El joven escritor es un trueno ronco en la noche inmortal de la palabra, un relámpago blanco en su moto de peligro, unos dedos veloces ajenos al beso o denuesto, una voluntad firme que solo crece dentro de sí como cumbre, reto y desafío. No mira a los lados y pisa el pedal. Todo el terreno moderno que va de la fábula posmoderna a la distopía está en Vallecillo: Colapsos (2005), Hay un millón de razas (2008), Bang Bang, Wilco Wallace (2014), etc. Su embrión primero fue la Guerra Civil Española (Los comedores de tierra, La sombra de una sombra) pero su velocidad es contemporánea.
Los críticos literarios cobran menos (9 millones de lectores pierde, a fecha actual, la prensa impresa) y por eso dejan de estar a uvas. Nada hay como ser pobre para trabajar en serio y los premios a Vallecillo comenzaron a brillar sobre su moto de malo: Miguel Delibes, Crítica de Castilla y León, etc. Un librero peligroso, de los obsesos, sucio y luminoso, todavía con guardapolvo, me quería vender Colapsos con una faja por él inventada gloriosa: “Esto es Nocilla Dream pero en bueno”. La pobreza despierta el ingenio de libreros también a uvas, entre la masturbación por el móvil y las tetas grandes que no pesan sobre las manos abiertas. Llega su décima novela a todas las librerías del miedo: Hambrientos y cobardes (Pez de Plata). Editores secretos para la gran prosa alucinada.
Vallecillo reflexiona sobre el mal contemporáneo: la extinción; lo viejo que muere y lo nuevo que no acaba de nacer. El cadáver de una joven científica sin cerebro, extraído por un diabólico ritual, lo precipita todo. Vallecillo busca la voz femenina, en un segundo desafío, y la teniente Walker persigue a la víctima y al capo de su padre. Todo es pop, todo es música, todo es velocidad; un Ángel Vallecillo que, como Goethe, piensa en imágenes y saca el barro de las ruedas por medio del mestizaje de géneros, lo mismo que hicieron Faulkner y Miller, cada uno en su palo, sin perder humo ni trago. El caos, en la textura textual, va ordenándose para goce lector, donde el futurismo es otro género policial negro.
Policías, yonquis, marginales: el Mátrix de Vallecillo es puro Blade Runner con todos los helicópteros interiores repartiendo mierda de Apolypse Now. La prospectiva es eso: un futuro verosímil por mucha tralla que se meta dentro. Vallecillo es un escritor realista como lo fue Kafka. La pesadilla contemporánea está a los pies de la cama, llena de pelos, con la lengua fuera para pasarla entre nuestros pies asustados. Toda distopía es vagabundaje y errancia, tomen nota, desde La carretera (libro o película) con el padre y el hijo empujando el carrito de la compra hacia el abismo y el paraíso de todas las latas de conservas enterradas. A esta fuga, salpicada de latigazos y malos tiempos, es lo que llaman punk los que saben. Me parece bien. Pero tanto el nocillero (Fernández Mallo) como Vallecillo unen Ciencia y Literatura, que es lo mismo que hizo Borges con sus juegos metaliterarios, novela de espejos y falsos reflejos. En Mallo, Vallecillo y la Nocilla, uno descubre esa “ll”, pura llave inglesa, con la que aflojar la tuerca para que lo rural y casposo, por fin, circule váter abajo, sin vuelta.
Un moderno, señores: Ángel Vallecillo. Literatura para la que hace falta buen tipo y deporte: ¿Cuándo vieron a un gordo en moto? Escritura que metaforiza a partir del presente y no del lenguaje mismo. Todo el tiempo del mundo tenemos para pensar, con o sin mascarilla, pero el pensamiento activo es el que evita que nos succione un sillón o un coño. Lo que importa hoy es tener respuestas, vender respuestas, ofrecer acción, y el sermón vacuo lleva a lo de Oriol Junqueras, la propia hazaña de dormirse mientras uno habla, otro absurdo. La nueva literatura comienza con cintura, mucha curva peligrosa, revoluciones en la acción, pedal y manta, con los dos huevos muy juntos junto a las bridas de fuego.
Lo dijo casi como una flecha en mitad de la manzana: “La duda es en sí un camino de conocimiento”. Tanteo, ciencia: una Teoría Cuántica, por ejemplo, que habla de nosotros por fuera y no por dentro (pura Psicología social, vomitada al raso). Nadie quiere un arte que nos lleve a espacios vacíos donde la seguridad no cuenta; el pueblo teme ese martillo que rompe la inercia social para sacar a hostias a una sociedad de lo material y despertarla. Todo Vallecillo es francés: literatura de ideas que se emborracha y prueba a las mejores hembras de Hoollywood para ofrecer un mensaje claro de resistencia y superación, lo que requiere mucho talento. Explica nuestro motorista macarra: “Una idea no puede cambiar el mundo pero sí ordena a uno mismo y eso es un cambio sustancial más valioso que pretender cambiar a los demás”. Toda una poética. Toda una bala de oro.
Vallecillo tiene empresas, gana dinero, escribe para que usted pueda sobrevivir y una chica de la carretera me decía algo insólito: “Escribe sobre la moto mientras se salta los semáforos a la velocidad del relámpago”. Cómo puede ser, preguntaban mis cejas arqueadas. “¡Porque lleva el boli muy tieso!”, respondía aquella ninfa rota, cara de óvalo, ojos aterrados al alza, para después pedirme por lo suave un Marlboro en este Far West donde todavía merece la pena sonreír y ser generoso.