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Novela

Arturo Pérez-Reverte: Línea de fuego

domingo 18 de octubre de 2020, 23:45h
Arturo Pérez-Reverte: Línea de fuego

Alfaguara. Barcelona, 2020. 688 páginas. 22,90 €. Libro electrónico: 10, 99 €. Reciente aún el éxito de “Sidi”, Pérez-Reverte nos regala una obra maestra que se adentra en la Guerra Civil española, a través de su batalla más larga y sangrienta, la del Ebro. Y lo hace sin maniqueísmo, resaltando el valor que latía en muchos combatientes de ambos bandos.

Por Rafael Fuentes

La última entrega de Arturo Pérez-Reverte, Línea de fuego, aparenta ser una novela histórica que recrea el comienzo de la decisiva batalla del Ebro, la más larga y sangrienta de la Guerra Civil española, desde su inicio la noche del 25 de julio de 1938. Pero esta recreación personal posee un sentido más profundo, que subyace más allá de los espectaculares lances bélicos a que dio lugar la ofensiva republicana. Sin renunciar a la exactitud en la forma de combatir de los dos ejércitos, a sus esquemas mentales y premisas militares, a su forma de maniobrar y utilizar el armamento de la época, Pérez-Reverte condesa la batalla en unas breves semanas –en vez de todos los meses que, en realidad, duraron las operaciones- y la concentra, además, en un recodo del río, para darnos una quintaesencia no solo de ese choque bélico sino del alma fratricida de toda la Guerra Civil. Con ello el autor coloca delante de los ojos de sus lectores un ejemplo concreto de las consecuencias más terroríficas en que desemboca el frentismo ciego de las dos Españas.

Con este propósito último, Línea de fuego cumple así la verdadera razón de ser de una auténtica novela histórica: referirse e iluminar el presente. En primer término, recordándonos a todos cuáles son los resultados finales de la polarización de las dos Españas cuyo enfrentamiento, tras décadas de reconciliación, ha sido desenterrado por los extremistas de uno y otro signo, arrastrando a cada vez más ciudadanos hacia a actitudes de trinchera. Como hemos sufrido al menos dos siglos esta espantosa lacra, sabemos a la perfección cual es el dispositivo de ese engranaje cainita y sus ardides, artimañas y embelecos para justificar su cerrilismo. Se comienza buscando los problemas reales, a veces muy hirientes, con el objetivo no de darles una solución, sino de enquistarlos, agigantar sus contornos reales, suscitar el resentimiento, señalar cabezas de turco convertidas en dianas humanas, hasta que los oponentes no sean vistos como humanos sino como bestias detestables cuya simple aniquilación física devolverá una supuesta idílica felicidad. Es lo que el filósofo Peter Sloterdijk ha denominado la creación de “bancos de odio”, que se van atesorando sobre los bajos instintos de la masa hasta desencadenar un furor homicida colectivo.

Cada nación ha erigido sus particulares “bancos de odio”, y en nuestro país ha gozado en los últimos siglos de gran predicamento una específica franquicia: el banco de odio de las dos Españas, cuya máxima expresión criminal fue la última Guerra Civil. Por mucho que los combatientes de uno y otro ejército se abrazasen en la primera década del actual sistema democrático, se perdonasen y juraran no volver a caer jamás en semejante barbarie, todo ha resultado inútil. Los nietos más extremistas ha desenterrado el hacha de guerra y han dado cuerda al tradicional mecanismo. Pérez-Reverte nos recuerda sin tapujos la inevitable conclusión del trayecto: el salvajismo, la atrocidad ya conocida, la vieja “línea de fuego” donde triturar las vidas de los ciudadanos.

En cuanto a las artimañas embaucadoras, la novela del creador de Alatriste remarca con particular insistencia dos: el maniqueísmo en el relato de los hechos del pasado histórico y el embellecimiento a través de la épica de lo que en realidad solo es bestialidad inhumana. La Guerra Civil española ha sido sometida a grandes dosis de ambos subterfugios. Primero, bajo la dictadura. Presentando a los republicanos como el mal absoluto sin mezcla de bien alguno y retorciendo los acontecimientos hasta crear una épica de cartón piedra verdaderamente cutre. Hubo de recaer sobre hispanistas -de forma destacada, los de origen británico-, la tarea de comenzar a indagar en los hechos reales. Ahora, por el contrario, en plena democracia, nos encontramos con las leyes de “memoria” impuestas desde el poder político con similar maniqueísmo, falso heroísmo de cartón piedra y mezquinas manipulaciones hábilmente calculadas para que el mecanismo del odio se despierte y no detenga su avance. Los relatos que difunden por la vía digital las redes clientelares, abonadas con dinero público desde las administraciones y centros políticos, insultan a diario la inteligencia y apestan a adulteración. Pero son imprescindibles para cegar a la población e impedir que sea consciente de la “línea de fuego” hacia la que se le empuja.

