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TRIBUNA

“No matarás”… en ningún caso

Jesús Romero-Trillo
lunes 30 de noviembre de 2020, 20:23h
Actualizado el: 30/11/2020 20:45h

El 30 de noviembre es el “Día Europeo contra la pena de muerte”. La fecha elegida recuerda la primera abolición de la pena capital en 1786 en el Gran Ducado de Toscana. Puede parecer algo extemporáneo conmemorar esta jornada cuando ningún país de la Unión Europea mantiene la pena de muerte en su legislación. Sin embargo, la proyección de este día es de carácter global.

Europa es territorio libre de la pena capital. Quizá por ello los europeos no pensamos mucho sobre este tema, mientras que aún hay demasiados países del mundo donde la condena a muerte es una lacra que pesa sobre la vida de los ciudadanos, especialmente de los más pobres y de las minorías religiosas, étnicas o de cualquier otro tipo. Las cifras son escalofriantes: en 2019, Amnistía Internacional registró 657 ejecuciones repartidas en 20 países (aunque se sospecha que fueron muchas más) y en ese mismo año se registraron 2.307 nuevas condenas a muerte en 56 países. Al finalizar 2019 la cifra global de condenados a muerte en el mundo era de, al menos, 26.604 personas.

La presión de la sociedad civil, y de las entidades abolicionistas, con la colaboración de algunos países como España, han conseguido pasos claramente positivos hacia la eliminación de la pena de muerte en el mundo. Así, al finalizar 2019, la mayoría de los países, en concreto 106, habían abolido la pena de muerte para todos los delitos y 142 países la habían abolido en sus leyes o de facto. Las iniciativas para cambiar la mentalidad antigua del “ojo por ojo y diente por diente” son múltiples, y quiero destacar el compromiso del Papa Francisco con la reforma del Catecismo de la Iglesia Católica en 2018, cuyo párrafo 2.267 afirma de modo inequívoco el rechazo radical a la pena de muerte. Este cambio es importante pues viene a refrendar por escrito la posición abolicionista de la Iglesia Católica, algo de lo que la mayoría de sus fieles ya estaban convencidos, y lo que considero más importante, profundiza en el debate con los creyentes de otras religiones y con los ciudadanos que aún creen en la pena capital.

Precisamente, el diálogo con los países que mantienen la pena capital, y no solo la denuncia, son la esencia de la jornada “Ciudades por la Vida” promovida por la Comunidad de Sant’Egidio cada 30 de noviembre en miles de ciudades del mundo. Durante la jornada se organizan encuentros con personas que han salido del corredor de la muerte, y con familiares de víctimas que manifiestan su oposición a la pena capital. En los últimos años la campaña ha recorrido colegios, universidades y otros centros sociales en España con testigos como Joaquín José Martínez, primer español condenado a muerte en Estados Unidos y exonerado tras demostrar su inocencia; como Suezann Boesler, hija de un pastor protestante que, siguiendo las convicciones religiosas que había aprendido en su familia, trabajó por librar de la pena capital al asesino de su padre; o Tamara Chikunova, cuyo hijo fue fusilado en Uzbekistán en el año 2000 y que se ha convertido en símbolo de las madres contra la pena capital.

Los Estados no pueden decidir sobre la vida de sus ciudadanos, en ningún caso, y no hay que olvidar que son múltiples los errores cometidos por la justicia. Solo en Estados Unidos 172 condenados a muerte han sido exonerados desde 1973 tras demostrar su inocencia. Este es el caso de Anthony Ray Hinton, quien en 1985 fue condenado a muerte por dos asesinatos en Birmingham, Alabama, cuando tenía 30 años. Pasó 28 años en el corredor de la muerte y fue liberado tras conseguir que se realizara un nuevo análisis balístico. Incluso hay casos en que la justicia declara la inocencia de los reos décadas después de su ejecución, como en el caso sucedido en Carolina del Sur. Allí, Thomas Griffin y Meeks Griffin fueron exonerados 94 años tras su ejecución en 1915.

Si antes de una condena a muerte, hay una familia que llora, tras una condena a muerte son dos familias las que lloran. Desde Europa sigamos diciendo: no a la pena de muerte, en ningún caso.

Jesús Romero-Trillo

Catedrático de Filología Inglesa en la UAM

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