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ORIENT EXPRESS

El separatismo islamista

domingo 25 de octubre de 2020, 20:13h

En Francia, donde continúa la investigación del asesinato del profesor francés Samuel Paty a manos de un terrorista checheno, está saliendo a la luz un fenómeno muy preocupante: el separatismo islamista. Desde luego, no era desconocido -en todo el mundo, las organizaciones islamistas tratan de crear organizaciones e instituciones paralelas a las del Estado a fin de sustituirlo- pero estaba oculto por el manto de la corrección política. Se podía hablar del terrorismo yihadista, pero parecía de mal gusto señalar al islamismo como parte del problema que aqueja a Europa en distintos niveles que van desde la seguridad pública hasta la cohesión social, la igualdad ante la ley y las libertades civiles. Al profesor, lo acosaron en redes sociales y lo señalaron hasta que alguien decidió matarlo. En este proceso participaron estudiantes y padres.

No se puede decir que faltasen señales de alarma ante el islamismo. El pasado mes de julio, sin ir más lejos, el Senado de la República Francesa publicó un informe elaborado por una comisión de investigación sobre “las respuestas dadas por las autoridades públicas al desarrollo de la radicalización islamista y las formas de combatirla”. Se trata de un documento inquietante porque recoge la evolución del islamismo en Francia y, a mi juicio, cabría extender su diagnóstico a buena parte de Europa occidental (tal vez Portugal sea la excepción). El informe parte de algunas premisas discutibles; por ejemplo, que el islamismo se aproveche de las “discriminaciones”. En Francia, un musulmán tiene derechos que, en el caso de los inmigrantes o sus hijos, no podrían ni soñar en sus países de origen. Si alguien ha hecho esfuerzos por la normalización del islam en la sociedad ha sido Francia. El género de la amistad entre un “francés de raíces” y un inmigrante musulmán es casi un género cinematográfico nacional. Sin embargo, el informe es contundente en su advertencia de que “el islamismo en Francia es una realidad innegable que exige una respuesta fuerte”. Describe la instrumentalización de las “pertenencias étnicas y religiosas” y la “difusión al conjunto de la sociedad de normas islamizadas” en un proceso de creación de un “ecosistema comunitario religioso”.

Ya a principios de este mes el Presidente de la República, Emanuel Macron, había anunciado una ley contra el “separatismo islamista” con medidas especiales en materia educativa -por ejemplo, la limitación a casos realmente excepcionales de la educación a domicilio para evitar el adoctrinamiento religioso y la educación obligatoria a partir de los 3 años- y los controles sobre las autoridades locales a fin de evitar los llamados “menús confesionales” o el establecimiento de “espacios en las piscinas”. Se incluyen disposiciones para disolver asociaciones que atenten contra la dignidad de la persona o ejerzan presión psicológica o física sobre ella. Se impondrá la obligación de neutralidad religiosa para los empleados de contratas de servicios públicos y las entidades solicitantes de subvenciones tendrán que firmar una “carta de laicismo” para concurrir a las convocatorias públicas. Al mismo tiempo, se incrementarán los fondos para la Fundación del Islam en Francia, que recibirá diez millones de euros y se apoyará al Consejo Frances de Culto Musulmán.

Frente al separatismo islamista, el Estado ha reaccionado con firmeza desde el punto de vista policial, pero tal vez de forma insuficiente. Esta semana el Ministerio del Interior anunciaba la expulsión de 231 extranjeros sospechosos de radicalización, 181 de los cuales ya estaban detenidos el 18 de octubre. Se han cerrado mezquitas -73 en lo que va de año- y se ha reforzado el control sobre su financiación. Todas estas acciones son, sin duda, necesarias. Ahora bien, las premisas ideológicas y antropológicas de las que parten son endebles.

El propio Emmanuel Macron denunció que «nosotros mismos hemos construido nuestro separatismo. El de nuestros barrios, la “guetoización” que nuestra República, inicialmente con la mejor intención del mundo, ha permitido» para añadir después «hemos construido una concentración de la miseria y de las dificultades […] hemos concentrado a la población según sus orígenes […] hemos concentrado las dificultades educativas, económicas en determinados barrios de la República». Esta asunción de responsabilidad -cabría decir, incluso, de culpa- es bienintencionada, pero errónea. La República no es la responsable del crecimiento del islamismo; al menos, no en el sentido que el presidente señala.

Todas las medidas mencionadas se han aprobado como parte de una estrategia para defender el laicismo, pero el problema no es ése. No es una cuestión de separación entre religión o Estado o de esfera pública y esfera privada de la vida religiosa.

Es una cuestión de identidad.

Frente al orden social y las convenciones heredadas de Mayo del 68 -el progresismo en un sentido amplio y transversal a la derecha y la izquierda- el islamismo propone una identidad sólida. Los últimos cincuenta años de cultura europea han atacado todos los fundamentos de la identidad occidental: la familia, la nación, la religión, los pueblos y la vida del campo, las tradiciones… Todas se veían como barreras para la “emancipación” y el “desarrollo personal”. Toda cultura podía y debía ser abrazada de forma acrítica so pena de ser xenófobo o racista. Sin duda, la xenofobia y el racismo existen, pero no son patrimonio de un solo grupo social ni son culpa de Occidente. Los complejos y los falsos sentimientos de culpa fueron socavando los cimientos de nuestra civilización. El individuo fue quedando desarraigado de todo referente: profesar el cristianismo estaba pasado de moda, afirmar la nación era peligroso, reivindicar las tradiciones era exótico… El cosmopolitismo de las élites -esas que nunca sufren los conflictos sociales que las escandalizan- creó una “Francia periférica” excluida de los centros de poder y huérfana de referentes identitarios.

Entonces llegó el islamismo, que no negocia, no transige, no cede, sino que exige blandiendo en una mano el estigma de la discriminación y en la otra la amenaza de la violencia. La sociedad de acogida era la que debía adaptarse a las exigencias de los islamistas. Empleando las propias reglas de una cultura que renuncia a afirmarse a sí misma, fueron ganando terreno precisamente a fuerza de intransigencia, de obstinación y de explotación de las culpas impuestas a Francia, es decir, a Occidente desde 1968.

Estamos viendo las consecuencias. El camino no es sólo policial ni administrativo, sino cultural. Hay que romper con las vigencias de un movimiento pretendidamente revolucionario – el Mayo francés en sus distintas versiones europeas- que, de hecho, se convirtió en una legitimación de las élites y una condena de las clases populares. El islamismo plantea un desafío que sólo puede acometerse desde la firmeza y la claridad moral: los únicos culpables de esa “radicalización”, de la violencia y de todos lo demás son los islamistas y, a partir de ahí, nuestra responsabilidad en Europa y el resto de Occidente es afirmar nuestra civilización, no seguir cediendo terreno al separatismo islamista.

Se dirá que eso es contraponer una identidad a otra identidad, la defensa de Occidente frente al islamismo. En efecto es así -hay que enfrentarse al separatismo islamista en ese plano- pero no son identidades equivalentes ni en sus fundamentos antropológicos ni en sus consecuencias sociales y políticas.

De eso habrá que escribir otro día.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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