www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Educación especial

Juan José Vijuesca
miércoles 18 de noviembre de 2020, 20:17h

Hoy he tenido uno de esos sueños tan mezquinos que me ha obligado a salir de él antes de tiempo. He pasado por taquilla exigiendo que me devolvieran el dinero de la entrada y me han dicho que ponga una reclamación. Pues es lo que hago en estos momentos.

Reclamo justicia para que se apruebe una ley que proteja a los 37.000 alumnos que acuden en España a colegios de educación especial por discapacidad intelectual y que ahora se ven amenazados por la polémica Ley Celaá, ministra obstinada en que estos maravillosos seres humanos, personas llenas de un amor apto para todos los públicos, sean derivados a la escuela ordinaria. Es decir, lo que se persigue con esta ley es que el CERMI estatal (Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad) vaya vaciando los centros especializados dedicados a impartir docencia a esta parte de la sociedad tan excepcional como necesitada de educadores exclusivos, tales como terapeutas ocupacionales, psicólogos, fisioterapeutas, profesores y logopedas. Desconozco si esta medida obedece a una falta de recursos económicos o quizás se trate de una pataleta política. Más bien esto último.

Llegar tan lejos para degradar a familias enteras privándolas de lo que para ellas representa la excelencia del tratamiento paliativo para con sus hijos afectados por parálisis cerebral, no solo es una vulneración de los derechos fundamentales del ser humano, sino que ponen de relieve la obscenidad más mezquina de cuantos lo defiendan o se arroguen en autoría de tal iniciativa. Es la muerte de los centros de educación especial y con ello el trágico desamparo de todos los alumnos afectados que antes o después se verán integrados en las aulas de los centros de enseñanza pública, que a día de hoy difícilmente podrán impartir esta docencia tan exclusiva.

Nadie se explica esta barbaridad teniendo en cuenta que estamos hablando de unos alumnos cuyas capacidades de aprendizaje pueden ser tan cambiantes y vulnerables como su propia discapacidad les permita en cada momento. Cuando uno requiere una prótesis de cadera lo natural es que sea el especialista en traumatología quien lo solucione; lo ilógico sería que te derivasen a un oftalmólogo. Son escolares especiales, dentro de un mundo especial, con necesidades especiales.

No tengo el gusto de conocer personalmente a la señora Celaá, y ella a mí tampoco, esto no es impedimento para que pudiéramos tomar juntos un café en el Congreso. Sería una conversación razonablemente cordial porque estamos catalogados como personas de la misma edad. Me consta que ella es mujer bien educada, bien instruida, pues no en vano siempre estudió en centros privados y católicos, tanto en su época escolar como en la universitaria. Eso la convierte en alguien de mérito y me consta con buen amueblamiento intelectual. Con esto quiero decir que nada tengo en contra de la escuela pública ni de cuantos venimos de ella, yo por ejemplo aprendí unas reglas de urbanidad que en buena hora me educaron y en mejor gracia todavía me representan.

Antes de que el café cayera en destemples, le diría a la señora ministra que rectificara en sus pretendidas cuestiones. No me extendería en lo de pasar de curso sin límites de suspensos, que la cosa tiene bemoles; tampoco en lo de suprimir el español como lengua vehicular, que ya es el colmo; a su vez tampoco me explayaría en su beligerancia contra los centros concertados y contra las escuelas católicas, que por cierto tan buen resultado le dieron a ella en sus años de juventud educativa. Ahora bien, antes de apurar el último sorbo del café, haría ver a la señora Celaá cuanta injusticia social y humana hay en la decisión de suprimir los centros de educación especial. Injusticia social porque discriminar a los niños con lesión cerebral no solo es maltratar al propio niño enfermo, sino también a todo su núcleo familiar. En cuanto a la parte de humana injusticia, le diría que en esta vida nadie, digo alto y claro, nadie, es quien para arrogarse de las emociones ajenas, ni tampoco nadie puede ultrajar la voluntad de unos padres que luchan a diario por mejorar el desarrollo cerebral de sus hijos enfermos así como sus capacidades motoras, cognitivas y sensoriales; y nadie, vuelvo a repetir alto y claro, es quien para arrebatar ni un solo gramo de amor a quienes han de cruzar a diario el umbral que separa el amargo destino de la ternura más profunda.

Quien traiga causa directa o indirecta en suprimir la Educación Especial será responsable ante esa ley natural que no es otra que la vida misma cuando ésta nos sorprende en cualquier momento y condición. Por eso estos niños y niñas tienen derecho a gozar dentro de la sociedad de una inclusión real en todos sus ámbitos, y por lo tanto ese es el deber del Estado, que no es otro que el garantizar los recursos educativos necesarios que afectan a estos seres maravillosos. Quien no asuma este compromiso tiene dos opciones, abandonar la política activa o encomendarse a ser protagonista de un daño irreparable que la propia historia se encargará de dar fe. No olvidemos que esa misma historia, si bien carece de conciencia, sí guarda memoria. Y de eso, usted señora ministra y el gobierno al que pertenece, me consta que saben bastante.

Permitan que a través de este artículo traslade mi admiración y cariño hacia todos los alumnos afectados en general, así como a sus propias familias; y en particular a mí querido amigo Sergio y a sus padres.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (25)    No(0)

+
5 comentarios