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TRIBUNA

USA en desuso

domingo 10 de enero de 2021, 20:55h

Durante mucho tiempo la política en USA permaneció libre de ideologías, cuestión no fácilmente asimilable por los europeos, más habituados a partidos ideológicamente pertrechados y a una enconada terminología “derechas” e “izquierdas”. Consecuencia de ello es que no hubo entre los dos partidos, republicano y demócrata, abismo alguno de orden intelectual que provocara una tajante diferencia de principios o ideas esenciales, ya que el contenido intelectual de los programas políticos siempre fue escaso, por no decir nulo. Y, además, siempre estuvieron de acuerdo en acatar fielmente la Constitución sin alterar el mecanismo político del Estado. En suma, ni republicanos ni demócratas acarrearon divisiones profundas o permanentes de tipo social. Por poner un ejemplo de cuestión polémica en Europa, en la política norteamericana nunca hubo el menor asomo de anticlericalismo en los programas ni en la tradición de ambos partidos.

USA no conoció lo que suele denominarse lucha ideológica porque la idea política, como presupuesto de la acción, no existía allí, en donde la política no era idea, sino, exclusivamente, acción. Los distintos programas representaban una afirmación de voluntad en cuanto a la acción y la única diferencia entre ellos consistía en llevar a la práctica tal o cual medida. La diferencia, pues, era el método o procedimiento, nunca el concepto. Por eso, durante mucho tiempo la estadounidense, ha sido la mejor democracia del mundo o, según Churchill, la menos mala del mundo. Sin embargo, algo se ha torcido en los últimos años dañando el modelo. Un germen corrosivo de raíz netamente cultural con origen académico: la doctrina de la corrección política. Anidando rápidamente en terreno ideológico, en especial, en los campamentos de invierno filomarxistas, dicho germen ha infectado el sistema y amenaza con destruirlo.

En su obra Introducción a la filosofía política. Democracia y revolución, Raymond Aron, marcó la diferenciación entre ambas realidades. La democracia supone pluralidad de posiciones, procedimiento electoral y aceptación del otro con recíproca admisión de diferencias desde las que partir en busca de un consenso común, siendo ello garantía de convivencia y concordia. La revolución es exactamente lo contrario: uniformismo político, negativa de aceptar al otro en tanto que piensa distinto de uno, ruptura de la legalidad, sustitución de la competencia pacífica en el ejercicio del poder por la violencia, una violencia siempre necesitada de legitimarse en idolatrías como la raza, el idioma, el pueblo o el partido. Al aislar y negar legitimidad al que disiente del discurso dominante, la corrección política participa de una naturaleza claramente revolucionaria. No es moderación sino imposición. De ahí que actue como potente disolvente de los sistemas democráticos, penetrando permisivamente como auténtico caballo de troya dentro de la ciudadela de las libertades.

El riesgo que hoy amenaza gravemente la democracia en Occidente es la dialéctica de la corrección política. Y es que entre fascistas y antifascistas nos están estrangulando la libertad, como ya sucedió durante el período de entreguerras del siglo XX, cuando el totalitarismo fue una inquietante moda y la democracia un anatema.

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