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TRIBUNA

Nuevos confesionalismos, eutanasia y esperanza

jueves 24 de diciembre de 2020, 19:02h

No hay duda de que estamos ante un tránsito de época. Probablemente en el mundo. Sin duda, en España, que, de nuevo, va a ser el conejillo de indias de tal mutación en Occidente. Esto se constata en el empeño de las fuerzas políticas coyunturalmente dominantes en destruir y acabar con la civilización precedente(educación y valores de los ciudadanos, soberanía nacional, forma política del Estado y éste mismo) de forma intransigente, dogmática y confesional —se trata, por supuesto, de una fe civil, sin Dios, o, si se prefiere, solo con la apariencia de bien—, sin interés en las enseñanzas de la historia, ni en someter a discusión del conjunto de la nación —es decir, ignorando las fuerzas políticas actualmente minoritarias— las bases de lo venidero.

La inminente ley de la eutanasia se encuadra en este paradigma. Cuando el problema llegue al Tribunal Constitucional, la decisión va a depender de la ideología de los magistrados que deban tomar la decisión. «Como siempre», me objetará algún lector atento. Pero nadie es ajeno a sus querencias éticas y políticas, tampoco los jueces; su límite propio estriba en que no pueden aplicar al problema que se les plantee otra cosa distinta de las leyes, dentro de un margen de apreciación que no falsee la norma aplicable.

Mi intención al referirme a la ideología de los jueces constitucionales no es otra que subrayar que la eutanasia es una cuestión radical (en su sentido de raíz) de nuestra civilización y sus individuos, y que no debería sorprender ni un poderoso conflicto, ni que una interpretación actual se variara en lo futuro si se produce un cambio en la sociedad frente a la aceptación o indiferencia que presenciamos en la actualidad.

La redacción de la Constitución es tan vaga en este campo que admite desde la declaración de inconstitucionalidad de la ley «in fieri» hasta su constitucionalidad, y los magistrados que voten el fallo, deberán más que nunca sentarse a solas con sus conciencias, sus conocimientos, sus inteligencias y, a la luz de todo ello y, claro es, del Derecho, esto es, de la Constitución en primer lugar, tomar la decisión que les parezca la más justa razonadamente. Y puede que resulte moralmente errónea.

Escribió don José Ortega y Gasset en «Meditaciones del Quijote» que «hay dentro de toda cosa la indicación de una posible plenitud. Un alma abierta y noble sentirá la ambición de perfeccionarla, de auxiliarla, para que logre esa su plenitud. Esto es amor (el amor a la perfección de lo amado)». Legislar un derecho a la muerte es todo lo contrario del amor y es la culminación de la destrucción de una civilización y una ética. Como escribía hace más de un siglo, «el odio es un afecto que conduce a la aniquilación de los valores… Por el contrario, el amor nos liga a las cosas… Lo amado es, por lo pronto, lo que nos parece imprescindible. ¡Imprescindible! Es decir, que no podemos vivir sin ello, que no podemos admitir una vida donde nosotros existiéramos y lo amado no —que lo consideramos una parte de nosotros mismos—...De este modo va ligando el amor cosa a cosa y todo a nosotros, en firme estructura esencial. Amor es un divino arquitecto que bajó al mundo, según Platón, “para que todo en el universo viva en conexión”».

Lo trágico es el presentimiento de que esta decisión de una mayoría parlamentaria, en el fondo de una elite de la masa nacional, a su vez inspirada por otras elites más reducidas, brota del rencor (Nietzsche). Afirmaba el filósofo hace 106 años: «Los españoles ofrecemos a la vida un corazón blindado de rencor, y las cosas, rebotando en él, son despedidas cruelmente. Hay en derredor nuestro, desde hace siglos, un incesante y progresivo derrumbamiento de los valores».

El odio nace del sentimiento del fracaso frente a la promesa del progreso sanitario. La trampa se monta en este sintagma: ya no es la vida, sino la calidad de vida lo decisivo. Y como he perdido mi fe en Dios y, por tanto, puedo creer en cualquier cosa (Chesterton), seguiré creyendo ciegamente en el progreso de la ciencia. Pero como no quiero reconocer que ha fallado, en lugar de poner amor, en lugar de poner los medios para cuidar al moribundo, al enfermo, al desesperanzado, a ayudar a quienes lo cuidan, decido finiquitar el propio concepto de libertad humana conduciéndolo a su propia destrucción.

Nadie tiene derecho a ser creado. Es un imposible absoluto. Esto es así sea de forma natural o en un laboratorio. La inmoralidad radical de la eutanasia legalizada es que se reconoce a un ser humano el derecho de que otro lo ejecute. En España, se ha retirado al Estado el derecho de infligir la pena de muerte como castigo aun frente al delito más atroz, después del debido proceso penal con todas las garantías, incluso en tiempos de guerra. En cambio, se le ha asignado el deber de proteger y dar los medios al más pacífico de sus ciudadanos que, por los motivos que sea, quiera suicidarse y no sea capaz de hacerlo por sus propios medios.

Esta nueva moral es una moral perversa. Hasta en el detalle. La muerte así causada tendrá la consideración legal de muerte natural. Esta previsión no es una ficción, ni una artificiosidad jurídica; es una burda mentira. Y una nueva sorpresa. Fuerzas políticas, aparentemente ancladas en lo social, lo colectivo, se han erigido en los más formidables heraldos de la afirmación del individualismo sin límites. Doctrina típica del liberalismo radical del siglo XIX, cuyo lema esencial consistía en que «no se aniquilara al individuo». Lo que parecía increíble ha sucedido. Socialistas, comunistas, separatistas y algunos liberales han coincidido en proteger estatalmente al individuo para que le pueda pedir a otro que lo mate.

Para más inri, la proposición de ley de la eutanasia ha superado ampliamente el trámite parlamentario en el Congreso de los Diputados el día que los católicos conmemoramos a la Virgen María, en su advocación de la Esperanza. Para un cristiano, la bendición civil de la eutanasia activa, no digamos como un derecho —como se contempla en la ley española— es completamente incomprensible.

Ha escrito el Cardenal Amigo en «A tiempos recios, virtudes bien templadas» que «muy malo, y poco inteligente, es morirse de sed, de hambre, de frío o de enfermedad, sobre todo teniendo el agua, el pan, las mantas o la medicina como remedio tan cerca. Lo cual no deja de ser una absurda contradicción. Las formas y modos por los que se puede llegar a la muerte son varios y ni la imaginación ni la maldad se cansan de poner en marcha los artilugios necesarios para eliminar a cualquiera del censo de los vivos».

Es un impulso ancestral del ser humano la regeneración, el renacimiento, la esperanza. Hoy, época gubernativa de felicitar unas abstractas fiestas, cuando más necesitamos la alegría, tras lo padecido desde marzo y lo que queda, y más importante es la esperanza, lector, si compartes mis creencias, ten presente que la Navidad anuncia la mejor de las noticias, la victoria de la vida sobre la muerte; y, si no las compartes, no dejes de celebrar este año más que nunca la Navidad, la luz que viene de lo alto, con la mirada puesta en un resurgimiento personal y colectivo de las cenizas, pese a los crecientes buitres que aletean sobre nuestra civilización del amor, la razón y la esperanza.

Daniel Berzosa

Profesor de Derecho Constitucional y abogado

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