Decía Simone de Beauvoir que “el problema de la mujer ha sido siempre un problema de hombres”. Hoy, además, es un problema semántico. Y es que hablar de feminismo sin que haya suspicacias resulta poco menos que imposible. Atendiendo a la RAE, no debería de ser así. Según su diccionario, feminismo es “el movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres”. Y fama, aquella “opinión que la gente tiene de la excelencia de alguien en su profesión o arte”. Con todo, muchas de las que se arrogan en exclusiva -por cuanto no admiten otra óptica que no sea la suya- su representación lo hacen desde el frentismo y la mediocridad.
En una sociedad cada vez más virtual, las redes sociales son fiel reflejo de este feminismo crispado. Performances en las que jóvenes exaltadas representan al hombre como el enemigo a combatir, artículos de opinión cargados de odio y un posicionamiento incluso violento abundan en exceso. Afortunadamente, en ocasiones surgen bocanadas de aire fresco que nos muestran -cuando no descubren- que otra realidad es posible. Lo consigue Isabel Sánchez en su último libro “Mujeres brújula en un bosque de retos” (Espasa), donde pone en valor el día a día de mujeres imprescindibles no por su género sino por lo que hacen.
Se habla aquí de “mujeres brújula” como “aquellas que llegan a ser punto de referencia para los demás, señalan el norte, marcan el camino y acompañan a la meta”. Algunas son CEO de importantes multinacionales; otras, “simples” cuidadoras de personas mayores. Pero en ambos casos subyace un afán por hacer bien las cosas y cambiar un mundo en el que aún falta mucho para lograr la igualdad de oportunidades y derechos. La autora retrata a mujeres de todo el mundo que construyen en lugar de destruir, enfatizando en el “cuidado” que ponen a todas las facetas de su vida. Dicho cuidado no es algo exclusivo de la mujer, sino que es algo en lo que no debe existir diferencia alguna. En palabras de la autora, “potenciar el inestimable valor que tienen los gestos de ese cuidado para toda persona, hombre o mujer: las caricias, los abrazos, las miradas, los detalles”.
La asociación Amal -“esperanza”, en árabe-, promovida por mujeres del Opus Dei en Viena, atiende a familias de inmigrantes sirios e iraquíes a cuyos miembros el gobierno austriaco ha concedido el estatus de asilo. Sin un hogar, sin saber el idioma y sin trabajo deben afrontar retos de lo más complicado, añadiendo además los recuerdos de un pasado roto. Estas mujeres ofrecen gratuitamente clases de alemán, encuentros entre familias árabes y austríacas, asistencia médica y legal e incluso coaching laboral para que los jóvenes puedan incorporarse al mercado de trabajo.
Margareth Thacher comentó en cierta ocasión que cualquier mujer capacitada para llevar un hogar estaba muy cerca de entender los problemas que conllevaban dirigir un país. Siendo una verdad global, es mucho más fácil plasmarla en el denominado primer mundo. La asignatura de la igualdad de derechos en el Islam sigue aún demasiado pendiente. Exactamente lo mismo puede decirse de África, si bien aquí iniciativas femeninas como Harambee, en Kenia, están abriendo un camino prometedor. En swahili, Harambee significa "trabajando juntos”, y hasta tal punto es importante en la forma de vida keniata que esta palabra forma parte de su escudo. Cambiar el trabajo infantil de las niñas por escolarización, soporte a la formación profesional y a la creación de microempresas o formación rural en áreas agrícolas son solo algunos de los proyectos en marcha, con excelentes resultados. Quizá la clave del feminismo hoy sea precisamente la etimología de Harambee: trabajar todos juntos.