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ESCRITO AL RASO

Las tres montañas del CGPJ

David Felipe Arranz
lunes 28 de septiembre de 2020, 20:18h
Actualizado el: 29/09/2020 12:35h

La política es el río que pasa en el que nos bañamos varias veces al día. Pero el mismo río, no el de Heráclito de Éfeso, por el que bajaban aguas más cristalinas. Y ahora salen de la judicatura unas psicofonías dejando en el aire una metáfora deshilachada y contundente que todos tratan de descifrar, como en los pasatiempos del periódico. Jueces y ministros se convierten en los guardianes del campo tumultuoso, de la miseria que nos está por venir, del patio desconchado del solar patrio. El político es presuntuoso, el juez es soberbio, y ambos, en esta avaricia de decirlo y comentarlo todo, van remodelando la idea del respeto, como si la pospandemia, de nuevo hecha pandemia, les fuese a todos cambiando las ideas, los discursos, los relatos, las afinidades y los días de otoño. Por lo menos el ministro está muy enamorado, pasea con su jai palmito sin mascarilla por la playa de Zahara. En Barbate pusieron en agosto el grito –y el coronavirus– en el cielo.

Hay una mano de sombra que se queda con el personal, que vacila a sus señorías y que lo tuerce todo siempre. El pasado viernes, al finalizar el acto de entrega de despachos a la LXIX promoción de jueces en Barcelona, el vocal del Consejo General del Poder Judicial, José Antonio Ballestero, lanzó el vítor monárquico y provocó un comentario en la mesa, entre el ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, y el presidente del Tribunal Supremo y del CGPJ, Carlos Lesmes. La apostilla, anotación o glosa –“se han pasado tres montañas”– ha tenido su eco en la opinión pública, porque con esto de las mascarillas, pío, pío, que yo no he sido. La última promoción de jueces se inicia y se despereza con esta algarabía de peguntosidades y medallas, en un despertar de proclamas y polémicas de agendas que no cuadran y monarcas por primera vez ausentes en la Escuela Judicial. No es cierto que todo se frene en el Tibidabo con las ausencias borbónicas: el parque de atracciones amarillas tiene cuerda para rato.

El rey, que había confirmado en principio su asistencia para saludar a los ya jóvenes jueces que van a recoger su primer destino, en fin, no ha asistido, tampoco nadie sabe decir por qué, descartando los polemistas la posibilidad de que le coincidiese con otra cosa. Como tampoco se han presentado quince de los sesenta y dos alumnos, ya que tenían la covid-19. Tras la ausencia viene la grita y la barahúnda, el rasgarse las vestiduras y el grito de Teodoro, campeón del lanzamiento del tito de aceituna. Todo este follón viene a cuenta del tradicional vínculo constitucional de la Corona con el Poder Judicial, ha dicho Lesmes, unos lazos que se remontan a la Constitución de 1812 y los socios de Sánchez quieren romper. Lo que nos aterra del bolchevismo burgués es descubrir que es también una casta, el bigote de Stalin que quiere irse a veranear como Sánchez, también, al palacio de La Mareta con los niños y las mucamas. Lo que cuesta una empleada doméstica, Irene.

La oposición, los teodoros, cree que es un guiño del Ejecutivo al independentismo para ablandarlo y que apruebe los Presupuestos, una operación que incluiría el veto de ERC a Felipe VI en un acto tan simbólico como el del viernes, cosa que los de Rufián han negado. El anuncio de la asistencia regia venía impreso en las invitaciones que había cursado el Poder Judicial, de manera que el inopinado cambio de aires en la Casa del Rey la semana pasada revela sacudidas en el protocolo, forzados por un escenario cada vez más sensible, amén de pandémico, en vísperas de la confirmación de la sentencia de la inhabilitación por desobediencia de Quim Torra, al que ya no hay quien lo conozca.

El Poder Judicial lleva sin renovar sus magistrados más de dos años desde que se cumplió el plazo para la elección de nuevos jueces, un cambio de aires necesario para mantener la independencia –sí, suena a fabulación– de la institución. La bancada de Pablo Iglesias ya ha avisado de que seguirá atizando la guerra contra el CGPJ y el rey: “el Rey se pasó, se excedió en sus funciones y se ha demostrado inútil eso de decirles en privado a los del PSOE que esto no puede ser”, ha declarado un miembro de Podemos en román paladino.

El de los jueces del CGPJ es un remolino de la edad, más que del sistema, porque están muy cómodos, y uno se compacta en su tribuna y su Escuela de jueces, sus reuniones y confianzas, porque así el brillo de la Justicia no decae, que es el esplendor formal de los corregidores. Y esas tres montañas de fósiles, ministro, no hay quien las salte. Ni siquiera después de recargar las pilas con amor y sol en Cádiz, ma chère Meritxell.

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