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ESCRITO AL RASO

Toda España es alarma

lunes 26 de octubre de 2020, 20:16h

Toda alarma es una medida extraordinaria, como todo lo que publica el BOE, que es la escritura profesionalizada del Estado. El Consejo de ministros, que fue también –el de ayer– extraordinario, ha decretado el toque de queda, que suena a algarada romántica, a guerra carlista, a moderados y liberales contra absolutistas echándose a las calles, hasta que se imponga de nuevo un régimen constitucionalista. Aquí lo que está en juego no es la regencia de María Cristina, sino la hora en que a uno lo echan de las tabernas: las once o las doce, que en esto va mucha diferencia. Solo el Govern catalán ha puesto el grito en el Tibidabo, donde ha salido el consejero de Interior, Miquel Samper, a decir que lo de Sánchez “no es un ejemplo de cogobernanza”. Ni de otras cosas, señor Samper.

Total, que desde esas horas hasta las seis de la mañana, el virus es cuando está más rabioso, parece ser, porque algo tendrá contra la vida bohemia y nocherniega. Que a los chinos les ha salido una epidemia muy conservadora y de recogimiento a una hora prudencial, y en esto se han puesto de acuerdo las comunidades, que hay en ellas siempre una tendencia rebelde y comunera, y sorprenden ahora por su obediencia. Y es que la segunda ola baña también a las autonomías, que dejan de ser “autonosuyas” para difuminarse en la unidad del Estado y en el destino universal del pueblo español, que es la fiebre y la bancarrota.

El toque de queda tiene algo de tañido de campana por las ánimas del purgatorio, de presentimiento nocturnal. Porque lo de salir a por medicamentos, trabajar de noche u otras ocupaciones permitidas de madrugada, no es lo mismo que bajar a las Cuevas de Sésamo y escuchar al pianista arrancarnos unas lágrimas hasta que nos echen, escuchando el “Bésame mucho” de Consuelito Velázquez, Amor. Y estos momentos ya no sabremos si se van a repetir, que es lo que nos importa junto a los que ya no nos acompañan, que son más de cincuenta mil caídos por Wuhan y por la patria. Aunque el Gobierno, que a lo que se ve sabe mucho de epidemias y de proteger a la población, ha establecido una duración de las once de la noche a las seis de la madrugada, cada región o autonomía podrá modificar autónomamente ese “mandato”, hora arriba, hora abajo. Siempre una hora menos en Canarias, donde no se aplicará. Y ya nos vemos las Islas Afortunadas invadidas del entretejido nocherniego y peninsular, que es la comunidad que no romperá con la tradición de volver a casa lo más tarde posible.

Un nuevo lenguaje, el de la nueva normalidad, corre ya en boca de todos: el confinamiento perimetral, los convivientes y no convivientes, la distancia social, los asintomáticos y todo un proyecto de colonización de las mentes a través de la lengua. Los hablistas del ministerio de Sanidad nos han descubierto una gramática de la pandemia y nos impelen por contagio a hacer y decir lo común, algo que los espíritus rebeldes llevamos muy mal. Porque quien hace la norma, hace la trampa, y pronto asistiremos a esa panoplia de fugas legales, multas ilegales y otros tirones autoritarios, que en otros países más civilizados y con más sentido común y respeto por el prójimo no han necesitado. En España hay que establecer las reuniones sociales por real decreto, porque si no le tosemos el virus a los demás, tal es la educación que nos caracteriza. Un paseo por Madrid un viernes por la noche es un riesgo, un pasaporte al hospital, porque al personal le cuesta colgarse la mascarilla de las orejas y prefiere seguir brindando por los que no volverán –suponemos–, ya que estamos en vísperas de Todos los santos.

Así que hasta en los velatorios se han impuesto las restricciones, donde los amigos del difunto están con muchas ganas de fiesta, en la creencia de que así, con la risa y el festival, la guadaña de la Parca no les segará el pescuezo como a todos. De ahí la imprudencia, ante tanta mortaja: España se ha echado a la calle, y no hay manera de confinarla, de restringirla, de uncirla al yugo de la prudencia, porque ya no echa de menos a los fieles difuntos, ya declarada oficialmente la defunción de la fidelidad. La alarma es ahora un Estado que arropa el miedo y el temor de la autoridad competente y de sus ministros. Este es el mundo que hemos ganado los meses de verano.

El decretazo restringe desafiante tres derechos fundamentales del ciudadano: la libertad de circulación de las personas en horario nocturno, la libertad de entrar y salir de la comunidad autónoma de residencia, y la libertad de reunión en espacios públicos y privados. En esto, aclaremos, hay discrepancias entre tribunales. El que Sánchez empezase con la suelta del personal en los parques y a pasear al perro o a cortarse el pelo, y haya acabado –de momento– en un estado de alarma que centraliza su poder es un hecho significativo. Unos echan la culpa a los estudiantes y sopistas de Salamanca y Madrid, y otros a una incapacidad manifiesta de gestión de nuestros gobernantes. Ha de inventarse una España con control de calidad de quienes nos gobiernan para que podamos vivir en ella. “Lo malo es lo cierto”, escribió Larra. Pues eso.

Twitter: @dfarranz

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