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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Sueños y visiones de Rodrigo Rato, de Roberto Martín Maiztegui y Pablo Remón: los desengaños del poder

Sueños y visiones de Rodrigo Rato, de Roberto Martín Maiztegui y Pablo Remón: los desengaños del poder
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(Foto: Vanessa Rabade)
jueves 19 de noviembre de 2020, 11:32h

Raquel Alarcón dirige con acierto una radiografía del auge y la caída de quien fuera en su día un poderoso personaje en la economía y la política españolas.

Sueños y visiones de Rodrigo Rato, Roberto Martín Maiztegui y Pablo Remón

Directora de escena: Raquel Alarcón

Intérpretes: Juan Ceacero y Javier Lara

Lugar de representación: El Pavón. Teatro Kamikaze (Madrid)

Cada vez resulta más frecuente encontrar en nuestros escenarios piezas protagonizadas por políticos con nombres y apellidos, desde el Azaña encarnado por José Luis Gómez, en Azaña, una pasión española, hasta el Ruz/Bárcenas, de Jordi Casanova. Las leyes de Memoria histórica junto a los escandalosos juicios por corrupción que han zarandeado nuestros pilares políticos, espolean al unísono este acercamiento teatral al frente, o detrás del poder. En esta línea -con seguridad creciente y al alza en los próximos años-, se inscribe este nuevo título: Sueños y visiones de Rodrigo Rato, habilísima adecuación a las tablas de El milagro español, el premiado texto de los guionistas y dramaturgos Pablo Remón y Roberto Martín Maiztegui. La obra enhebra una meditación sobre la trayectoria personal de Rodrigo Rato con una simultánea interpretación histórica de la política utilizada por el centro derecha español a finales del siglo XX y principios del XXI para incorporar a nuestro país a la unión monetaria del euro.

El primer aspecto de la obra es el que posee mayor atractivo y profundidad, pues a la primera impresión de farsa grotesca se le añade de inmediato el drama personal del ascenso al poder y posterior caída hasta el presidio de Rodrigo Rato, dibujando una experiencia psíquica con tintes próximos a lo trágico. Para ello, los autores han huido de las fórmulas del teatro-documento empleada en Azaña, una pasión española, sustentada en textos del presidente republicano seleccionados por José María Marco, y más aún del modelo de Jordi Casanova en Bárcenas, al emplear las actas del proceso judicial, horma que hubo de tentar a ambos dramaturgos. Existe una evidente documentación sólida sobre su personaje, pero ambos prefirieron apuntar con su propuesta hacia los giros inexplicables de este y sus decisiones sin aparente lógica, para imaginar y presuponer posibles motivaciones alejadas de su vida pública.

Esto sirve para ofrecer una primera justificación del título -aunque no la única, como veremos-, pues subraya que mucho más allá de los testimonios objetivos, lo sustancial reside en las fantasías, sueños y visiones de los autores sobre el trasfondo emocional del personaje. La connotación trágica de este se plantea en los primeros compases de la obra, cuando un adolescente Rodrigo Rato asiste desconcertado a la detención de su padre, Ramón, un acaudalado empresario, recluido en la cárcel por evasión fiscal de millones de pesetas a Suiza, aunque la causa real fuese un enfrentamiento de carácter económico con la familia Franco.

En ese momento, su padre le anuncia las primeras heridas que recibirá: “Sufrirás la humillación, el juicio paralelo, el escarnio público al que seré sometido.”Será doloroso pero no trágico este agravio. Lo siniestro radica más bien en el temor ya perpetuo del futuro político a caer, como su progenitor, desde la cumbre del poder hasta los desperdicios sociales de los presidios. Singular variante del destino trágico, esta que consiste en repetir los pasos nefastos del padre, reincidir en sus errores y fracasos. Un miedo quizá muy difundido en la vida colectiva que tal vez vincule los miedos del público con el profundo recelo del personaje, más allá del rechazo a su comportamiento corrupto en la alta política española. La reincidencia de Rato en la misma trayectoria paterna, con la ascensión y posterior desplome lleno de ultrajes, se complementa con un importante aviso de su padre: todo es una pantomima, simple teatro.

Esto explicaría por qué a su vuelta de Berkeley, Rodrigo Rato no se limita a ponerse al frente de destacados negocios familiares y toma la sorprendente decisión de iniciar una carrera política. Según la lógica del drama porque en la política se asienta el auténtico poder, y Rato se propone acceder a él para asegurarse de que su pánico a reiterar las equivocaciones del padre y desmoronarse en el deshonor de la reclusión penal, no se van a cumplir. Entra en contacto con Manuel Fraga Iribarne, con José María Aznar, con Mariano Rajoy. Su ascenso está íntimamente ligado a sus aciertos al representar de forma airosa su papel en la pantomima que ya le anunciase su padre en la adolescencia: jugar el rol teatral del que atesora los secretos del éxito económico, disponer de la apariencia de un emperador de la moderna riqueza, un gurú en el que creer, un aura seductora e invencible.

El problema estriba en que el personaje posee plena conciencia de esta impostura. En una magnífica escena donde un camarero lisiado y con joroba le sirve en su despacho en la cúspide de las Torres Kio, Rodrigo Rato se sincera: “Todo se reduce a la apariencia. Estás tú, por ejemplo, con tu cuerpo deforme. Quizá por dentro eres buena persona, pero estás condenado a ser despiadado. En cambio, todos ven en mí el aspecto de un emperador.” Y desde la cima le hace una demoledora revelación: “Pero, por dentro, ¿sabes qué hay por dentro? Nada. Un vacío. En las manos de los políticos y financieros nada existe.”

