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Ensayo

Anne Carson: Eros dulce y amargo

domingo 20 de diciembre de 2020, 18:17h
Anne Carson: Eros dulce y amargo

Prólogo de Andreu Jaume. Traducción de Inmaculada Concepción Pérez Parra. Lumen. Barcelona, 2020. 248 páginas. 18,90 €. Libro electrónico: 8,99 €.

Por Francisco Estévez

Al calor del Premio Príncipe de Asturias de las Letras concedido en este año moribundo de 2020 a la poeta Anne Carson y con la esperanza de cierta alegría en sus ventas se traduce al español el ensayo de 1986, Eros the Bittersweet. An eassy. Es suerte y fruición para los lectores cultos esta quimera de editores, pensar que la poesía, tal y como la hemos concebido hasta principios del tercer milenio y en igual o mayor medida si cabe el pensamiento o reflexión sobre la misma vayan a generar riqueza en sus arcas. De tal modo aparece en el centro exacto de portada la cita al Premio Princesa de Asturias de las Letras, reivindicando cierta aurea benjaminiana hoy día bastante menguada.

Sea como fuere, “Dulce y amargo”, de tal modo describieron los antiguos griegos por boca de Safo ese sentimiento contradictorio, lacerante y vertiginoso que nuestro tiempo, ebrio de instantaneidad, ha invertido en “agridulce”, donde prima el amargor despreciando el hecho de que todo amor contiene algo de amargor por su propia esencia y consciente de su finitud, que resulta algo amargo y bien está que así sea. Partiendo de esa dualidad Anne Carson, además de notable poeta, profesora de Literatura clásica y Literatura comparada en la Universidad de Michigan, propone un análisis donde conjuga con brío la reflexión traductológica y el formalismo ruso junto con la estilística avanzada sin detrimento de introducir notas culturales, jugosos apuntes y conocimientos amplios de su especialidad, como la métrica griega. Aparte queda, claro es, su conocida sensibilidad poética así como su oído musical. Eros dulce y amargo rastrea el origen del dios del deseo que simboliza la atracción sexual en los versos de Safo, donde todavía es la celebración de la distancia. Eros es carencia, Eros es un conflicto de frontera, es espacio, odi et amo, el carácter dulce y amargo del deseo.

Ese placer y dolor al mismo tiempo, a través de los epigramas de Catulo o de Esquilo conceptualizan el estado erótico de forma descarnada, la “dulce herida”. Eros denota siempre necesidad, conlleva endeia (“Hambre y saciedad” afirma Simone Weil y nos recuerda Anne Carson, si bien, esa imagen es repetida hasta la saciedad mucho antes de Weil). Eros es hijo bastardo de la Salud y la Pobreza. Y citando a Sartre, la poeta, enfatiza como Eros lleva en sí un juego de espejos decepcionante que lleva dentro de sí su propia frustración. El deseo conduce a la carencia, siguiendo a Lacan y aquí apunta Carson la visión de Sartre sobre la relación erótica, un “juego de espejos decepcionantes” que lleva impresa su propia frustración en ese reflejo infinito, lo que en pocas palabras era para Simone de Beauvoir una tortura y sobre la idea de paradoja, y de ausencia -presencia que ve en Lacan pero que acertó a definir con exactitud Barthes.

La legítima pregunta de Anne Carson sobre qué de erótico contiene la alfabetización, siendo estos primeros poetas lo que hablaron de Eros, los que dejaron por primera vez sus poemas por escrito alcanzaría a otros textos como El placer de leer de Roland Barthes. Curioso que no se acuda nunca aquí a los escritos de Ortega y Gasset, Estudios sobre el amor, síntesis de buena parte de las reflexiones sobre el tema del amor, ni al asedio efectuado por Roland Barthes al deseo en el libro citado o en Fragmentos de un discurso amoroso.

Del mayor interés resulta el celo, ese interés ferviente, como apunta su etimología y sintetiza Carson “surge del temor y se alimenta del resentimiento” que resulta a la postre un problema espacial. “El deseo se mueve. Eros es un verbo”. Estas reflexiones de Anne Carson quedan guiadas por una luz de conciencia crítica audaz y lejanas del plúmbeo didactismo que asola la academia o la vacuidad de los nuevos métodos pedagógicos y, por todo lo anterior, algunas de estas propuestas de análisis de poemas, como el fragmento 31 de Safo (págs. 41-46) o aquellas referidas al amor de lejos (L'amour d'oonh) o al límite del amor y de las palabras “te quiero”: “Cuando te deseo, parte de mí desaparece […]. El amor no sucede sin que se pierda la esencia del yo. El que ama es el que pierde”, debieran ser obligatorias en el bachillerato de nuestra sociedad.

Pero donde resulta de mayor interés es en la propuesta que liga la conciencia amorosa entrevista en la poesía griega con el arranque del alfabeto y el inicio de la escritura y las consiguientes implicaciones sociales que produjeron cambios radicales. En efecto amar es también y, en gran medida, aprender. Esa tierna amenaza de ver el yo como límite del deseo. La transformación implícita que existe en contacto con Eros, desde la pérdida del yo tal y como la entienden los poetas líricos griegos, Eros como disolución o, al contrario, hasta ser más yo que nunca, según el regocijo de Nietzsche. Por último, los capítulos dedicados al análisis del amor en las novelas griegas le resultarán cercanos al lector culto español gracias a las enseñanzas de Carlos García Gual (Las primeras novelas, 2008 que reúne Los orígenes de la novela, de 1972 y Primeras novelas europeas de 1974) o aquellas de Consuelo Ruiz Montero. Pero además bien podrán complementarse con los estudios que está realizando sobre nuevos fragmentos de novelas griegas la especialista María Paz López Martínez.

En suma, Eros como divinidad, como obsesión literaria, como profunda dualidad humana, “esto es amor, quien lo probó lo sabe” concretó en poema imperecedero Lope de Vega o más recientemente como resumió con lucidez Juan Antonio González-Iglesias en poemario extraordinario, Eros es más (2007).

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