Estoy solo, sin telepantalla, leyendo en mi refugio el mejor prólogo a la resonante distopía de Orwell 1984 (Secker & Warburg, 1949). El que cuajó Pedro Laín Entralgo hace medio siglo para la colección Libros RTV de Salvat Editores, como frontis a una de las muchas reimpresiones de la pronta traducción de Rafael Vázquez Zamora (Destino, 1952).
Nadie ha captado la aleve jondura de esa novela como supo hacerlo Laín Entralgo, toda ciencia trascendiendo. Si es cierto que una obra de creación queda incompleta hasta que recibe el acompañamiento crítico que se merece, la horma de 1984 está en el preámbulo que estampó Laín a ese tomito amantecado, impreso en Navarra por Gráficas Estella.
“¿Cuál podría ser el contenido de una novela titulada 2020?”, se preguntaba en 1970 nuestro gran médico-filósofo, al hilo de la estupenda narración orwelliana. ¡Poco habría tenido que imaginar, de haberse hecho hoy la misma pregunta! Con “El Gran Reseteo” del Foro Económico Mundial, en el marco de la peste coronavírica, habría tenido suficiente. Por no hablar del renacimiento biotécnico evangelizado hoy el doctor Yuste, flamante mapeador del ídolo sináptico para la administración estadounidense, y remedo en el sector de su pionero compatriota Rodríguez Delgado: el grandioso neurotecnólogo del que en Estados Unidos nadie quiere acordarse…, injusta pero precisamente por el estigma orwelliano.
En fin, que el mundo avanza que es una barbaridad y tres ingentes cuestiones históricas siguen dibujándose en su promontorio. Tres dramáticos asuntos que, como vio Laín, están presentes en el tema, la trama y la anécdota de 1984: El dominio técnico de la naturaleza, la manipulación técnica de la naturaleza humana y la influencia de la técnica sobre la política.
El primer empeño es ilimitado, nos dice Laín, y de esta convicción participan los personajes de 1984. Cuya verdadera preocupación es el segundo punto: el control técnico de la conducta individual y en último extremo sobre el ser de la especie. Así lo piensan los camaradas del Consejo del Partido, y sobre ese pensamiento descansa su acción política. Como pontifica uno de ellos al achantado protagonista, según extracta Laín:
“A la vida la dominamos nosotros, Winston, en todos sus aspectos. Se deja usted llevar por la idea de que existe la llamada naturaleza humana, la cual usted cree que acabará por reaccionar contra nosotros al ser vulnerada en sus leyes. Pero la naturaleza humana la creamos nosotros. El hombre es un ser infinitamente maleable. Si usted cree ser un hombre, Winston, considérese como el último ejemplar de esa especie. A esa especie la hemos sucedido nosotros”.
Es decir, el Partido. El que certifica por ley que la eutanasia es una muerte natural. El que ofrenda diariamente, en el altar del progreso, su holocausto de abortos. El que decide por decreto cuál es la verdad y quién puede contarla. El que encierra a su gente, condenándola a miseria, para salvar a las abuelitas… Mentira sobre mentira. Todo telepantalla. Sin embargo el nervio constante del hombre, ese bípedo fantástico, que siempre hace más de lo que debe, no será devorado por el hormiguero. Quizá, como recuerda Laín citando a Hölderlin, porque a veces lo que salva nace justo donde está el peligro. O a lo mejor, como intuía el erudito turolense, porque sencillamente el sol va a seguir brillando sobre la estirpe de Adán. ¡Quién sabe nada! De momento una brisita me acaricia la mejilla y los niños juegan en el parque. Me recuesto en la mecedora mirándolos por la ventana, bendecido por la eternidad del instante.