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TRIBUNA

España se vomita

Antonio Domínguez Rey
lunes 28 de diciembre de 2020, 20:07h

A España le ha entrado, de repente, una náusea compulsiva. Reniega de su cultura, historia, del derecho que la constituye. Regurgita su ser. Lo siente anómalo, falso. Y este sentimiento existencial coincide con dos plagas, una vírica, la infección Covid-19, y otra política. Para solucionar la primera, dependemos de grandes potencias internacionales. Para la segunda, de nosotros mismos. Se ensayan remedios que palien aquélla. No los encontramos para esta otra.

Los analistas rozan el paroxismo tildando al presidente del Gobierno de paranoico, narcisista y mitinero, si no revolucionario. Quienes así lo juzgan, olvidan su propia condición ciega de criterio. Ignoran que son ellos quienes crearon el vacío que han llenado otros con sagacidad, oportunismo y audacia. España vivía realmente drogada con el estreno de la democracia. La Transición de un régimen autocrático a otro constitucional fue un derroche de crédito a cuenta del alquiler y venta del país con beneficio de imagen política y reparto de prebendas. No hubo hombres de estado, por más que se pretenda calificar de tales a alguno de ellos. Si los hubiera habido, no estaríamos hoy como estamos. Se troceó el país en Comunidades Autónomas para sortear un problema de fondo. El artificio se vio pronto desustanciado. Los presidentes autonómicos eran y son jefecillos provinciales con algunas excepciones. Apenas se replegó la tutela fiduciaria de los países crediticios, cambiaron las condiciones del préstamo y empezaron los reclamos del crédito. Se tambalearon entonces las barracas de feria. Solo se mantienen hoy las carpas montadas por los supervisores de la hipoteca.

El político estruja la circunstancia dictando normas y legislando al amparo del confinamiento por la infección vírica. Se pretende zanjar el regüeldo con una Memoria Histórica que quiebre el espejo ante el cual mirarse. Y el problema tiene otra raíz más endémica. José Ortega y Gasset la entrevió hace setenta y seis años en un Curso de 1944 titulado La Razón Histórica. Lo enuncia al calor del rescoldo que la Crisis de las Ciencias Europeas (1936), de Husserl, le producía. Y estimulado tal vez también por otros conceptos de Heidegger, como el de impersonalización de los actos humanos en la mundaneidad repetitiva de la existencia. El marco de la reflexión es el descrédito que a sus ojos ya tenían, un año antes de finalizar la Segunda Guerra mundial, los iconos del intelectual, el político y el jurista sumido en una crisis histórica del derecho.

La condición de fondo que afecta a la inestabilidad histórica de España es aún hoy el “hábito del decir irresponsable”. Ortega lo considera “uno de los vicios más graves del hombre peninsular”, típico también, por extensión, de los portugueses. Lo achaca, en una segunda aproximación, a “su nativa insolencia y su habitual petulancia”, actitudes insolidarias que impiden construir o crear algo serio en el orden político y, por ende, institucional. Debido ello a la falta de autenticidad y compromiso. Habría en el ser hispano una connotación larvada de indiferencia frente a lo público y derivada de un pseudoconcepto de lo propio, oculto bajo capa de transparencia fingida. Lo que dice el hombre peninsular no concuerda ni coincide “siquiera con lo que en efecto piensa y en efecto siente él mismo”. Traza una línea de separación entre “la verdad de las cosas que pretende decir” y el sentido que tiene de su propio acto dicente, como sujeto activo y posible objeto de réplica. Hay una pose de retraimiento petulante que se reserva una pretendida verdad más profunda y exclusiva de sí que cualquier otra asignada a las palabras. Ortega describe este acto ilocutivo como “un decir suelto, que queda en el viento flotando como los vilanos, sin padre conocido y responsable”. Es el uso de las palabras como lanzaderas: a ver qué efecto producen y cómo rebotan en las cosas que enuncian y personas a quienes se dirigen. Siempre habrá otros recovecos en que ampararse, travestirse, o recomponerlas.

Este vicio no es, como pudiera parecer, advierte el pensador madrileño, algo atribuible al tantas veces citado "individualismo" peninsular del español. Es algo más profundo, intrafísico. Una carencia de autoconocimiento y de responsabilidad. Lo “insolidario de sí mismo”. Y esta falta de sinceridad -el “serse” inauténtico, aplicando otros conceptos del filósofo- impide que ser, decir y existir formen unidad que impulse el encuentro consigo mismos en la circunstancia común con los otros, y viceversa. Por eso concluye Ortega y Gasset, vaticinando el tiempo de la segunda mitad del siglo XX, tras la Guerra Civil y la Segunda mundial, diciendo que “con un tipo de hombre así no es posible hacer nada y urge acometer denodadamente la reforma de sus vísceras mismas”.

