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TRIBUNA

Hacia el Covid-21

Jorge Casesmeiro Roger
martes 22 de diciembre de 2020, 20:22h

Me cruzo con Luis en la jaima del bar y aprovecho la ocasión. Luis es uno de esos sabios anónimos que pululan por el solar de la raza. Ingeniero informático, jubilado ya, habla perfectamente inglés y alemán, es un fanático de la alta estadística y en cuestiones técnico-científicas suele estar al día y con criterio. Cuando le he consultado algo siempre me ha resuelto la duda, apuntándome la fuente más fiable o citándome algún clásico en la materia. Contento de verme, se sienta en la mesa que está a mi vera, se quita la mascarilla y pide su café y su incondicional barrita con tomate.

Luego nos ponemos al día y hablamos de esto y aquello. Y cuando empieza a darme el parte numerológico del virus le suelto directamente: Oye Luis, tengo que hacerte una pregunta. Tú eres un hombre-dato, un tipo armao de razones. ¿Tú puedes decirme así, al asalto, el porcentaje total de personas contagiadas por el bicho y plenamente recuperadas? Una cifra mundial, europea o española, me da igual, que supongo incluye asintomáticos y afectados leves...

Luis, acostumbrado a ilustrarme, me responde sorprendido: Pues no, ese dato no lo tengo. Hombre, Luis, pues si tú, que lees las noticias en tres idiomas, no lo sabes, es que ese dato no debe prodigarse mucho. Luis se queda pensativo, se aceita la barrita y cuando voy a cambiarle de tema me dice frunciendo el ceño: Pues yo creo que esa cifra debe ser muy cercana al cien por cien. ¡No fastidies!, le contesto: Aunque la verdad es que yo también creo que… Bueno, Luis, pongamos que estás más o menos en lo cierto y ahora retrocedamos un año.

Tú imagínate que estamos en diciembre de 2019 y que yo te digo: Luis, cuando pasen las vacaciones un virus va a extenderse por el mundo. Un virus del que así, en bruto, prácticamente el cien por cien de los infectados será asintomático, afectado leve o se recuperará plenamente. Sin embargo, casi todos los países del mundo blindarán sus fronteras y decretarán el cierre de toda actividad de servicios considerados no esenciales. También nos pondrán en arresto domiciliario o nos dejarán salir por perímetros y con toque de queda. Incluso se contratarán “rastreadores” para darnos caza a través del móvil vía satélite. Por nuestra seguridad, por supuesto. Que es también por lo que fuera de casa deberemos embozarnos, en todo momento, una mascarilla bajo pena de multa; complemento al que no pocos añadirán una pantalla de plástico para cubrirse la cara entera.

Toda nuestra vida, Luis, después de esta Navidad, girará en torno a ese virus. Las noticias no hablarán de otra cosa y los expertos del sector biotécnico serán los nuevos oráculos de la prensa. Viviremos pendientes de pruebas para detectarlo y de vacunas para vencerlo. Pero cada vez que estemos a punto de atrapar la zanahoria, ¡zas!, una nueva variante del bicho y otra vez a empezar.

En menos de un año, Luis, naciones consideradas ricas bordearán la quiebra y el Banco Mundial computará cien nuevos millones de pobres y subiendo. Entonces nos dirán que todo ha cambiado para siempre y que debemos acostumbrarnos a la “nueva normalidad”. De hecho potentes gobiernos, instituciones y foros globales de gente muy lista concluirán que todo esto es, en realidad, una oportunidad única para empezar de cero. Lo llamarán “El Gran Reinicio”.

El nacimiento de un orden nuevo que, llamado a construirse sobre las ruinas del viejo, no podrá holgarse mientras el viejo, obviamente, siga aferrándose a la vida. Lo viejo, Luis, como los combustibles fósiles, el papel moneda, los estados nacionales, los belenes o el rabo de toro. ¡Lo viejo, el mundo de ayer, debe morir! Como las preguntas incómodas o este bar de barrio con sus pinchos de tortilla. ¿Lo ves ahora, Luis? Por eso han aprobado la eutanasia.

Jorge Casesmeiro Roger

Licenciado en Pedagogía y en Periodismo

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