El pueblo chino sabe y comprende que lo colectivo es sinónimo de éxito y de ahí su triunfo en doblegar la pandemia. Los chinos son muy listos mientras aquí cuanto más nos creemos saber menos comprendemos. Es la relación inversa entre lo razonable y lo ilógico. Es como jugar una partida de ajedrez con tu propia sombra y que ésta te dé jaque mate. Difícil postulado para quien el saber no ocupa lugar o al menos se pasa la vida haciendo hueco para ampliar conocimientos. Yo por ejemplo pertenezco al grupo de los que no saben nada y aun creyéndome sabedor de algo tan sólo me avalan unas cuantas pinceladas de cultura, pero no por ello dejo que mi propia sombra se crezca por haberme ganado al ajedrez.
En un país como el nuestro, acostumbrado en la era moderna más a la épica individual que a la colectiva, la constante profusión de argumentos alrededor de la Covid-19, comienza a hacer mella cognitiva en buena parte de la ciudadanía. Si lo político en general resulta de locos, ahora es la parte científica y técnica la que nos doblega echando más madera a base de copiosas versiones tan ilustrativas como redundantes, que es muy de valorar por supuesto, pero si no quieres caldo toma dos tazas. Y eso a estas alturas asusta, pues en medio de la política y la ciencia estamos los sufridos ciudadanos con la lógica preocupación de que llegue una vacuna en forma de remedio y que todos seamos capaces de arrimar el hombro para salir de esto cuanto antes.
Y ahora viene la lectura de lo que parece no interesar a casi nadie. Se trata de una acreditada viróloga china que al parecer huye de su país y se refugia en algún secreto lugar de los Estados Unidos por miedo a ser ajusticiada al manifestar que el coronavirus fue liberado a propósito, y que además, según ella, se trata de un arma biológica. No se han hecho esperar ciertas voces autorizadas para desacreditar la validez científica de esta mujer y pasar página. ¿Preocupa que Li-Meng Ya, como digo, huida de la República Popular China, sepa algo que no interesa darle mayor pábulo ni en clave política ni a la ciencia mundial? Nadie sabe, nadie contesta. La tragedia humana recolecta silencios.
Añado para los más incrédulos, que la ignorancia también tiene su propia honra, que no es otra que el beneficio de la duda. A partir de ahí dar por improbable que entre los más de 7.500 millones de habitantes exista una sola persona capaz de cruzar la línea roja de la verdad suprema puede parecernos cosa de pura ficción, mientras ¡oh, suerte!, tenemos pangolines a quien echarles la culpa de que Occidente siga instalado en imparables cifras de fallecidos, de aumentos de contagios, de gráficos que bajan y suben, de estados de alarma, toques de queda, confinamientos y toda suerte de fallidas gestiones, mientras en la República Popular China no solo han salido en tiempo record de la pandemia, sino que su economía se está recuperando con eficacia.
Una viróloga china dice que el virus ha sido liberado al mundo por suerte no natural y el planeta sigue dentro de una trinchera cuyas únicas armas son la mascarilla y el lavado de manos. Aquí estamos, desposeídos de una buena parte de nuestros afectos haciéndonos los fuertes mientras lo invisible nos quita hojas del calendario sin que nadie se responsabilice en devolvernos el tiempo robado. Mientras tanto, bien por la buena ciencia que estudia y acude a la llamada de la salud terrenal. Bien por todos los profesionales que se enmarcan en cada uno de los frentes y bien por la viróloga china que si su versión fuera como lo cuenta entonces la humanidad tendría derecho de pernada sobre los causantes y sus socios cómplices. Y esa es la cuestión, que nadie convence a nadie tras nueves meses de desorden mental, huérfanos de abrazos, de besos, de fraternos deseos, mientras el único que puede hacer vida normal es el cabrito virus cumpliendo las veces de sereno entre las doce de la noche y seis de la madrugada por si alguien necesita de sus “servicios”.
Permitan un consejo de última hora, hagan acopio de felicidad, fabríquenla a destajo, celebren que estamos aquí, valoren la dicha de tener agua corriente, luz eléctrica, calefacción, lavadora, frigorífico; en fin, todas esas cosas sencillas que nos permiten que la vida sea más llevadera, porque aunque no lo parezca, podría irnos peor.