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Ensayo

Joan Perucho: Botánica oculta

martes 27 de octubre de 2020, 12:53h
Joan Perucho: Botánica oculta

Prólogo de Mercedes Monmany. Edhasa. Barcelona 2020. 240 páginas. 17 €. Libro electrónico: 8,99 €.

Por Francisco Estévez

El profundo hiato que marca día tras día nuestra contemporaneidad respecto de su pasado trae como consecuencia secundaria que, en cruel paradoja, buena parte de la producción literaria española quede anclada en su propio tiempo, encajonada sin posibilidad de futuro, henchida de una realidad de cartón piedra, estando los autores subidos a su ego y menguados de conciencia. Así, parte no pequeña de las plumas, por mejor decir, teclados del día insisten en la literatura de autoficción o esa plúmbea literatura realista que hace flaco honor al legado de la gran novela del XIX. La falta de imaginación actual acusa a su vez un problema de forma, de trabajo con la palabra, materia prima del escritor. Siguiendo la inercia del péndulo de Foucault en lontananza pareciera avistarse un fuerte retorno a la imaginación y la fantasía.

La elegante imaginación tan ilustrada como desbordante de la que hizo siempre gala Joan Perucho pudiera señalar el insólito camino a seguir, siendo como es uno de nuestros clásicos, lo que equivale a decir un ejemplo narrativo, un modelo literario, que casi nadie lee por desgracia (decir clásico equivale cada vez más a decir intonso). La indómita libertad narrativa del que fuera fino escritor y juez de profesión pudiera proceder precisamente de este trabajo crematístico suyo, de donde tomara el fiel de la balanza con que supo precisar la perfecta alquimia de sus narraciones.

La frontera entre verdad y verosimilitud en la literatura del catalán es rota gracias al encanto mágico de la palabra bien trabada por los resquicios del humor de entre los cuales siempre asoma cierta ternura enmascarada casi por el recato a la hora de hablar de sus personajes, sus monstruos, vampiros, plantas seretas y todo lo fantástico en su esplendor, despojado del miedo y guiado por la curiosidad aventurera y cierta ironía amorosa, que podría consistir en una ternura especial. Este componente le aúna a la mejor tradición realista que parte de Cervantes hasta Galdós y el avispado crítico debiera reflexionar si no es ésta la nota característica primera de nuestra literatura (sí, la que engloba las distintas lenguas del país), superada la dualidad realismo-fantasía.

Perucho entendió la literatura como noble pasatiempo, del que estamos tan faltos hoy día, y tiene entre sus buenos logros el demostrar cómo la verdad literaria es otro tipo de verdad, más lejana y acaso más poderosa por profunda, que la verdad de la insuficiente realidad. De tal modo, nuestro narrador se permite pasar con natural desparpajo de la zoología a un Bestiario fantástico o trazar sin calzador alguno una Botánica oculta que será genuino deleite para el amplio público amante de la literatura fantástica que encontrará en Perucho una de sus cimas.

“El mundo de las plantas es un mundo fascinante, extraño y antirrealista”. Con semejantes palabras abre la presentación de Botánica oculta quien siempre firmó como Juan Perucho (1920- 2003). Merece detenida atención la sintética frase pues atesora cierto norte narrativo que siempre guió la escritura del genio: “fascinante” por su prosa exquisita a la par que elegante, sin renuncia alguna a la amenidad, lo cual produce cierta “extrañeza” en la paradoja de no ser esclava de su propio virtuosismo y, en feliz síntesis, alcanzar una bien entendida estética “antirrealista”. Entendido en tales términos no hay en su escritura escamoteo alguno de la realidad, sino más bien trascendencia por medio de la sublimación maravillosa y finamente erudita que nos lleva por secretos pasadizos a las fuentes oscuras de la vida. La argamasa del humor con que nutre las raíces de su edificio narrativo le permite levantar extraños proyectos narrativos y alcanzar alturas que puedan descolgarse en arquitrabes caprichosos y ondulaciones imposibles. De tal modo aquí se contarán, entre otro sinfín de historias, las controversias de la planta strigiles, utilizada como arma de Estado, la función política de las cotidianas habas para ciertas votaciones así como buen ungüento para tumores sexuales. Se hilvana para divertimento lector testimonios fabulados o no de la higuera, del higo hasta del alma del laurel, que ha recibido incluso cantares andaluces; el ameno y descacharrante capítulo sobre la planta carnívora o aquel sobre el cotidiano ajo y, cómo no, ese otro sobre la extraña apamarga; las entusiastas páginas sobre la planta bebé y el amenísimo apartado sobre la rosa, así no pueden faltar secciones sobre la mandrágora o incluso sobre el hoy célebre ch´i.

En la tradición de Paracelso y como buen manual que se precie, el texto cierra con un broche hilarante consistente en un pequeño diccionario de plantas mágicas. De propina quedan las páginas prologales de la especialista Mercedes Monmany que con su iluminación habitual apunta las claves fundamentales para introducirse en la narrativa de Perucho, aparte de desmenuzar Botánica oculta, aportando además su ascendencia y linaje para mejor aquilatar su verdadero valor.

La genial imaginación de Perucho (1920-2003) viene puesta de nuevo en circulación al calor del centenario de su nacimiento. El rescate editorial propuesto con acierto y valentía por Edhasa desea romper la paradoja que acumula el autor catalán, tan reputado internacionalmente, no en vano apareció en la exclusiva lista de Harold Bloom, como poco leído en la actualidad española. Además, cumple con fidelidad la intención última del escritor publicando Botánica oculta o el falso Paracelso (1969) Historias secretas de balnearios (1972) y Bestiario fantástico (1977) en único volumen titulado ahora Trilogía fantástica (2020). Hay en la trilogía una trabazón única que da muestra de la variadísima y socarrona originalidad de Juan Perucho, quien merece mayor atención editorial todavía. La misma editorial reedita la estupenda fábula bizantina del autor, Las aventuras del caballero Kosmas (1981), dedicada no casualmente al gallego Álvaro Cunqueiro, su alma gemela narrativa, con quien compartió de forma estrecha los misterios y artes de la maestría en la literatura de imaginación.

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