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ESCRITO AL RASO

La hipoxia que seremos

David Felipe Arranz
lunes 05 de octubre de 2020, 20:12h
Actualizado el: 10/05/2020 21:42h

Ya que no hay todavía descubridores de la vacuna que nos salvará de la peste coronavírica, el Premio Nobel de Medicina de este año aciago ha ido a parar a los tres descubridores del virus de la hepatitis C, cuya “contribución decisiva” ha sido la de aislar el genoma del bicho. Harvey J. Alter, Charles M. Rice y Michael Houghton le pusieron nombre y apellidos genómicos a una enfermedad a la que todavía andan buscándole cura con arsenal de antivirales y fármacos.

Va muy lenta la humanidad en la otra batalla infecciosa, que es la que nos ocupa, si bien el personal se entretiene con otros menesteres, como el disgustazo que le ha dado al cómico y empresario de la cosa Jose Maria Mainat su ex mujer, por lo visto una viuda negra que estudia medicina y que se ha pasado con la dosis de insulina, a la búsqueda del coma hipoglucémico del cofundador de la mítica “La Trinca”. De manera que parece que en este caso hay un resentimiento previo y un plan lo suficientemente siniestro como para que las reinas de la mañana le dediquen varias horas al día a la cuestión, que por otro lado es un clásico, tal y como muestra la crónica negra de nuestro país. Lo bueno es que Mainat ha salvado el pellejo y lo puede contar –y vaya si lo está contando–.

Otro asunto que vacuna a la ciudadanía del miedo a la Covid-19 es el de las joyas y el patrimonio de Corinna Larsen, la amiga “entrañable” del rey emérito don Juan Carlos y otras cosas más, según se deduce de las grabaciones que va filtrando a los medios y desde chirona el excomisario Villarejo, que va siendo la fiera enjaulada más temida por el Poder desde que se escapó aquella abada en el Madrid de los Austrias, en pleno siglo XVI, embistiendo a los estudiantones y sopistas que se topaba en su huída, según nos cuenta Pedro de Répide. Veinte vecinos perecieron hasta que, finalmente, le dieron caza en Vicálvaro, de ahí la calle de la Abada, emplazamiento original donde los portugueses habían instalado la carpa.

El delincuencial expolicía tiene mucho de rinoceronte, en la embestida y el atropello de gentes. Porque cuando es hostigado por los que otrora le dieron de comer, se encrespa y arremete con todos los que pilla por delante: un monarca, un ministro o un secretario de Estado, la cosa es que lo entendemos, humanamente, que se encolerice, pues de estar en la pomada del Poder –que unos y otros te encarguen robar pruebas o darle el palo a un súbdito díscolo– a tomar el sol a cuadros hay una distancia. Todo eso de la clandestinidad a la que pertenece también la pandemia, tan desconocida y peligrosa, y a la vez tan mítica. Pues todos hablan de ella sin saber grandes cosas: se toman medidas y se restringe el movimiento al ciudadano, a ver si así desaparece como por arte de birlibirloque.

Para la generación de la Covid-19, “juventud robusta y engañada”, que diría Quevedo, será muy difícil separar la melé política de la epidemia, siendo todo igualmente patológico. El coronavirus ha rubricado una España que comenzaba a existir, pero ahora toda España ya es coronavirus. Y el político español es, después de esto, doblemente tóxico y había que haberle pedido hace años que se hubiese puesto la mascarilla para principiar por un regeneracionismo discursivo, porque con la boca tapada no se les entiende nada y parece que molestan menos. Nos queda mucho para el Premio Nobel a los futuros descubridores de la Covid, que podría ser un asesor presidencial, un ministro o un consejero de sanidad cualquiera, según se plantea esta película. Así que volvamos, Amore, a pasear nuestra hipoxia bajo las mentiras y medias verdades de esta democracia que perdimos para siempre en Wuhan.

Twitter: @dfarranz

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