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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Intensamente azules, de Juan Mayorga: la vacuna contra el pesimismo

lunes 28 de diciembre de 2020, 11:55h

Es urgente que se recupere en nuestros escenarios, esta extraordinaria obra, que firma y dirige Juan Mayorga, que con la pandemia adquiere un nuevo significado.

Intensamente azules, de Juan Mayorga: la vacuna contra el pesimismo
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Intensamente azules, de Juan Mayorga

Director de escena: Juan Mayorga

Intérprete: César Sarachu

Espacio escénico y vestuario: Alejandro Andújar

Muchas obras vieron suspendidas sus giras y representaciones a raíz de la pandemia, el confinamiento y las sucesivas restricciones. Pocas son las que han logrado reanudar su difusión natural, pese a haber disfrutado de un innegable éxito desde el día de su estreno. Pensando en esas piezas que es urgente recuperar para los escenarios, resulta imposible no constatar que en mayor o menor grado, serán vistas e interpretadas por el público de una forma diferente antes y después del azote del virus, uno de esos hechos que marcan época y que obligan a reconsiderar las cosas de manera distinta, en este caso con una diferencia de unos escasos meses. Del mismo modo, sería muy difícil no señalar que la representación escénica española que reúne en su más alto grado todas estas singularidades es Intensamente azules, de Juan Mayorga, con la particularidad añadida de haber sido dirigida y puesta en escena por el propio autor.

Intensamente azules es una de esas sorprendentes creaciones que provocan en nosotros la sensación de haber intuido lo impensable que sucedería de forma inmediatamente posterior, sin que nadie hubiera podido adivinarlo de antemano. Claro que no se debe a poderes adivinatorios del autor, ni a ninguna deducción lógica, sino a esa facultad de la que a veces hace gala el arte para captar la propensión de una época, materializada sin previo aviso. Intensamente azules nos estaba hablando de la posibilidad de una catástrofe natural, de un diluvio que anegase la tierra, de un cataclismo que causara un colapso global. Y en plena gira, ese se corporeizó con el traje de una pandemia universal como desastre y conmoción que a su vez puso fin a sus propias funciones. Es importante recuperarla por las impresiones y meditaciones que desencadena en el público sobre la psicología de las catástrofes, y al mismo tiempo, en segundo lugar, por la resignificación que adquiere la obra cuando la hecatombe se ha producido en la vida real. Bien sea porque los dramas permiten adquirir nuevos significados con arreglo al cambio de visión de los espectadores, bien sea porque esos otros significados ya estaban presentes en sus entresijos pero no contábamos con una experiencia que nos facultara para captarlos y valorarlos.

Antes de la pandemia, Intensamente azules aparecía como un retrato sarcástico sobre la mentalidad catastrofista que venía imperando durante la segunda década del siglo XXI. Con su enfoque humorístico, el protagonista debe utilizar en su vida diaria unas gafas de bucear a través de las cuales percibe todo con una tonalidad azul. Las gafas de natación están graduadas, y como se le han destrozado las habituales, se ve obligado a llevarlas estrambóticamente puestas en todo momento. La singular visión así lograda simboliza una mirada distinta a la de la masa social. Una mirada propia sobre el entorno, que le distingue de lo que ven los demás. No porque se fije en cuestiones estrafalarias, sino porque así observa todo lo que sucede a su alrededor con mayor precisión y agudeza. Se trata de una mirada más inteligente y analítica, lo que hace de esas gafas de bucear graduadas y de cristal azulado una señal distinta de la mirada crítica del portador. Siempre en una clave jocosa, con esa óptica crítica comprueba, al salir de casa, que el presidente de la comunidad camina ¡sobre unas aletas de natación carmesíes! Del mismo modo, el camión de butano reparte bombonas de submarinista. Cuando pasa junto a un quiosco de prensa todo queda aclarado, pues en las portadas de los diarios se anuncia en grandes titulares la inminente acometida de un Diluvio universal. Sus conciudadanos simplemente están realizando acopio de efectos navales caseros para hacer frente a la calamidad global que se avecina. Adquirirlos así supone una manera cómica de la mentalidad catastrofista que ha ido ganando terreno en nuestras sociedades y de las respuestas pueriles a tan inmensos miedos.

¿Alguien recuerda el caso del Efecto 2000? Con el paso cercano al nuevo milenio, se trató de activar un nuevo milenarismo con el sello del siglo XXI lanzando el bulo según el cual los ordenadores mundiales no estaban preparados para leer más allá de 1999, con lo que la llegada del año 2000 causaría fallos en cadena que desembocarían en un Apocalipsis: se paralizarían los suministros de energía y los transportes, los saldos bancarios se esfumarían, el mundo se encontraría al borde del precipicio pues los satélites caerían a la tierra y las centrales nucleares implosionarían dando comienzo la extinción de la vida en nuestro planeta. Salvo grupúsculos paronoicos, la sociedad del 2000 se rió de tales previsiones apocalípticas. Un síntoma de ello fue el capítulo de terror paródico, realmente hilarante, de Los Simpson, emitido en el Halloween de 1999, La Casa del Terror X, donde un olvido de Homer en la planta nuclear ocasionaba un caos cibernético global y los que logran huir en un cohete acaban suicidándose por el mismo error informático. La sociedad se desternilló a sus anchas de ese intento de inocularle terrores milenaristas. En España, todo el Efecto 2000 se redujo a fallos en algunos parquímetros que rechazaban los tiques, y poco más. Sin embargo, solo una década después, las sucesivas oleadas de augurios catastrofistas han ido encontrado un campo cada vez más abonado y receptivo. ¿Qué sucedió para que todo diese un giro tan radical? Sin duda ahí está la crisis financiera del 2007-2008, que por sí misma, ¿es capaz de explicar la inopinada propensión de la última década del milenarismo y lo apocalíptico? Todo tipo de estragos diabólicos parecen estar a punto de exterminarnos de un instante a otro. La imaginación social está imbuida de relatos e imágenes distópicas propias de la peor pesadilla, y no es infrecuente que los creadores –no digamos los ideólogos o los políticos del nuevo siglo-, retuerzan cada dato de la realidad para sacarlo de contexto y que proyecte una efigie distópica y alucinada de nuestro presente.

