Mick Wall es el escritor de rock más importante en el Reino Unido, locutor y productor de radio y televisión, Alianza Editorial ha publicado en España su gloriosa trilogía musical: Cuando los gigantes caminaban sobre la tierra: Led Zeppelin (2019), El reino púrpura: Prince (2016) y Lou Reed: Su vida (2014). Ahora, en la misma editorial, llega un plato fuerte: Vida y muerte de Jimi Hendrix (2020). La crudeza del relámpago, la novela viva trenzada de entrevistas sorprendentes, los secretos inconfesables, las confesiones a media noche, los amigos verdugos con la sonrisa de los mejores perros apaleados, los camellos entre chicas fáciles, los mafiosos feroces… todos los asistentes, convocados de piedra y sin escrúpulos, a la crucifixión, martirologio, despelleje y caída del astro rey.
Mick Wall escribe en jerga, el libro va a galope tendido, y así empieza con una imagen del músico ahogado en vino malo, “arrasado de cojones”, vino tinto y sangre fría, sábanas sudadas y estragos de resaca, vómito y mierda, tirado y jodido tras la brujería de todas las brujas, el carmín en los cigarrillos como único mapa, minifaldas sin bragas, pantalones de campana y escombros a la altura fétida del alma. El libro se prodiga en quelis baratas, dormideros de acogida, lugares donde esconderse, hippies borrachos mientras Jimi, partiéndose de risa, echa humo a gollete. Porros, copas, ambiente kasbah de relajo, nenas, anillos de humo que tocan el cielo, alfombras historiadas de hilos de oro, tocadiscos que no acaban, tíos guay con el dinero de papá jugando a negratas y juglares, nenas con acento alemán fuerte, la cara pálida y la raya corrida de los ojos.
El libro es, sí, una sucesión de fiestas y fotos, la pasma aporrea las peores puertas, las rubias con las pupilas inyectadas en sangre son más rubias, los jaris acaban en taxis al auxilio, todos quieren eso, quedar en quelis para movidas de negocios, beber de gorra y ver si arramplamos con una billetada para otra murga. Nadie sabe de qué palo va y todos se hacen los tímidos con las droguitas para luego pillarse el atracón, seguido de coma etílico. De bar en bar hasta llegar a ver el mar, sí, ropa cool, infieles pero leales, porque hasta el apuntador folla a todas las novias de los mejores amigos. Brujas gloriosas y espantadas del jaco, negratas muy presumidos con sus rizos a los que ellas tienen que hacer la permanente después del coito, grupos políticos (Panteras Negras) empeñados en que no haya ningún negro blanco, y que los negros sean más negros todavía, y entre medias, sí, lo de siempre: ojos y dedos amarillos por el tabaco, vida ambulante, dulce cocaína, porros, pollo y arroz integral.
Hendrix pronto comienza a ser un espectáculo, entre palizas y gluglú de botellón, donde el vino entra por la nariz e inunda el pelo. El espectáculo es tocar la guitarra con los dientes, tocar la guitarra a la espalda, fornicar con la guitarra o prenderle fuego en directo con un buen chorro de gasolina; el espectáculo es salir del gueto con ganas de pelea, y comenzar a mezclar géneros, soul y rock, blues y rock, hierba y rock, pastillas y champú de marca, hippies y abrigos con piel y cuello de camello. La verdad de segunda mano hay que venderla bien, y la periferia de Londres es otro basurero donde se llega lejos con los ojos en la nuca, y las playas con cerveza fría son el mejor horizonte, y el negocio más turbio es seguir haciendo bien los recados. Una novela lateral, Dylan y Hendrix, y una novela frontal, la del gallo hinchado que pavonea por Nueva York con su sombrero negro de bruja y el pelo, los rulos, tratados con los mejores potingues.
Ni biografía ni novela: entera forma de vida, la paz de la ciencia ficción en las novelitas de quisco, las camisas estampadas y el pecho lobo, las gafas de sol para las mejores noches con luna, ácido para los labios gordos, aquellos de dos lenguas siempre abrazadas, y los titulares que los periódicos van escarbando: “Electrificó a la mitad de su público y electrocutó a la otra mitad”. Discográficas pequeñas, grandes contratos, Dylan y el Village con mucho garito poético, guitarras con una sola cuerda, lentejas para desayunar, bares beatniks, fábricas para maricas, hermandades de heroína, y la religión musical acústica, interminable, no siempre comprensible, entre mala leche y tabaco verde. El peligro son los cuchitriles, soltar la lengua, robarle la piba a Keith Richards, nenas que dicen su verdad fácil de 1972: “Cuando conocí a Jimi, lo único que tenía eran dos pares de pantalones, dos camisas y un guitarra”. El peligro es la llama tonta de lengua a oreja: “Llevamos tres días sin comer, coño, y tenemos un gato”. Un drama, brother.
El show no puede parar, lo importante es la virguería, montar el número, tocar con los dientes, por la espalda, meneársela en el escenario, una imitación nueva de T-Bone Walker, jugar a malote como Albert King, echar fuego en el alma del hombre negro, la guinda es el riff de guitarra matadora, vida nómada, pistolero a sueldo, una ciudad y luego otra, el nombre que va abriéndose paso. La vocación toca al timbre de la puerta como la mejor puta sin soltar el dedo hasta que abran. La calma es ponerse morado de todo. Vida de estudio, obsesa y sin pausa. La cumbre: Woodstock como una gran jam, el vacile padre, olvidarse de la guitarra por eso mismo, el show de dientes y espaldas, Icaro en su caída. La libertad es crear sonidos locos. Los rugidos tienen comensales: riffs de guitarrón motorizado, coros intensos, relámpagos blancos, el cantante en falsete, la calma, guitarra ralentizada, batería desacelerada, fragmentos flotantes, las alas extendidas, rostro inmenso en la sombra, la muerte astilla como hueso roto… y bum.