Para evitar caer en el embaucamiento de los unos y los otros –el autor ha retomado en ocasiones la afortunada expresión unamuniana de “los hunos y los hotros”-, Pérez-Reverte nos presenta en su relato un breve fragmento de la acción desde la perspectiva primero de uno de los bandos, para pasar a continuación a otra corta fracción de los hechos desde el punto de vista del bando enemigo, alternando así de forma sistemática la óptica de un lado y del otro. Uno de los secretos aciertos de la novela estriba en el simbolismo de la orografía común donde tanto unos como los otros deben operar, a la vez realista y simbólica, un ámbito tan conciso como onírico. Es el caso, por ejemplo, de las dos cotas que las tropas republicanas deben asaltar en la otra orilla, tras cruzar el Ebro. Aprovechando que en el alto Aragón existen picos montañosos denominados “pitones”, Pérez-Reverte rebautiza ambas cotas como el “pitón” del norte y el “pitón” del sur, que serán tomadas al asalto y perdidas en contraataques innumerables veces durante la batalla, sembrándolas de cadáveres. Pero “pitón” nos evoca sin duda el veneno mortal de la serpiente pitón, del mismo modo que no es necesario ser un consumado taurino para que la palabra “pitón” nos recuerde las peligrosas astas de un toro de lidia. Uno y otro ejército embisten con sus fieras y audaces astas en esos dos simbólicos “pitones”, recreando la bravura y la violencia del atávico ruedo ibérico español.

Idéntica fusión de realismo y carácter emblemático adquiere la ermita protegida por legionarios o el pequeño camposanto del pueblo, tomado por uno y otro ejército. Adueñarse de él es apropiarse de la muerte y entregarse de forma simultánea a ella. Imborrables son las escenas donde los pozos de tirador se cavan en las tumbas y los fusileros disparan en íntima fraternidad con los cadáveres desenterrados para convertirse, en muchas ocasiones, en sus compañeros de sepulcro. Diligente y estremecedor boceto de lo que es un soldado en primera línea de fuego. La novela a veces nos conmueve con delirantes incongruencias, como cuando la batalla se detiene de mutuo acuerdo para que una parturienta atrapada en un sótano dé a luz a su hijo en el bando contrario. Un dolor y una sangre que donan vida, entre dolor y sangre consagrados a la muerte. Un modo de remarcar cómo la prodigalidad vital de los españoles ha sido conducida al sacrificio mutuo, en vez de encauzarse a la pacífica creatividad.

En este contexto, el autor elude plantear cualquier controversia ideológica, con la consiguiente primacía de una teoría política sobre su contraria. Lo primordial aquí no es el juego de ideas, sino la experiencia vital. En cada caso se nos sitúa en el punto de vista propio de cada contendiente, incluyendo su horizonte ideológico político, sin que ninguno prevalezca sobre los demás. No hay una ideología que se alce por encima de las otras como una verdad que nos aleccione e ilumine. Lo único sobre lo que nos instruye la novela es sobre la inhumana atrocidad a que se ven abocados los de un bando y los de otro, al margen de que piensen sobre una cosa u otra, o de que ganen o pierdan. Para los componentes del ejército republicano, los contrarios son siempre unos “fascistas”, aunque la mayoría no lo sea, pero entonces les sería más difícil matarlos. Y para los miembros de las tropas franquistas, sus oponentes son siempre una “horda roja”, aunque en la mayoría de los casos no lo sea, pero si reconociesen en ellos a unos compatriotas se les haría mucho más complicado darles muerte.

