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Diego Armando Maradona: el pibe estrenó ayer su inmortalidad

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 26 de noviembre de 2020, 20:05h

Su ingenio siempre fue argentino, chico rápido de la calle acostumbrado a las soluciones fáciles para salir adelante, la pierna izquierda más cara de la historia tras la pelota, la generosidad en el campo, quien colocó para otros muchos más goles que lanzó de sus propias botas. La peor gestión fue el éxito, el dinero, la segunda furgoneta de gorrones que le acompañaba a todas partes, salir ileso de ese charco oscuro donde adicciones del tamaño de algunos tiburones no dejaban de morderse entre sí. Tuvo pocas fantasías y ya en 1970 ofrece toda una manera de estar en el mundo: “Mis sueños son dos: el primero es jugar un Mundial y el segundo es salir campeón”. Olé.

Soluciones fáciles frente al árbol de todos los problemas. La pobreza curte, moldea, enseña a vivir con las luces largas sin pausa. Villa Florito fue un barrio privado: “Crecí en un barrio privado de Buenos Aires. Privado de agua, privado de luz, privado de teléfono” (2004); “Al Diego, a mí, me sacaron de Villa Florito y me revolearon de una patada en el culo a París, a la torre Eiffel” (2000). El Boca, su segundo equipo grande, no tenía “un sope” para pagarle, pero los colores dentro de una nación eran lo principal: “Yo jugué un Barcelona-Real Madrid, que es un partido muy importante, con dos ciudades enormes, detrás, pero un Boca-River es distinto. Es como que se me inflama el pecho. Es como dormir con Julia Roberts” (2006); “Boca, sos el beso de mi mamá” (2019). El golazo a Inglaterra fue una fiesta nacional: “El golazo contra Inglaterra fue con la mano” (2005).

La droga es el perro entero de la soledad; droga y alcohol le llevan a rehabilitaciones sucesivas, hematomas inesperados, caídas involuntarias, y escoge la isla de Cuba para salir a flote, donde las pocas palabras lo tienen todo de balas de una guerra que quiere ganarse: “En Cuba estoy más solo que Kung Fu” (2000). Las adicciones también tuvieron dos piernas: vivir ajeno a cualquier imposición, vivir en plena libertad con todas las consecuencias. Fue mayor todavía de lo que pensamos porque jamás quiso ser un ejemplo: “Yo me equivoqué y pagué pero la pelota no se mancha” (2001). El pueblo argentino lo escribía por las paredes: “No nos importa lo que has hecho con tu vida sino lo que hiciste por nosotros. Gracias”. En Cuba, entre locos, entre adictos, tuvo contacto con la literatura de la vida, que es la que no está en los libros y dura para siempre: “En la clínica hay uno que se cree Robinson Crusoe y a mí no me creen que soy Maradona” (2004); “Fui, soy y seré drogadicto” (1996). No hay soluciones fáciles para el infierno, Ché.

El fútbol (la obsesión) fue la subida y la droga la bajada: “Quedar fuera de un Mundial sólo es comparable a ver cómo le pegan a tu vieja y vos estás atado a una silla” (1998). Al final, como ocurre casi siempre, todo se curó con acostarse pronto en la cama: “Quiero ver el sol y acostarme de noche. Antes no sabía lo que era una almohada” (2018). Al salir de los tratamientos, seguían los gorrones, quienes vivieron de Maradona sin prisa, y por eso todo tuvo halo de círculo cerrado, vida sin solución, almohadas efímeras porque las barras están más duras y los vasos abrigan tanto como unas sábanas. Si algo tuvo claro El Pelusa fue que estaba aquí para estar en el campo, pisar hierba y no en el banquillo: “Si voy al banco es para sacar plata, Fiera” (1996). El tobillo hinchado, el interior destrozado, los problemas todos juntos al doblar la esquina, era lo de menos. Así el Barcelona pagó 1.200 millones de pesetas, 9 millones de dólares para ser más exactos, con mucho lío de divisa que cambia a cada cuarto de hora, por ese astro que, media hora más tarde, se convertía en un enfermo hepático en el banquillo, sí, con toda la pasta en montón.

Ocupa hoy las portadas locales, nacionales e internacionales. Algunos periódicos franceses y deportivos titularon: “Ha muerto Dios”. Mejor dejar al lado todas sus broncas futboleras: “Batista se disfraza de piñón fijo”, “Toresani: estoy en Segurola y Habana 4310, séptimo piso, ven a mi casa y a ver si me duras treinta segundos”, “Le voy a meter cuatro goles a Gatti por llamarme gordito”, “Grondona nos daba café veloz después de asegurarnos que no había control antidoping”, “El juez Bernasconi es muy rápido a la hora de meterle un supositorio a una liebre”, “Juan Carlos Pasman: ¡la tenés adentro!”, “Si Pelé es Beethoven, yo soy Ron Wood, Keith Richards y Bono, los tres juntos”, “Ronaldo hace un gol y te vende un champú”, “Si veo a Duhalde en el desierto, le tiro una anchoa”, “Ruggeri es un buchón”, “Valdano tiene más mentira que el truco”.

Pelusa fue su mote querido porque le traía a los labios como zumo fresco toda su infancia en Fiorito: “Me acuerdo de los Cebollitas, de los arcos de caña cuando jugábamos solamente por la Cocacola y el sándwich. Eso era más puro”. Siempre fue habilidad y soluciones inmediatas, lo principal era darle alegría a la gente. Al final solo quiso para sí la verdad universal de un nieto: “El único que me puede hacer cambiar de opinión es Benja”. Grande y eterno Maradona, Borges del balón.

Diego Medrano

Escritor

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