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Golpe de efecto en Galicia

Olga González Alonso
sábado 30 de agosto de 2008, 19:51h
Se despejó la incógnita. Touriño ha anunciado que piensa agotar su mandato al frente de la Xunta de Galicia y que, por tanto, las elecciones autonómicas serán en 2009 y no en el próximo otoño como casi todos daban ya por hecho. La situación económica, la crisis eufemísticamente bautizada como “desaceleración”, cuyos peores efectos, según voces expertas, llegarán con el nuevo año, se apuntaba como el principal elemento que inclinaría la balanza hacia un adelanto electoral. Porque, una vez admitida la crisis, aunque sea con eufemismos, las consecuencias que a Zapatero realmente le preocupan no se cuentan en euros como las que afectan al españolito de a pie; se cuentan en votos. Y Galicia es, en ese sentido, un importante punto de interés.

También se señalaba a las encuestas como posible acicate para adelantar los comicios; pero ese es un elemento menos claro, porque ya se sabe que sondeos los hay para todos los gustos y, viendo cómo algunos medios apuntaban a que los últimos manejados por el PSOE favorecían a los socialistas mientras otros afirmaban todo lo contrario, lo único que cabe pensar sobre el tema es que las encuestas verdaderas vienen a ser, para el común de la ciudadanía, como los billetes de quinientos euros: se sabe que existen, pero muy pocos los han visto.

El caso es que Touriño dijo no. Y vistió elegantemente su negativa a llamar a urnas en octubre o noviembre como un cumplimiento de la “palabra dada” y un poner por delante de todo el interés general de Galicia. No hay debilidad ni en el gobierno ni en su presidente, vino a decir. La puesta en escena del anuncio, que hizo compareciendo en solitario en su residencia oficial de Monte Pío, al margen de la reunión de su gobierno celebrada horas antes y de la habitual rueda de prensa posterior, parecía querer reforzar la interpretación que gran parte de la opinión pública ha dado a la decisión: Touriño escenificaba así el golpe de autoridad que quiso dar sobre la mesa de sus jefes de Madrid, en especial del vicesecretario general del PSOE, José Blanco, y de gran parte de sus compañeros gallegos de partido y de gobierno.

Sin embargo, ha sido, más que nada, un golpe de efecto. Porque sus afirmaciones públicas sobre que iba a dedicar las vacaciones a meditar la oportunidad del adelanto; las de miembros de su entorno más próximo, asegurando que la convocatoria electoral en otoño era un hecho; la reunión celebrada en Monte Pío con Blanco y otros miembros de las cúpulas socialistas nacional y gallega; o las reacciones de sorpresa e incluso decepción expresadas por no pocos representantes del PSdeG dejan bien a las claras que la idea de no agotar la legislatura estaba en la cabeza del presidente, que era apoyada firmemente por su partido y que lo de Touriño ha sido más una marcha atrás que un no moverse de sus convicciones. Lo que demuestra que los intereses y las presiones partidistas, como las encuestas y los billetes de quinientos euros, existen, y que el PSOE gallego, incluido el presidente de la Xunta, los valoró por encima de los generales de la ciudadanía que Touriño esgrime ahora como excusa. Y su golpe de efecto no puede esconder que esos intereses y esas presiones podrían anteponerse a cualquier otro factor si las circunstancias políticas de cualquier otro momento así lo recomiendan.
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