El decir "porque sí", más capcioso que la habladuría, al albur de una prepotencia infundada, tiene ejemplos claros en lo dicho por el actual presidente del Gobierno en los últimos años. La hemeroteca de afirmaciones, promesas en período electoral, choca con lo ya realizado y proposiciones políticas en curso. No así, en cambio, las proclamas del vicepresidente segundo, quien, declarando propósitos más extremos, revolucionarios, los mantiene aprovechando cualquier resquicio que se le presenta. Pero son dichos obsoletos, clónicos, remedos de épocas ya periclitadas en el entorno histórico que nos rodea. Promueve un comunismo anacrónico, sin la menor criba de análisis crítico tras la experiencia brutal de esta ideología con más de cien millones de muertos a sus espaldas. Lo cual nos indica que la posible catarsis que avale este decir es también precaria. Se apoya en un crédito aborrecido por la historia misma, como demostró el derrumbe del muro de Berlín en noviembre de 1989. A estos muertos hay que añadirle la frustración vital de muchos más millones de personas en los países de régimen comunista desde 1917 hasta hoy mismo. Sin conciencia crítica, el pasado renace como un monstruo o “revenant”, dice Ortega y Gasset en otro texto, -“Concepto de la historia” (1932)-: “y si no se le domina con la memoria, refrescándole, él vuelve siempre contra nosotros y acaba por estrangularnos”.

Este fenómeno no se explica tampoco por la tesis existencialista subsecuente al intelectualismo de la razón lógica y el atractivo experimental del naturalismo. El hombre ya no tendría "naturaleza" en su punto de origen, sino solo existencia. Tampoco habría principio lógico o científico que avalara una invariante del cambio permanente a partir de la cual pudiera asir un fundamento. La crisis de la Razón y de la Ciencia lo despojó de atributos esenciales. Lo dejó desnudo. Cada cual tiene que forjarse su ser: hacerse. Crear un destino. Y esto será el callo de su existencia entendida como braceo inevitable en el ahogo del quehacer mundano.

Ortega y Gasset describió esta condición absurda del existencialismo como “algo radicalmente plástico capaz de ser esto y lo otro y así sin límites”. La mecánica del lenguaje lo fuerza a reconocer implícitamente, con todo, una capacidad de ser. Una cosa es activar la vida, desarrollarla, y otra negarle naturaleza. Tal es el caso de los nihilistas que, sin pretenderlo, atisban en la situación del hombre “arrojado” a la existencia (Sartre) o de simple ser-ahí (Dasein: Heidegger), un fondo -eso sí, desfondado- que las acciones, criterios, roces existenciales, van cuajando mientras vivimos. Construyen un sujeto de atribuciones, convencional, para entenderse designando a los seres, cosas, acontecimientos. El hombre sin atributos (Robert Musil), un Tomás indefinido errante en la obscuridad de la naturaleza (“No existo y sin embargo perduro”, Maurice Blanchot), genera rasgos, aspectos, relaciones sin consistencia. Lo bautizan los demás hombres, pues sigue vinculándose para subsistir. Atiende, por tanto, al tirón de “ser” que la existencia siente dentro de sí hasta cuando renuncia a él con el suicidio. La existencia disfruta de esa libertad trágica: vomitarse anulándose.

El plástico existencial se licuó (Zigmunt Bauman, quien refríe lo ya dicho) y fluye según las inclinaciones y desniveles de la naturaleza. Pero hay quien se aprovecha de ello rebañando tajada de la situación anónima. Es otro reflejo de esa desnutrición existencial del hombre, de la quiebra del ser de confianza (Karl Jaspers, Gabriel Marcel). Aun así, este sujeto nominal sigue vomitándose. Vomita la posibilidad de que las cosas sean de otro modo o las personas descubran dentro de sí algo más que la tensión sostenida de existencia. Aunque solo sea para tratar de comprender y explicarla.

Y aquí entra el saber conducirse u orientar a los demás con reglas, principios, fundamentos de actuación existencial. Entre ellos, las leyes, porque el hombre sigue intuyendo que, sin ellas, se agota. Perece. Creemos al menos en la permanencia existencial, pero más limitada que nunca. La memoria de la sinrazón histórica concluye en agrio convencimiento de velar el dolor causado por el límite convirtiendo a la muerte en metáfora de sí misma: el buen final, la eutanasia. El religioso deseo de una buena muerte, en paz consigo mismos -un problema de conciencia-, es hoy forismo de bondad sarcástica. Un decir intranscendente de vómito supremo.

Ortega y Gasset cierra su reflexión con eco heideggeriano de acontecimiento (Ereignis) por venir que no deja de emerger con actualidad permanente. Queda un resquicio de disponibilidad o apertura a lo posible: “El hombre necesita una nueva revelación y esa revelación sólo puede venirle de la razón histórica”. Y hete aquí que la nueva política u orden nuevo -otro “revenant” y decir paralógico- pretende condicionar la raíz del “principio esperanza” (Ernst Bloch), su posibilidad emergente. La de encontrar una razón en la entraña de la historia. Y no es otra que el fermento de la libertad humana. El único fundamento y garantía de futuro. Ningún otro puede augurarlo.

Creen algunos, amparados en la quiebra irresponsable del Estado, que esta revelación emana del nacionalismo autóctono. Engastan para ello supuestos críticos que nunca existieron y los formulan como espejismo de la conjunción social integradora a la que pertenecen y configuran desde hace más de cinco siglos. Otro reflejo plástico, resbaladizo. Utópico. El proyecto de Unión Europea requiere el esfuerzo de reinventarse y, ante él, hay comunidades que reaccionan por inversión refleja de fondo. Quieren suplir con destino incierto el descalabro que intuyen si no afrontan el reto que un día apalabraron. ¿Era un decir vilano, irresponsable? Tal vez oportunista. Pero soñar sobre el fango de las arcadas es también reflejo de vibración cardíaca acelerada.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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