Braveheart
sábado 30 de agosto de 2008, 17:53h
Hacía quince meses que no pisaba la calle y, a su salida, una pequeña multitud se agolpaba para recibirle entonando el Eusko Gudariak, el himno del soldado vasco, porque, ¿qué otra cosa es él sino un auténtico soldado de la libertad? Que no nos engañen los cuatro kilos que ha perdido: basta mirarle para comprender que pertenece a la “raza superior”. El profeta ha vuelto sin variar una coma de su discurso: qué gusto escucharle, qué alivio comprobar que los carceleros no han logrado doblegar su espíritu libertador.
Nada más salir de prisión, el guía espiritual nos ha regalado su primera revelación: “hay un problema sin resolver en este país”. Pero no se ha quedado solo ahí. En su inmensa bondad, el gran líder nos ha descubierto su solución: “yo considero, personalmente, que ese problema sólo se resolverá a través del diálogo y la negociación”. ¡Qué alarde de sabiduría! Después ha dado muestras, una vez más, del espíritu democrático que le imbuye: “este país tiene que conocer un escenario de paz y democracia que le permita seguir su futuro y al mismo tiempo, siempre dentro de ese proceso, liberar a todos los presos y presas políticos vascos”. En fin: problema, diálogo, escenario, paz, proceso, presos y presas… ¡cómo he echado de menos estas palabras! Las he añorado tanto que a veces las escuchaba en sueños, pero, en lugar de nuestro gallardo soldado, las pronunciaba un tipo que guardaba un parecido asombroso con el Señor Spock. Ya se sabe que los sueños no conocen la lógica.
Solo he detectado una ausencia importante en el discurso del profeta: las referencias al "conflicto" que padece Euskadi. Todo el mundo sabe que el País Vasco sufre una cruenta guerra que dura ya varias décadas, y en la que hay dos bandos enfrentados que se matan mutuamente. Las calles de San Sebastián son un territorio comanche en el que nuestro valeroso líder se expone a encontrar la muerte cada día, por eso ha de caminar escoltado, mirar bajo el asiento antes de subir al coche y cambiar con frecuencia de domicilio e itinerarios. Pero a él no le importa arriesgar su vida si ese es el precio que hay que pagar por liberar a su “pueblo”. Tal es su generosidad.
He visto que algunos le llaman Arnaldo, pero se equivocan. Yo sé que su nombre es William, William Wallace.