La corrosiva ironía de Intensamente azules provoca nuestra carcajada cuando el protagonista descubre, en los lugares más insospechados, el avance de esa angustiada desmoralización irracional. En el escenario no se han levantado los espacios de la acción, sino que se han dibujado en el suelo, dándole el aspecto de una fórmula geométrico-matemática a resolver. A la derecha del espectador está la casa del protagonista, que intenta preservar del contagio de las creencias apocalípticas. A la izquierda se dibujan los espacios donde el milenarismo se hace fuerte con la tenacidad inatacable de una secta. Por ejemplo, el Bar “I”. Esa “I” nos evoca la palabra “Imaginario”, y conociendo la labor de docente de matemáticas que en su día ejerció Juan Mayorga, resulta fácil asociarla a los “Números Imaginarios”. Rousseau creó su idea del “Buen Salvaje” con el criterio de los Números Imaginarios, algo ficticio e irreal que, sin embargo, posibilitaba demostrar matemáticamente algo real: la fuerza corruptora de la sociedad. En Intensamente azules, el Bar I sirve de lugar de cita a un número creciente de profesores entregados al fatalismo y la decepción, pues han tomado como una fe revelada la Biblia del pesimismo: El mundo como voluntad y como representación, del filósofo Arthur Schopenhauer. Todos recordaremos de qué modo este texto reinterpreta a Kant para decirnos que el universo se nos presenta ante nuestros ojos con una seductora belleza, en la cual solo habríamos de apreciar el autoengaño de una quimera, pues esa representación únicamente oculta la verdadera naturaleza del cosmos: pulsiones violentas a la caza bestial unas de otras, en el más despiadado de los infiernos. Los profesores cada vez están más anonadados por esta revelación: el universo es un apocalipsis permanente, una autodestrucción interminable, una salvaje distopía hecha realidad segundo a segundo.

Imposible reprimir las carcajadas cuando César Sarachu, que encarna al protagonista, cae en una perplejidad gestual tras otra, conforme va descubriendo atónito una irracionalidad creciente, una desesperanza absurda en dosis cada vez mayores. El trabajo gestual de Sarachu resulta impagable, demoledoramente cómico, asumiendo los roles de sucesivos personajes para su asombrada perplejidad. ¿Qué más catastrófico puede suceder que los pedagogos se empeñen en enseñar el más delirante pesimismo? Todo puede ir a más, pues el protagonista con sus gafas graduadas de nadar con cristales azules, es invitado a una recepción de la Casa Real, descubriendo que allí también se lee a escondidas El mundo como voluntad y representación, de Schopenhauer. De hecho, será invitado a lecturas en los sótanos del Palacio Real donde el monarca trata de descifrar pasajes del texto, como si fuera la verdad revelada por una divinidad. ¡Hasta en la jefatura del Estado, en la cúspide del poder político, toma asiento un descabellado pesimismo milenarista con efectos insensatamente autodestructivos!

Vista la obra a comienzos de año, nos permitió divertirnos a propósito de los pesimistas profesionales, los agoreros por naturaleza, incluso de los timadores a costa de la venta masiva de miedo. ¿Pero ahora, a finales de año, cuando una imprevista pandemia ha sembrado de cadáveres el planeta, nos dice lo mismo este drama? ¿Conserva todo su valor esa sátira sobre los ingenieros del pesimismo y la catástrofe?

Sin duda, tras un acontecimiento histórico global, la pieza adquiere por necesidad otra significación, o bien afloran otros contenidos antes velados a nuestra percepción. El caso es que en Intensamente azules, el Diluvio que anuncian los rotativos efectivamente se produce. Pero el protagonista prevé que justo con sus gafas graduadas de nadar, buceará hasta salir a la superficie, respirar y salvarse. Es una previsión que le reconforta. Vemos ahora que la posibilidad de un siniestro o de un cataclismo no estaba negada, pero aun ante esa circunstancia existía una confianza en que el análisis, el conocimiento y la inteligencia humana podrían dar una respuesta y salir adelante. En estos momentos, al final de 2020, o comienzos de 2021, sería posible apreciar el canto a la vida y la esperanza en las facultades de las personas para afrontar cualquier reto que les desafíe. Estos valores son los que aflorarían en la obra durante una representación en la pandemia, o tras ella.

La crítica al pesimismo irracional sigue, no obstante, en pie. Acaban de iniciarse las vacunaciones contra el covid, por centrarnos en la calamidad más inmediata, pero el pesimismo milenarista insiste en creer que ese producto de la inteligencia es en sí mismo una hecatombe. Hacia la derecha política, hay quien lo considera un experimento genético para atenazar la libertad humana. Hacia el espectro de la izquierda, no faltan quienes están convencidos de que se trata de una operación mercantil para engrosar todavía más las grandes fortunas y robar a los desfavorecidos. El pesimismo conspiranoico de unos y otros solo nos llevaría a inutilizar el recurso de la creación humana para salvarse a sí misma. La reposición de Intensamente azules adquiriría una doble validez, como sátira contra plagas imaginarias y como canto a la vida culta y plena de los seres humanos confiados en su capacidad de respuesta y superación. Una vacuna, como Intensamente azules, contra el insoportable pesimismo milenarista hace falta con urgencia.

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