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TRIBUNA

La idea divina de la literatura de terror moderna y en la filosofía del siglo XX

Víctor González-Quevedo
miércoles 21 de octubre de 2020, 20:08h

Aunque no seamos teólogos, teósofos o similares, podemos hablar acerca de Dios en estos escritos, tomando como paráfrasis la anterior intención, una paráfrasis de quizás Hans Jonas, pensador de un prestigio lo bastante destacado: en otro orden más directo y en apariencia menos dilecto, la voz «Dios» parece provenir de la palabra original «deiwus», que significa según parece «destello». Dios (entonces y siguiendo esta parametrización simbólica) sería el gran nóumeno, manifestado en alguna recóndita parte o aspecto, y visible únicamente para sus contactados; sería más bien lo relacionado opositivamente a otros fenómenos de similar transcripción verbal, tales como «alud» o «alumno», que denotan respectivamente la privación de luz externa, amén así como describen a un ser carente de dicha luz en lo interno, el no magisterial.

La alucinación es tomada entonces, siguiendo estas analogías y correspondencias, como el golpe sufrido o experimentado por la carencia lumínica, pero también como la presencia sustantiva y necesaria del Ingénito. Así que no es extraño que la cultura egipcia tomase como supremo destello sintético, como Dios, a Ra: mientras, los griegos tuvieron a Apolo (según Lezama, apolíneo tanto como apolítico), los españoles tuvimos a Febo en los siècles d’or, y ahora nos encontramos en el jeribeque aporético no ya de no saber qué o quién es Dios -cosa muy rebuscada y bizantina, y que admite polimorfismo y posible deformación antropoteosófica-, y además no conocemos ya sus representaciones, sus presentaciones, sus definiciones positivas o negativas, en el sentido estricto de positividad-presencia y de negatividad-ausencia, en el sentido semántico original de este par opuesto de conceptos de actividad-desconexión.

Para Rudolf Otto, un teólogo y pensador religioso alemán y mentor de cierto Papa, como nos dice un cultivado traductor local de influyentes lenguas muertas, en la obra de Otto de los años veinte del siglo homócifro intitulada «Lo santo: elementos racionales e irracionales en la idea de Dios», Dios se sustenta en conceptos como lo mirífico, lo nouménico o pneumático, en el empaque del trance beatífico de una sensación de oprobio y vacío nunca cerrado, y demás choques aparentemente energéticos, de una energía que parece malsana, pero que pudiera ser santa. Pero Otto no se sale de la ortodoxia, y en su libro pretende devenir un descriptor metaarqueológico de la santidad.

Dice también, si mal no recuerdo, que en la religión islámica el elemento irracional es más fuerte que en la católica, cuyos ritos reproducirían la sensación sacrificial primigenia y proto-precultural, el cultualismo del sacrificio de las deidades paganas precristianas: aunque esta última aseveración no es de Otto, sino que se correspondería más bien con la visión del gran filósofo de las religiones que ha sido Mircea Eliade, uno de los más eruditos y hábiles del siglo pasado. Pero, mientras que para Eliade la vida humana parece constituir una aventura redimible incluso dentro del circuito cerrado y tautológico de la filogenia y de la específisis, en virtud de un principio necesario superior, pensadores neocínicos y más heterodoxos como Émil Cioran -hijo de predicador, como Nietzsche o Gottfried Benn- hablan lo mismo de aciagos demiurgos que de antropologías condenadas desde el minuto cero. Cioran no parece creer en ogdóadas, en trascendencias; Cioran quisiera creer en los dioses pre o postpanteónicos, pero piensa que eso es un mero constructo, un juego de símbolos, cuatro o cinco espejos puestos a medirse entre sí sin nada más que una poderosa imaginación, sin imaginería, de por medio. Para Cioran, para el neocínico Cioran, no hay escapatoria en esta rosticería de pollos en pepitoria que es la vida, la vid en el más contorcido sarmiento, sea por torsión interna o externa, moral o ética, que es el Hombre. Para Cioran, el concepto mismo de redención parece constituir en sí mismo una provocación de mal gusto.

Hasta aquí, hemos hecho un repaso a ciertas corrientes más o menos hegemónicas de ciertas visiones divinales. Sin embargo, resulta pertinente e interesante -creo- remontarnos al tratamiento del «nous» en la literatura y en la filosofía, a partir del genocidio de Dios que comete Friedrich Nietzsche a finales del Siglo de las Letras, el diecinueve. En efecto, mientras el rosacruz wagneriano germánico se cisca en el Divino escribiendo sus escritos a golpe de puro escroto o de glándula de que se trate, un tal Guy de Maupassant -éste un gran escritor del género de terror, probablemente el más dotado de su tiempo y de otros tantos- reelabora y adapta un cuento suyo ya escrito seis años antes, y que narra la lucha entre Dios y el Demonio. El nuevo cuento es el Horla, y ¿qué es el Horla? En lengua francesa, el horla es el «dehors-là», el fuera de aquí. Y así es, como juzgo acertada o erróneamente, que el señor Maupassant marca otro corte epistemológico más en la representación de la ausencia de Dios. Entonces, y a partir del malhadado escritor aristócrata (quien, tal y como hemos visto, ha introducido un dios, ¿o es un anti-dios?, tenebroso y maléfico, que viene de fuera de este planeta), entonces llega, de un lado, Lovecraft y sus horrores cósmicos que vienen asimismo «de fuera», frente al antiguo horror telúrico de Poe, que ponía la acentuación de sus relatos todavía en el aquende, en lo subterráqueo y sus efluvios descolocantes.

Del otro lado (del lado de la filosofía moderna en Occidente), adviene el pensamiento liminar de la metafísica agonizada de Martin Heidegger y su dasein, su ser-ahí. Es decir, que la alienación de la muerte de Dios (introducida a cascopa por Nietzsche) lleva a la locura, por el camino de Swann de la recreación de potencias demoníacas: alienantes maupassantianas, lovecraftianas. Y en Heidegger empieza un ex-istencial-ismo, un estar fuera a cargo del dasein. Pero, ¿qué puede ser el ser arrojado ahí, el ser tirado por ahí, aparte de un animal lleno de complejos al estilo de la simbólica frase de Adler? Una negación de la metafísica, la muerte de la metafísica tal y como se la conocía en Europa, desde Platón y los orfistas-pitagóricos-etc, hasta el postaristotelismo de cuño medieval, de dominancia ubicua hasta la secularización moderna. Así que el dasein es la obsesión óntica, el punto catabásico del ser ontológico y la refundación del ser óntico, como si volviera a comenzar el Renacimiento del dieciséis con su gran dosis de individualismo, pero ya sin los Cornelius Agrippa von Nettesheim, Giordanos Brunos, Tomassos Campanellas y demás mártires del protolaicismo mágico-alquímico, precientífico y prepositivista. Entonces, el esencialismo se defunciona en Occidente, y surge de los restos de la alta cultura de los anteriores autores una visión popular y populista a mediados del siglo veinte: las revistas pulp y las películas de marcianos norteamericanas tienen algo de skinneriano totalitarismo, ligero pero irredimible, algo de broma macabra dentro de su pretendida falta de concepto con correlato objetivable. Para finalizar, el dasein o ser-ahí puede ser el Yo puesto como el No-Yo o viceversa -ver Fichte, «Fundamentos de la doctrina de la ciencia»-. Y así es la deriva de las sociedades de consumo, hasta llegar a la actual licuefacción de la misma, vía Zygmunt Baumann...

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