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ORIENT EXPRESS

Este belén puede ser ofensivo

domingo 20 de diciembre de 2020, 19:45h

Este belén es peligroso. A juicio de los gestores del Parlamento Europeo, puede ser “ofensivo”. La eurodiputada española Isabel Benjumea (Partido Popular) decidió regalarle un nacimiento a la que se supone casa común de todos los europeos de la Unión y, vaya por Dios, resultó ser un regalo peligroso. Muy mal tiene que estar, entonces, esa casa para que la representación del niño Jesús, la Virgen María y San José hiera sensibilidades y suponga ofensas tales que no pueda exhibirse -ni aceptarse siquiera- el regalo que una eurodiputada quiere hacerle.

Hace mucho tiempo que la Unión Europea -que no es toda Europa, por cierto- se apartó de sus raíces cristianas para abrazar todos los consensos de la posmodernidad líquida, el laicismo y la socialdemocracia. Tal vez a la eurodiputada Benjumea le hubiese ido mejor si hubiese subrayado que se trata de un homenaje a los “migrantes” (inmigrantes es una palabra problemática en nuestros días) y los “refugiados” que han dejado su pueblo, se alojan en un pesebre porque no tienen sitio en la posada, son pobres, serán perseguidos por el hombre blanco Herodes y, por lo tanto, deberían quedar dentro de las políticas humanitarias de la Unión. Hubiese ayudado advertir que, en el belén, no se emplea violencia contra los animales, que el buey y la mula son libres de ir y venir en su refugio y que el propio portal es ecosostenible. El arroyo y el molino son pruebas evidentes de la apuesta de esa familia por las energías renovables. Este belén, debería haber dicho Benjumea, cumple con la agenda 2030. El golpe de gracia para la aceptación del belén dentro de los cánones de la corrección política europea hubiese sido añadir que, entre los Reyes Magos, habrá uno muy mayor y canoso como un jubilado alemán y otro negro, que resulta ser mi favorito y también lo sería de los sensibles funcionarios del Parlamento. Las respectivas cuotas quedarían cubiertas por la multitud de hombres y mujeres cargados de presentes aceptables para el Parlamento. Fueron pastoras y pastores, explicaría Benjumea, pero abandonaron su actividad gracias a la iluminación animalista de la Unión y ahora crían las ovejitas por la felicidad de verlas corretear por las colinas alrededor de Jerusalén y se ganan la vida produciendo carne artificial, queso vegano y cereales biológicos. El belén tiene hasta una estrella como las de la bandera de la Unión, que anda, por cierto, algo disminuida desde que los británicos decidieron ser independientes y dejar aislado al continente.

Pero me temo que todo eso, ironías aparte, hubiese desnaturalizado la fuerza arrebatadora y subversiva -es decir, religiosa- que el belén tiene en nuestros días y que inspiró los siglos más luminosos de nuestro continente.

El Nacimiento -así, con mayúsculas, porque se habla de la divinidad y con eso pocas bromas- nos recuerda que Dios se hizo hombre y así nos invistió de una dignidad que los abortistas, los eutanásicos y los eugenésicos intentan mancillar cada día. Todo el tiempo del Adviento y la Navidad, nos recuerda quiénes somos: seres humanos, nada menos, llamados al Bien, a la Verdad y a la Belleza y que hemos de prepararnos para recibir a este Niño. Sí, esta familia es pobre, pero el recién nacido desciende de reyes y es el Salvador del Mundo. No hay mayor reivindicación de la mujer y la maternidad que la Virgen María murmurando, como escribió Sartre en “Barioná, el hijo del trueno”, palabras de conmoción y asombro: “Tiene mis ojos, y la forma de su boca es la de la mía. Se parece a mí. Es Dios y se parece a mí”. Es Dios y se parece a nosotros. Por eso somos todos hermanos. Por eso debemos auxiliarnos los unos a los otros, y hospedarnos, y alimentarnos, y respetarnos, y cumplir las leyes que nos hemos dado. No por el falso humanismo desarraigado de la Unión de nuestros días, sino por la caridad y la hermandad que el Evangelio predica. San José, en su silencio -no dice una palabra en todo el Nuevo Testamento- es más elocuente en favor de la paternidad que todos los anuncios contra la “masculinidad tóxica”. La propaganda de la ingeniería social es inútil frente a un padre que abraza a su hijo, que se lo sube a hombros o juega con él en un parque. Los intentos de desnaturalizar al padre, al varón, al hombre se derrumban ante este carpintero que cuida de su familia mientras Jesús va creciendo en sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres.

