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TRIBUNA

Panorama de fantasmas

Ciriaco Móron Arroyo
miércoles 18 de noviembre de 2020, 20:19h

El domingo, 25 de octubre de este año, el presidente del gobierno proclamó el estado de alarma hasta el 9 de mayo de 2021. La oposición se criticó la propuesta, pero cedió ante la insistencia del ejecutivo. Y es que nuestro presidente, vicepresidente y varias ministras, son académicos, doctores y doctoras, y quieren celebrar el 9 de mayo el nacimiento de Ortega y Gasset (9-V-1883—18-X-1955), uno de los pensadores más geniales de nuestra historia. Por este camino me proponía escribir un artículo que, como se ve, tenía algo de broma.

Pero no estamos para bromas, sino para dar el pésame a los que han perdido y pierden seres queridos, dar esperanza a los enfermos, y ayudar a los que esperan la comida de Cáritas después de haber perdido sus ahorros en la pequeña empresa en la que querían trabajar y crear algún puesto de trabajo. Pero ya que hemos recordado a Ortega, siempre es tiempo de escribir en serio y tratar de aprovechar sus lecciones. De hecho, me sorprendió no ver en El Imparcial el 18 de octubre, día de su muerte en 1955, alguna mención del filósofo y de su significado en nuestra historia.

Para justificar el calificativo de genial me veo forzado a recordar algunas ideas suyas, vigentes en nuestros días, como ocurre con los escritos de los clásicos. En mi opinión, el primer paso decisivo de Ortega, al volver de estudiar en Marburgo en agosto de 1907, fue el ataque frontal a los escritores de la llamada generación del 98. Todos ellos, de Unamuno a Baroja y Azorín, eran pensadores originales y cultos, pero indisciplinados, subjetivistas. Se proponían europeizar a España, pero no se habían preguntado qué es Europa, y el joven pensador les dice: “Europa, igual a ciencia; todo lo demás le es común con el resto del planeta” (OC, ed. Garagorri, 1983, vol. I, p. 102). Ciencia es investigación metódica de la realidad: “santificadas sean las cosas”; análisis riguroso de los conceptos para llegar a ideas claras, y descripción dócil de los distintos aspectos de lo real, o sea, sistema: “Por una idea diéramos nuestra escasa fortuna; por un sistema yo no sé qué diéramos por un sistema”. Ciencia es, pues, lo contrario de subjetivismo.

Este mensaje da una dirección meridiana a la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, instituida el 7 de enero de 1907 por el gobierno liberal del Marqués de la Vega de Armijo (1824-1907), dirigida por Ramón y Cajal, y origen a nivel institucional y colectivo de la regeneración intelectual de España. En 1914 pronuncia el pensador la conferencia “Vieja y nueva política”, en la que afirma: “España es hoy un panorama de fantasmas” ¡En 1914! Luego, en junio de 1917 publica en El Imparcial el artículo “Bajo el arco en ruina”, que parece pensado para un tiempo de pandemia y de gobierno “viral”. Dejo a periodistas lúcidos y rigurosos el análisis político de esta hora, para el cual tienen informadores y datos que yo desconozco.

Pero, imbuido del rigor, la anchura de horizonte y la consigna de Ortega: “pensar en grande”, lamento dos cosas de este gobierno tan inverosímil que parece de fantasmas: la primera es la exigencia del PNV de que Sánchez reconozca a Euskadi como “nación”. Cualquier persona con sentido común se preguntará: ¿Está entre las prerrogativas del presidente del gobierno decidir cómo puede llamarse un territorio de España, que ha sido siempre un territorio de la nación española? ¿No sería una tarea de la Real Academia de la Historia, con sus ilustres miembros, pronunciarse sobre nuestra “realidad histórica”? La segunda instancia de inverosimilitud es la nueva postura sobre la lengua española.

Parece que el gobierno de coalición ha decidido con sus socios separatistas que el español no sea “lengua vehicular” [sic] en las comunidades que, además del español, tengan otra lengua cooficial. Aquí, al hablar de “socios”, viene bien un pasaje del “Tratado elemental de sociología cristiana”, del catalán P. Antonio Llovera, que estudié en mi juventud. Decía poco más o menos el jesuita, al que cito de memoria: “La unión para un buen fin crea socios; en cambio, los que se unen para el mal son sicarios”.

Como digo, yo no pierdo el tiempo haciendo mala literatura contra los políticos; pero las figuras de este gobierno legislando contra el español merecen el nombre de sicarios en el sentido más preciso de la palabra. ¿Quién tiene derecho a privar a los jóvenes catalanes o valencianos de la lengua nativa que les permite comunicarse con 600 millones de personas? ¿Sería verosímil postergar en Gales la lengua de Shakespeare? Aquí, en cambio, en los monipodios del gobierno se juega de la manera más frívola con la de Cervantes y la de todos los españoles.

De nuevo, esa decisión sobre nuestra identidad histórica y nuestra relación con el resto del mundo no se puede dejar en manos de los originales doctores que “conquistaron el cielo” hace un año. Supongo que sobre el idioma español lanzará un voz autorizada la Real Academia Española de la Lengua con los maestros escritores y críticos que la forman; también deben mostrar su postura las facultades universitarias de filología hispánica y el Instituto correspondiente del C.S.I.C.

Ante la frivolidad pseudopolítica de los dos esperpentos delineados el magisterio de Ortega nos da derecho a repetir su veredicto sobre el rumbo del gobierno republicano: “No es esto, no es esto”. Sobre la involucración política de Ortega y su defensa de una democracia “no morbosa” en los años de la República tenemos ahora el libro de Agapito Maestre: Ortega y Gasset, el gran maestro (2019). Es un magnífico vademécum para entender y apreciar al pensador en esa época.

En este tiempo en que el gobierno se llama progresista, propugna una “memoria histórica y democrática”, considerando demócratas a los satélites de Stalin y se sacude las críticas a su incompetencia inventándose una “extrema derecha” de su invención, yo recuerdo emocionado la sentencia de Ortega, “el gran maestro”: Derechas e izquierdas son dos formas de ser igualmente imbécil” (OC, ed. Garagorri, 1983, IV, ). La España de nuestros emprendedores grandes y pequeños, la que sufre con la caída económica causada por la pandemia, la que ha sufrido la pérdida de seres queridos merece un gobierno que no sea este panorama de fantasmas. Pero la fijación del estado de alarma hasta el 9 de mayo tiene un efecto positivo, empeño de nuestros gobernantes académicos (¡y académicas!): recordarnos que ese día en 1883 nació el maestro Ortega y Gasset.

Ciriaco Móron Arroyo

Profesor emérito en la Cornell University

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