La encíclica del Papa Francisco sobre la fraternidad y la amistad social se fundamenta en la parábola del buen samaritano, pero es una importante lección que incorporar mensajes muy relevantes vinculados a los valores de la modernidad. Ante la pregunta de qué hacer para heredar la vida eterna el Maestro responde “amar a Dios” y “al prójimo como a tí mismo”. Este documento se fundamenta en una concepción iusnaturalista del Derecho, cuando se refiere al derecho natural, originario y prioritario del destino universal de los bienes creados, o a que los derechos brotan de la inalienable dignidad humana. Pero más allá de su concepción iusnaturalista y de su origen religioso aporta reflexiones para el escenario socio político actual, que pueden servir tanto a la política nacional como a la reforma del sistema internacional.
Reflexionar sobre la relevancia jurídico política de una Encíclica no supone difuminar la distinción entre la Iglesia y el Estado o entre la ética pública y la ética privada. Es evidente que los caminos de salvación personal (ética privada) son propios de cada cual, dentro de la libertad de conciencia y religión, pero también pueden contribuir a fortalecer los valores de ética pública que todos compartimos, pues al fin y al cabo vivimos en la misma sociedad, compartimos un espacio cultural. El fortalecimiento de los valores comunes es necesario, pues cuando fallan la sociedad va a peor, como evidencia la reciente decapitación de un profesor en Francia.
La Encíclica hace muchas reflexiones que sirven en la construcción de un espacio público mejor. Así nos previene de los riesgos del mapa político contemporáneo, y rechaza de manera reiterada el populismo, la dialéctica amigo-enemigo (vencer es destruir) o la concepción de la política como marketing. Asimismo rechaza los nacionalismos cerrados exasperados, resentidos y agresivos o los egoísmos regionales. Del rechazo a los populismos y a los nacionalismos podríamos sacar muchas lecciones para la España actual.
Desde una perspectiva muy acertada se nos advierte, en general, contra los peligros del deconstruccionismo. Cada generación, indica, ha de hacer suyas las luchas y los logros de las generaciones pasadas y llevarlas a metas más altas aún. Es el camino. Pero, cuando se pretende construir todo desde cero y se ignora la historia se está buscando situar a la persona en el vacío, desarraigada, para que solo confíe en determinadas promesas y planes. En ese caso estamos ante ideologías que desprecian la historia, lo que - es la mejor manera de dominar, sembrando la desesperanza, se indica. También esta filosofía podría servir para valorar más lo que España ha hecho desde la Constitución de 1978
Junto a estas alarmas la Encíclica avanza en establecer un espacio compartido entre la religión y la política, entre lo público y lo privado, sin que eso deba confundirlos o equipararlos. La necesaria distinción entre lo que compete al César y a Dios no impide que se fomenten valores comunes. Esta encíclica se centra en ese espacio compartido entre la ética cristiana y los valores constitucionales de ética pública (igualdad, libertad, solidaridad, pluralismo) que no incluyen expressis verbis la idea de fraternidad, propia del pensamiento de la Ilustración.
Cabe resaltar las continuas referencias a la dignidad humana, que ha sido desde el siglo XVI hasta el XXI el fundamento del edificio de los derechos humanos. Desde entonces el Derecho es antropocéntrico, en la medida en que será el Estado la suma potestas, con la idea moderna de soberanía, que abandona el edificio medieval y la teoría descendente del poder (el derecho viene de Dios). Esta puesta en valor por la Iglesia de la idea de dignidad humana supone un terreno de confluencia. Así, el Papa indica que “no tienes menos dignidad por nacer pobre” o que “todo ser humano tiene derecho a vivir con dignidad” o se refiere a la “inmensa dignidad de una persona humana no se fundamenta en las circunstancias sino en el valor de su ser”. En cuanto al modelo de Estado se apuesta por el Estado social, presente y activo (par 108) a favor de los frágiles, las personas con discapacidad, los pobres etc.. De conformidad con la doctrina social de la Iglesia la libertad de mercado no puede estar por encima de los derechos humanos (par 122).
También es importante una aproximación internacional a los valores de la solidaridad y la cooperación en la línea de la filosofía de Naciones Unidas. En cuanto al valor de la solidaridad (pár, 47, 114, 127 ss) se apuesta por una “ética global de la solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana”. Y se hace un llamamiento a la cooperación internacional para afrontar los grandes desafíos de la humanidad (“El desafío es soñar y pensar en otra humanidad”) y se incorpora el concepto de desarrollo humano cuando se indica (par 122) que el desarrollo debe orientarse a asegurar los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las naciones y los pueblos.
En definitiva el documento tiene un mensaje que puede servir a la sociedad nacional e internacional para avanzar en la construcción de un mundo en valores y que alerta de los grandes peligros que afrontar los sistemas democráticos contemporáneos, derivados fundamentalmente de una economía de mercado sin freno, del populismo y de los nacionalismos exacerbados.