aquí tenemos a John Ashbery, con cisne y bigotón, criado en su granja de Rochester, educado en un internado masculino donde lo gay se quedó en el pijama para siempre, forjado en la tesina sobre W. H. Auden, bohemia en París mientras fue director de la edición europea del Herald Tribune, crítico de arte otra vez en Nueva York, mucho Warhol y su círculo, finalmente profesor de literatura en el Bard College por oposición, el gran poeta estadounidense del siglo para tantos. Siempre poeta urbano, donde juega a hablar de ramas y cisnes, los otros siempre pasando alrededor con su vergüenza como balizas, horas dedicadas al juego, arcoíris de lágrimas, juventud fría y mucha yerba para enfriar lo del internado, pensionistas tímidos y camas baratas, un abrigo que es un árbol, muerte y secreto triste, mar helado, bendiciones insospechadas, trufa y mística con todo el crujiente alrededor, poeta de una luz y una manera de decir y un mástil con bandera izada, que en ocasiones solo entiende él. Ansiedad, destrucción, heroínas populares, automóviles oxidados y confusos, clases acobardadas y la libertad, sí, del campo, borracheras y analogías, borracheras y jardín frío y niebla para uno mismo, la forja de un lenguaje privado.

Barbara Guest, estudiante de Humanidades en Berkeley, profesora y editora en revistas de moda, Medalla Robert Frost como el Nobel americano, tesina sobre Hilda Doolittle, crítica de arte y teatro, amiga del collage para ilustrar sus letras. Mucho lirio rojo, mucha nieve que cae, mucha casa en la pradera, muchas violetas y disfraces naturales, lo frío y nuevo del desnudo puro, lo fresco y amenazador de la gota de agua caliente, melancolía desnuda, densidad a pintura, aspereza de la carne, la superficie siempre como objeto y su pátina, todo expresionismo, éxtasis defensivo, inquietud de la voz ronca, hueco escondido, río gastado, ala caída, el absurdo en forma de tubo, lo gres del pestillo y todas las rodillas contadas, poemas como rocas en la invernada.

Finalmente, Kenneth Koch (forjado en Keats y Schelley, licenciado por Harvard, soldado en la Segunda Guerra Mundial, cuarenta años de profesor en la Universidad de Columbia, poemas de la oscuridad a la luz, de lo implícito a lo explícito, de las soledades aceradas francesas a los gritos tertulianos universales, estranguladores y cowboys, Whitman sin alcohol, sueño limpio en la autoexigencia, etc). Por último, sí, James Schuyler: letra y periodismo, secretario perpetuo de Auden, crítico de arte hasta el Pulitzer, bipolar y pobre, tal vez pobre por bipolar, eremita confeso y huido permanente de lo social, pese al pisito con Ashbery y O´Hara unos años: poesía de la dirección, mucho anclaje en lo que hay sobre la mesa y la angustia del calendario sin ingresos. El descanso, entre las cotas de heroína femenina, que suele ser pasear al perro o mirar los patos en el parque de su ciudad. Niebla, y viento gélido, que pasea por dentro, y quisiera ser océano ardiendo, pero no lo es, porque lo bipolar es vivir ajeno a toda emoción.

Tuvieron la mirada felina de todas sus tardes bajo el edredón, mucha escritura silenciosa, ninguna competencia entre ellos, la proeza del juego y del estilo rico, ese interés de los cinco por una renovación formal y no tanto por lo que se tenga que decir. La Escuela de Nueva York ardía en busca de la expresión, y su lenguaje duro, firme, podía sostener cuanto se echase encima o debajo. Una poesía, tantas veces sin métrica, y cercana al versículo de Whitman, versos enormes que rompen la página y siguen debajo, donde la prosa llega sin pedirla, y lo cotidiano se mezcla (incluso enmascarado con lo confesional) con una escritura que a veces discurre en puntillas, como si no quisiera llamar la atención, y fuera eso, una cosa rara, ya metidos en el turbión léxico, donde el verso es geometría y tal y como golpea la luz dentro y fuera de ese poliedro, así salimos de tales construcciones. ¿La generación de los abstractos? Mucho más. Su temperatura es urbana, callejera, y un Nueva York inmóvil y solemne, parpadeante y juguetón, siempre está ahí, como atrezzo o en una servilleta, pero sin despedirse.

Diego Medrano

Escritor

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (1)    No(0)

+

0 comentarios