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EN LA FRONTERA

Se nos ha ido un obispo misionero

sábado 17 de octubre de 2020, 17:13h

Este domingo, cuando celebramos el día del DOMUND, quiero recordar a un gran obispo que se nos ha ido a la Casa del Padre. No hay que estar en las típicas tierras de misión para reconocer a alguien como misionero. Este ha sido el caso de Antonio Algora, obispo emérito de Ciudad Real, que esta semana nos ha dejado a causa del Covid-19. Un hombre, un sacerdote, un obispo, que nos dio continuas lecciones con su labor pastoral, siempre en favor de los trabajadores, de los más desfavorecidos.

Antonio, don Antonio, fue el sucesor de otro gran hombre , don Abundio García Román, fundador de Hermandades del Trabajo que fue un gran instrumento de recristianización del mundo del trabajo. Una novedad, pues supuso que hombres y mujeres participaran en las mismas Hermandades profesionales en igualdad de derechos y obligaciones y que no hubiera separación por edades. Todo esto en plena dictadura y con sacerdotes como Antonio Algora que llevaron su misión, su apostolado, como decíamos, a los más necesitados.

Recuerdo al entonces sacerdote Algora en la sede central de Hermandades del Trabajo en Madrid organizando la labor diaria o visitando constantemente obras como la Colonia de Viviendas del Patriarca, también en la capital de España. Unas viviendas hechas para trabajadores en las que tuvo especial protagonismo el entonces Ministro de Asuntos Exteriores, Alberto Martín Artajo.

Este domingo, cuando todos tenemos en nuestro corazón a los misioneros repartidos por todo el mundo, Antonio Algora es el ejemplo necesario de cuanto necesitamos de misión en este primer mundo en el que nuestros jóvenes adoran a los falsos dioses y nos olvidamos de todos aquellos que queremos palabras de aliento de sacerdotes y obispos que se olviden de promociones inútiles y se acerquen a todos sin distancias inventadas.

Quiero ahora reproducir unas frases del maestro, amigo, periodista y misionero también, Julián del Olmo, sobre el último sermón de don Antonio Algora:” El púlpito fue una cama monotorizada y con equipos del alta tecnología para seguir minuto a minuto el rastro que el coronavirus iba dejando en su cuerpo. El público, los otros enfermos de la UCI y los profesionales que los atendían. Las palabras más fuertes eran el silencio profundo, dolorido y compartido. El ropaje sagrado para la ocasión, la desnudez total, la misma con la que vino al mundo, cubierta por una pudorosa sábana blanca con el título azulado de “Hospital Universitario La Paz. Había predicado muchos sermones…pero el último fue el gran sermón de su vida el más largo que duró 25 días con sus noches. Sin duda, su sermón más sorprendente, el más impactante, y el más evangélico de todos…”.

Todos necesitamos misioneros así. En nuestro país y en todo el mundo.

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