Este escepticismo nihilista le ha inducido en momentos clave a no desempeñar el papel escénico que le convenía. Aznar designaría a su sucesor, y Rodrigo Rato no acierta a fingir que está de acuerdo con la guerra en Irak, discrepa de la posición oficial, elude representar la farsa adecuada y el elegido es Mariano Rajoy. Quizá como compensación se le nombrará director del Fondo Monetario Internacional, pero al hacerse cargo de su mandato en Washington, ve la ceremonia del poder como una verdadera mascarada y se le viene a la cabeza el papel de Alfonso VII en La venganza de don Mendo. Pronto dimitirá de lo que siente en su corazón como una comparsa. La salida a Bolsa de Bankia será una mojiganga que oculta una ratonera con un profundo boquete. Los esfuerzos para prevenir una caída deshonrosa como la de su padre, le conducen paradójicamente a ese temido fin.

Bajo el aspecto cómico de la farsa y a pesar de su aparente lapidación moral, se ha construido sin embargo un personaje complejo, multifacético, con pasadizos secretos en su interior, muy alejado de la figura unidimensional creada por los medios de comunicación. En ello reside lo más valioso de la pieza, aunque el espectador debe estar muy atento a los múltiples trazos, casi vertiginosos, que construyen esta afilada efigie. No parecen casuales sus vínculos con el calderoniano Basilio de La vida es sueño, ni tampoco da la impresión de que sean azarosas sus coincidencias con la crítica a las falsedades y trampas del poder de Sueños morales, visiones y visitas de Torres por Madrid con don Francisco de Quevedo, de Diego Torres Villarroel, con quien comparte título: “Sueños y visiones”. Con las Visiones de Villarroel, se da la confluencia de un mismo propósito de desilusionar a los engañados por los embelecos de los poderes, causando lo que el clásico denominaba “el vómito del desengaño”.

Las fórmulas alucinatorias de esos antecedentes egregios, se presentan ahora en Sueños y visiones de Rodrigo Rato a través de rápidas pinceladas biográficas elaboradas con abocetados sketchs que vuelan de una época a otra en clave de metateatro donde voces que narran o meditan engarza un sketch con el siguiente. Esas voces, en ocasiones, pecan de prolijas en exceso, avisándonos por ejemplo de que “Aznar está fumando un puro” -algo que vemos-, o de que “el padre de Rodrigo atraviesa la puerta del brazo de su hijo”, algo que asimismo estamos contemplando sobre las tablas sin que la voz aporte nada. Cualquiera de estas deficiencias en el texto está sin embargo resuelta hábilmente con la extraordinaria puesta en escena de Raquel Alarcón. La directora de la pieza imprime a la acción ímpetu y velocidad asombrosas sin que ninguno de los incidentes interpretados por Juan Ceacero y Javier Lara resulte precipitado. La peripecia funciona como un mecanismo de relojería de alta precisión. Los golpes de humor se suceden con punzante puntualidad, dando paso a los veloces apuntes meditativos. El ritmo circense hace que un espejismo de entrada a otro hasta alcanzar ese tono delirante que procede del fondo conceptual de la obra.

Todo lo que de farsa encierra Sueños y visiones de Rodrigo Rato está asimismo estrechamente relacionado con la crítica a la gestión política del centroderecha español en este periodo de tiempo. Para ello, se extrae de la tradición circense el juego del payaso listo frente al payaso tonto. El payaso tonto -y con frecuencia meditabundo- recae en Rodrigo Rato, mientras que el payaso listo lo encarna por lo general José María Aznar. Un payaso listo ridículo, arrogante y profundamente estúpido en su listeza. La figura está construida a partir del modelo de los Teleñecos que en la década de los noventa produjo Canal Plus bajo las directrices de Prisa y Jesús Polanco con el objetivo de desacreditar aquella opción política y proteger a Felipe González y al PSOE de la época. La risa del público está asegurada porque la caricatura fue desde sus comienzos muy eficaz en la mofa.

Y desde este aspecto, se comprende con total claridad esta segunda vertiente política y social del drama. Viene a decirnos que el crecimiento económico de aquellos años no fue más que una simulación, que el llamado “milagro español” era una estafa, que la entrada a la zona euro se basó en una superchería que originó la crisis económica a partir de 2008. Algo que, de paso, exonera a los gobiernos de Rodríguez Zapatero de cualquier responsabilidad en la polarización puesta en marcha entonces y en la gestión de la debacle que se produjo. Aquí Sueños y visiones de Rodrigo Rato muestra su vertiente de lucha partidista por lo que se ha dado a conocer como “construcción del relato”. En todos los casos, esta batalla por el relato suele ser una explicación plana de hechos históricos complicados, fabulada por un partido político para desprestigiar a sus oponentes. Surge de los despachos, se lanza desde las tribunas, se apoya en vídeos fabricados por los directores de imagen y noticias de algunas terminales mediáticas, acompañados de trolls en las redes sociales, memes para los internautas y cualquier otra estrategia encaminada a la manipulación pública.

Sorprende comprobar con cuanta asiduidad nuestros escenarios se prestan a ser un báculo más de esa pelea por el relato partidista, como vemos en estos Sueños y visiones de Rodrigo Rato. ¿Pero en realidad la comprensión de los sucesos históricos requiere que el teatro se ponga a la altura de un meme, de una pancarta, que sus afirmaciones parezcan las de un troll en una red social, que su perspectiva sea idéntica a la de un vídeo elaborado por especialistas en publicidad? Esta propensión cada vez más frecuente del teatro de sumarse a las campañas propagandísticas representa una lacra sobre la que convendría meditar. El arte dramático posee la capacidad de interpelar al espectador en otras dimensiones que la actual publicidad partidista.

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