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Novela

Yuko Tsushima: Territorio de luz

lunes 12 de octubre de 2020, 02:22h
Yuko Tsushima: Territorio de luz

Traducción de Tana Oshima. Impedimeta. Madrid, 2020. 200 páginas. 20,50 €.

Por José Pazó Espinosa

Una mujer joven se separa de su marido y se va a vivir con su pequeña hija a un piso luminoso pero algo extraño, situado en un edificio semiabandonado, con una azotea solo para ellas. La luz y la brisa entran por sus grandes ventanas, que dejan casi siempre abiertas, y allí se refugian, como dos polizones de la vida. Sus existencias transcurren suavemente, y la madre, la narradora, va entrelazando los delicados y casi irrelevantes hechos externos con su mundo interior, que no termina de romper en erupción, pero que se adivina denso, naranja y rojo, como la lava de un volcán. Un día, esa mujer asiste en el metro a un suicidio en el que alguien se tira a las vías cuando el convoy hace su entrada en la estación: “Llegué al frente de la muchedumbre. Ya se habían llevado la camilla. Entre los dos carriles se extendía un charco de sangre roja, fresca. Me aguanté las náuseas y, encogida, me asomé un poco más. A unos cinco metros de distancia había un zapato de tacón. Amarillo. Un zapato de mujer.” Entonces, el tren se puso en marcha: “Hui con pies temblorosos, sin mirar atrás. ¿Quién eres?, pensé.”

Esta anécdota, pequeña, suena como un gatillazo al lector. Primero, porque ese “¿Quién eres?” es ambiguo, tanto en el japonés original como en español: ¿Quién eres tú que te has suicidado, o quién soy yo misma? Y esta pregunta, en boca de un personaje de Yuko Tsushima, que a la vez es hija de Osamu Dazai, el autor de Indigno de ser humano, una de las novelas más crudas sobre el sufrimiento escritas en japonés, y que se suicidó junto con su amante tirándose a un canal cerca de su casa en Tokio cuando nuestra autora tenía un año, esta pregunta adopta de repente ecos profundos, oscuros y enternecedores. La novela en sí es uno de estos prodigios de simplicidad a los que los autores japoneses, y las autoras de forma especial, nos tienen acostumbrados. La narración se articula casi como un haiku alrededor de varios elementos simples: la narradora, su hija, su exmarido, la casa, la luz, la calle…

Estos elementos se entremezclan de forma impresionista, pero siempre significando lo que no está, la ausencia, el tremendo fragor de lo no dicho, pero sí sentido. No nos cansamos de enfatizar esta sutil cualidad de la literatura femenina japonesa, la capacidad de tejer tapices espesos de densa emotividad muchas veces sugerida, anunciada en elementos cotidianos y aparentemente banales. Esta misma cualidad la tenía también su padre Osamu Dazai, los dos, padre e hija, llegan a lo más humano desde la aparente deshumanización. Se acercan, discretamente y desde literaturas nada estridentes, a uno de los nudos gordianos de la civilización moderna, el significado y el valor moral e individual de esa palabra: humano

Esta novela le valió a Tsushima el premio Noma en 1978. Fuera de honores, merecidos en este caso, su lectura deja un regusto a simplicidad y a sinceridad ausente muchas veces en trabajo más celebrados internacionalmente. Es, en pocas palabras, un espacio de luz para el lector avisado.

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