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TRIBUNA

Evocando a Silvina Ocampo en su “Breve Santoral”

lunes 26 de octubre de 2020, 20:14h

Un poeta es alguien que siente con intensidad y complejidad este mundo que nos toca vivir. Creo que en el arte de la literatura no cabe la definición de poesía femenina o masculina. La palabra “poeta” define e involucra todo más allá de cualquier género o sexo. Simplemente se es o no se es poeta. Con el debido respeto a la Real Academia Española, confieso que me desagrada la palabra “poetisa”; no la encuentro para nada linda; sino más bien cercana a “petisa”. A Neruda tampoco le resultaba grata. “Conozco muchas poetizas en este país -me dijo-; pero solo a dos o tres mujeres que son poetas”.

Como Robert Browning, como Leopoldo Lugones, nuestra Silvina Ocampo exploró las posibilidades lúdicas de las formas para dar otro sentido a su magnífica escritura. “De las palabras que podrían definirla, la más precisa, creo, es genial”, corrobora Borges en un párrafo del prólogo que me dictó para el cuento “Autobiografía de Irene”, cuando compilamos la Antología de Cuentistas y Pintores Argentinos, publicada por la Editorial Gaglianone.

Corría el año 1983 y al menos una vez por semana, en esa época feliz en que ninguno se había muerto, cenábamos en casa de los Bioy. De manera que tuve el privilegio de participar de aquellos encuentros memorables y de colaborar también con la inolvidable Silvina Ocampo en su libro Breve Santoral, que aúna a los hermanos Borges con la fraternal poeta (Norah ilustró el volumen y Jorge Luis fue el artífice del prólogo). Modestamente, yo hice posible este encuentro entre tan entrañables amigos y luego su publicación por parte de Gaglianone.

El libro se me ocurrió una tarde que Silvina Ocampo desempolvó sus poemas dedicados a los santos por los que ella sentía devoción. Los exhibió tímidamente y me los fue leyendo. Me parecieron espléndidos y los celebré deslumbrado. Doce eran los santos elegidos por Silvina para su Breve Santoral. Todos escritos con la sensibilidad, el ímpetu, la forma y el genio que era propio de nuestra aeda. “Estos poemas tienen que culminar en un libro”, la alenté cuando me leyó el dedicado a San Martín de Porres, donde con imaginación y precisos versos narra la historia del santo:

En un convento de Perú

De mucha luz

De mucha sombra

Donde había ratones

Grandes como gatos,

Martín de Porres era el lego

Que siempre escoba en mano

mantenía todo limpio…

La original escritura de Silvina, tanto en poesía como en prosa, mezcla lo lúdico y onírico, lo personal y lo inventado, el mundo infantil con sus leyes propias y a veces indescifrables; utiliza técnicas de acercamiento muy personales en temas que bordean lo fantástico y urden su tejido de realidad con sello único, siempre bellamente insólito. No sé si cabe la simple definición de fantástico a tal despliegue de inspiración; un concepto de huida o fuga está presente en toda su fabulosa escritura motivada por la busca de un orden diferente al que imponen las convenciones de nuestra existencia. Para Silvina, la representación fantástica es otra forma de realidad aun dentro del universo de la fábula; que abarca también a sus espléndidos versos. Por consiguiente, si nos referimos a este particular volumen veremos un tratamiento de estos santos que se mueven entre la parodia y lo sarcástico (a veces en contraste con lo respetuoso), y en donde lo sublime toma cuerpo a poco que remite a las vidas de algunas santas. De cara a otro canon, muy personal, encontramos además otra forma de concebir un santoral; en el caso de estas leyendas, desde lo íntimo hasta la ortodoxia, siendo Silvina heterodoxa.

Dice Borges en el prólogo que, para Silvina, “los santos son los semidioses o héroes de una mitología que le es ajena”. Lo cual provocó un enojo en ella que poco faltó para que no publicara el libro. “¿Cómo se le ocurre decir a Georgie que los santos son ajenos de mí?”, se indignó apenas leído el texto. Confieso que me costó trabajo convencerla; para colmo, como contraste, los dibujos de Norah Borges respiran candor, inocencia, pureza, siendo la otra cara de un idéntico espejo. Por otro lado, si nos atenemos a las mujeres que Silvina eligió para su santoral: Rosa de Lima, María, la egipciaca, Serafina, Teodora, Inés, Lucía y Melania, veremos que las siete ejemplifican la transgresión del rígido canon teológico, cada una de estas santas van (por supuesto de un modo distinto) desde la castración al travestismo, del pecado a la lujuria y de la magia al amor lésbico. La elección de Silvina es siempre hacia mujeres fuertes y convencidas de unos propósitos que persiguen por encima de todo. En el dedicado a “Santa Rosa de Lima”, escribe:

En la cintura se anudó cadenas

cerró el candado y arrojó la llave

al aljibe del patio, ¿Ah, nadie sabe

del dolor de su carne y de sus venas?

Vemos así que la santa limeña reprime sus deseos y cercena todos sus atributos de mujer bella y deseada por los hombres, “quemó su mano, cortó su cabellera”, dice Silvina, y agregamos: he hizo, como todos sabemos, de Jesús, su esposo; pero nuestra poeta lo expresa de un modo más fino y elegante:

Yo creo que en su anillo estaba escrito

por Jesús: Rosa de mi corazón

sé mi esposa y en llamas la pasión

dibujaba un minúsculo espejito

Como a lo largo de toda su obra, original por dónde se la mire o analice, Silvina juega y sueña; y así lo dice explícitamente en una Rosa de Lima que recoge datos reales, porque efectivamente era una joven bella y atractiva, y por ello se cortó su cabellera. De la santa limeña, le interesa a nuestra poeta sobre todo su castración como mujer, además del cierre y corte de sus atributos femeninos, el ser objeto del deseo del otro y de sus propios deseos para asumir la consagración a Jesús y a los pobres; en fin, la decisión de expresarse contra su entorno como última posibilidad.

Otra de las santas elegidas es Santa María Egipcíaca, la antaño prostituta. Y en ese poema Silvina conjetura: “Tu que has ardido en fuego de pasiones, / que fuiste escándalo a los doce años”…; es decir, otra vez la transgresión como símbolo.

De tres maneras cabe considerar este grato volumen -escribe Borges en este prólogo-. La primera, como un conjunto de poesías ilustradas; la segunda, como una serie de dibujos con extensos epígrafes; la última, como hecho de unidades poéticas y pictóricas. Opto, como es natural, por la tercera. A cada santo corresponde un poema y asimismo una imagen. He oído la lectura de los primeros, y son, como era de esperar, trémulos y admirables, intuyo las segundas, que merecen ambos epítetos. Me consta que los separa una diferencia, que no sólo es formal. Los santos, para Silvina Ocampo son los semidioses o héroes de una mitología que le es ajena (y aquí está el origen del conflicto: Silvina no admitía su agnosticismo, que rayaba casi con lo ateo). Y agrega Borges: para la fe de Norah, mi hermana, son los que oyen su plegaria. Sea lo que fuere, este inútil prólogo es una serie de consideraciones abstractas”.

Casi no quedan ejemplares de este precioso libro. La edición fue limitada y, que yo sepa, no se reditó. En el cierre de su prólogo, Borges, con conceptos menos intelectuales que emotivos, destaca la calidad de los poemas y el afecto que unió a su hermana y a él con Silvina: “Lo que importa es el hecho, el hecho estético que aguarda a los lectores y espectadores. Sella, me consta, una antigua y triple amistad.”

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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