Estos Reyes Magos -que no sólo hablan euskera como Olentzero, sino todas las lenguas de los hombres- representan al mundo entero tal como se imaginaba en la Edad Media germánica. Alemania existió como espacio cultural y lingüístico antes de existir como Estado y, en ella, la devoción por estos sabios floreció en iglesias y catedrales. Fue el cristianismo el que unió a Roma y a los bárbaros hasta el punto de que fueron ellos los continuadores cristianos de la obra imperial en Occidente.

Quizás sea todo eso lo que el Parlamento Europeo teme. A ver si ahora estos europeos van a recordar que, antes de que llegáramos nosotros, Europa ya existía. Imagínense a los españoles, los portugueses, los franceses, los italianos, los húngaros, los polacos, los eslovacos, los croatas, los irlandeses, los malteses, los austriacos y los demás pueblos entre los que el laicismo aún no ha arrasado la herencia católica cantando frente al belén de Benjumea. Sería intolerable. Quizás se unirían los católicos alemanes, y los belgas y los holandeses y los luxemburgueses… Quién sabe incluso si los ortodoxos griegos, chipriotas, búlgaros y rumanos se llegarían hasta el portal a cantar en coro con algún icono dorado y sus velas perfumadas, que recuerdan que el Reino por el que peleamos no es de este mundo ni combate con sus armas. ¡Ay! Tal vez incluso los más laicistas de todos despertarían viendo que no nos unen normas jurídicas ni un mercado, sino una visión común del ser humano que hunde sus raíces en Cristo muerto y resucitado. Definitivamente, este belén debía de ser no sólo ofensivo, sino inquietante. Como recordaba Benedicto XVI en “La bendición de la Navidad” (Herder, 2010), este es un “tiempo de una alegría que ningún sufrimiento es capaz de erradicar”.

Ya imagino ese temor de los gestores del Parlamento que tuviesen que autorizar la instalación del pequeño belén de Benjumea: “quita, quita, que ahora vendrán esos españoles con su cordero, su jamón y sus gambas- ¡abominación de los veganos, los vegetarianos y los animalistas! - sus villancicos, sus zambombas, sus panderetas y esa carga de mantecados, polvorones y mazapán que aterrorizaría a un dietista”. El judaísmo y el cristianismo, la tradición bíblica entera, exaltan la carne y el vino, la leche y la miel. Celebramos la vida y no la muerte, abrazamos el dolor de este mundo en lugar de esconderlo bajo la almohada y vemos en los hijos una bendición y una promesa en lugar de descuartizarlos en salas de aborto. Cuidamos a los enfermos y respetamos a los ancianos en lugar de pensar cómo deshacernos de ellos sin cargo de conciencia ni responsabilidad jurídica. Creemos que ese Niño que patalea en una cuna y que el belén nos muestra ha venido a salvar a todos los niños y a todos los adultos de la ley del pecado y de la muerte. Sabemos que hay un Padre que sale a mirar el horizonte todos los días por si volvemos y que ha enviado a su Hijo a rescatar lo que estaba perdido. En las Navidades más tristes y dolorosas, cuando en muchos hogares de Europa la enfermedad, la muerte y la pobreza lo ensombrecen todo, la Navidad nos recuerda que Dios no nos ha abandonado. He aquí el más valioso de los regalos de este tiempo.

Definitivamente, ese belén de Benjumea es revolucionario, inseguro y problemático. Rescata la memoria y mueve a la contemplación. De ahí a la acción y al cambio hay sólo un paso. Recordar significa etimológicamente “volver a pasar por el corazón”. A ver si va a resultar que, con el dichoso belén, los europeos recuerdan de dónde vienen y traen de nuevo al corazón sus raíces. Mejor no poner nada, no sea que quieran volver al humanismo cristiano que inspiró el proyecto europeo. Sólo faltaría que, para colmo de males, decidan regresar los ingleses atraídos por los villancicos que resuenan frente a un Nacimiento iluminado.

Desde el belén, símbolo de quiénes somos, esta columna les desea feliz Navidad.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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