Sea cual sea su procedencia y motivaciones, Arturo Pérez-Reverte muestra hacia los protagonistas de esta acción coral una formidable compasión y una empatía hacia todos los que sufren, por mucho que no comulgue con sus principios e ideas, como no se había visto en nuestra novelística desde Benito Pérez Galdós. Para lograrlo, Pérez-Reverte evita a toda costa mostrarnos sucesos desde la perspectiva de una masa. Es obvio que una batalla como la del Ebro movió grandes contingentes de fuerzas en combate. Pero el punto de vista nunca es colectivo –y por lo tanto, hasta cierto punto nunca anónimo-, sino siempre individual y enfrentado a un reto personal. Del ejército franquista elegirá a un alférez provisional al frente de veteranas tropas legionarias, después a unos jóvenes amigos carlistas huidos de Barcelona, o bien a un pastor analfabeto alistado en una unidad falangista, a un musulmán rifeño que cree que Franco es un santo e incluso a un recluta sin ideología clara que se pasa todo la novela tratando de huir del frente con la irónica consecuencia de desembocar en los lugares donde la refriega resulta más arriesgada y virulenta.

Al otro lado, en las unidades republicanas que han cruzado el caudal del Ebro da la impresión, a primera vista, que hay una mayor uniformidad, en cuanto la tropa está bajo el control de militantes comunistas y supervisada por estrictos comisarios políticos obedientes a la Unión Soviética. Pero esa aparente homogeneidad se diluye cuando Pérez-Reverte acerca su lente a cada individuo. Está, por ejemplo, la voluntaria en el destacamento de transmisiones, cuya motivación para alistarse en parte la hallamos en los obuses caídos en el edificio de Telefónica de la Gran Vía de Madrid, y en parte también, en su plena consciencia de que, en el caso de perder la guerra, las oportunidades y derechos de la mujer retrocederán más de un siglo. Nos encontramos con reclutas recolectados ente unidades diezmadas, bajo sospecha de ser trotskistas. Veremos asimismo antiguos comunistas que han perdido su primitivo fervor, o, por el contrario, dinamiteros asturianos que no la perderán ni en la más amarga de las derrotas. También con miembros de las Brigadas Internacionales muy transfiguradas tras su llegada a suelo español, pues aquellos que llegaron por problemas personales o atraídos por el espejismo de una aventura romántica, ya han desertado, y los que quedan no sueñan con la victoria sino solo con sobrevivir. Todos tienen objetivos marcados por sus mandos junto a metas delimitadas por sí mismos, lo que imprime un profundo dramatismo a la acción más allá de la absorbente peripecia bélica. Incluso en el caso del grupo de periodistas extranjeros capaces de jugarse la vida por una instantánea singular o un reportaje veraz, aunque quizá no logren salvar la posterior censura.

En realidad, solo hay un tipo de personajes a los que el autor de Sidi, detesta sin paliativos: los que instigan desde la retaguardia sin exponerse a ningún peligro. Por ejemplo, los que señala el escéptico Bascuñana: “Esos intelectuales cuyo antifascismo consiste en llevar pistola en los restaurantes y denunciar a quienes criticaron sus novelas o no aplaudieron sus poesías”. Es decir, los sembradores de odio de siempre, tan hábiles para azuzar a los más incautos a la vez que se quedarán a salvo sean cuales sean las circunstancias. O a los líderes fanáticos ocupados primordialmente en su autopromoción: “Esa gentuza irresponsable que se dedica a ajustar cuentas, a disputarse el poder y a reventar al adversario en la misma izquierda, sin importarle ponérselo fácil a los fascistas”.

Frente a ellos, el único heroísmo recae sobre los combatientes anónimos de uno y otro bando, llevados por una valentía y generosidad casi suicidas con tal de cumplir con su propia conciencia. Un heroísmo que no pretende edulcorar el terror innato al combate de la guerra, sino dignificar el sacrificio de quienes son arrojados a una lucha sin retorno, más allá de la validez de las ideologías que lleven incrustadas en sus cabezas. De hecho, esa generosidad, esa valentía y ese coraje mostrados por igual en ambos lados tratan de ser un mensaje de confraternización entre militantes de ideologías adversas. La novela parece decir: miraos y reconoced vuestra valía común, compartida en una y otra trinchera, que hace grotesco un enfrentamiento a muerte entre hermanos.

Pero este último mensaje implícito en la extraordinaria Línea de fuego no parece que vaya a escucharse en los días que vivimos. Precisamente, a los sembradores de odio no les importa nada el valor y el dolor en la “línea de fuego”, porque lo suyo es justo prosperar a la zaga, en la retaguardia, a costa del sufrimiento de los demás. Eso tanto en 1938, como en estos precisos instantes, sobre los que arroja luz esta apasionante y esclarecedora novela histórica.

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