En mi anterior artículo de 29/12/20 consideré la primera falacia contra la lógica cuantorial, que se detecta en esas leyes. Se pasa abusivamente desde “algunos” hasta “todos”, con el agravante de que esos “algunos” son además únicos e irrepetibles. La segunda falacia que ahora examinamos va contra la lógica modal.
Este tema fue ya tratado en mi artículo “La falacia ser → deber ser”, publicado en El Imparcial con fecha 14/04/20. Basta poner en Google “El Imparcial José María Méndez”.
Comprender el alcance de esta segunda falacia exige un cierto esfuerzo mental. Desgraciadamente, todo el mundo usa ordenadores, pero son muy pocos los que pudieran responder a las preguntas ¿por qué los hay? ¿cuál ha sido el descubrimiento que los ha hecho posibles? En efecto, todo el mundo conoce las cuatro reglas de la aritmética, pero la mayoría de las personas cultas, incluso muy cultas, desconoce los rudimentos más elementales del cálculo lógico, que es aún más básico y fundamental que esas cuatro reglas, y que ha hecho posibles los ordenadores.
Con todo, cualquier lector atento entenderá los gráficos de ese artículo, a poco que se esfuerce en ello. Quizá le ayude recordar que, cuando fue niño, hizo un esfuerzo mucho mayor para aprender a leer y escribir, o las cuatro reglas citadas. Y sin duda hoy está muy satisfecho por la utilidad que le reportó aquel esfuerzo. Sin esos conocimientos, no podría desenvolverse en la vida.
Hasta la reciente formalización de la lógica los filósofos iban prácticamente a ciegas. Buena prueba de ello es la ignorancia de lo decisivo que es colocar la palabra “no” antes o después de la palabra “debe, como se recuerda en el mencionado artículo.
En los más grandes nombres de la filosofía encontramos groseros errores a propósito de lo que es “condición necesaria” o “condición suficiente”, y la conexión correcta entre ambas. Justo por este motivo surgió la peste intelectual del “idealismo”, que esterilizó el pensamiento filosófico durante dos siglos, desde Berkeley a Hegel, pasando por Kant. Sólo gracias a la lógica formalizada reciente hemos conseguido superar por fin tan arraigado y burdo error.
Lo más urgente en el tema del deber ser ético es distinguir entre “posible” y “necesario”. Y comprender que “necesario es lo mismo que “no poder ser de otra manera”. La colocación de “no” delante de “poder” es de nuevo crucial.
Que el Madrid gane al Barcelona en el próximo encuentro es posible. Por eso mismo puede ser de otra manera. Puede que gane el Barcelona. En cambio, la suma 2 + 2 = 4 no puede ser de otra manera. Podemos aplicar provisionalmente el adjetivo “necesario” a 2 + 2 = 4. En casi todos los idiomas del mundo se encuentra la frase hecha “esto es así como dos y dos son cuatro”. Se toma cándidamente la suma 2 + 2 = 4 como si fuera el paradigma de la verdad absoluta.
Y sin embargo no es así. La lógica es anterior a la matemática. Con ingenua precipitación aplicamos el adjetivo “necesario” a 2 + 2 = 4. Nos equivocamos al pensar que se trata de una verdad inconmovible, absoluta, firme como la roca que sostiene cualquier otra verdad.
En efecto, antes del Big Bang la frase “dos y dos son cuatro” no era verdadera, porque no había siquiera cuatro individuos que se pudieran contar. No había individuos en absoluto. Para que esa suma sea verdadera hace falta que existan al menos cuatro cosas, y vistas como individuos distintos. Tiene que existir algún cuarteto que “satisfaga”, como dicen los lógicos, la fórmula 2 + 2 = 4.
En consecuencia, la verdad total y absoluta que nos hace falta no la encontramos en la matemática. Necesitamos una verdad que fuese tal antes del Big Bang. Una verdad eterna. Esta verdad perfecta nos es suministrada por el cálculo lógico. Por ejemplo, el principio de no contradicción “algo no puede ser y no ser a la vez”.
Aunque lo expresamos en lenguaje ordinario, eso mismo expresado con rigor en el cálculo lógico resulta ser una fórmula mucho más seria que 2 + 2 = 4. Antes del Big Bang el principio de no contradicción era ya cierto. Su verdad tiene todos los mimbres para ser calificada de “necesaria” o “absoluta”. Otra manera de enunciarlo en lenguaje ordinario es “algo no puede ser y no ser a la vez”
Surge inmediatamente la pregunta ¿cuál es el correlato real de esa fórmula lógica? ¿Qué realidad podría “satisfacer” esa fórmula lógica antes del Big Bang?
La respuesta es también inmediata. El correlato real del principio de no contradicción, o de cualquier otra de las llamadas “valideces”, es el Ser Necesario o Dios. O sea, lo que los medievales denominaron “Ipsum Esse”, el ser que existe por sí mismo, sin haber recibido el ser. Lo contrario de los entes contingentes de nuestro cosmos.
Si existe la verdad formal, absoluta y necesaria, del principio de no contradicción, entonces existe Dios o Ser absoluto, como realidad en que se satisface o cumple tal verdad formal. Bien podemos llamarla “Ipsa Veritas” y escribir: “Ipsum Esse ↔ Ipsa Veritas”.
Quizá ayude esta consideración. Si Dios no existiera, antes del Big Bang, tendríamos la verdad formal del principio de no contradicción y a la vez la inexistencia de una realidad que satisfaga esa fórmula. Como ya decía Aristóteles, “verdadero es decir de lo que es que efectivamente es”. Pero tendríamos una verdad formal en el aire, sin nada a lo que se aplica o refiere. Es famosa la pregunta de Heidegger ¿por qué el ser y no la nada? Está mal planteada. La pregunta correcta es
¿por qué el ser necesario de lo válido y el no-ser igualmente necesario de lo contradictorio? Ambas “satisfacciones” se dan a la vez. Son inseparables.
Así pues, el cálculo lógico, descubierto independientemente por Frege y Peano en el último tercio del siglo XIX, y trasladado por Shannon a circuitos eléctricos a mediados del siglo XX, es algo mucho más fundamental o básico que 2 + 2 = 4. Para que esta frase matemática sea cierta, hace falta la existencia de las cuatro patas de un caballo, o de algún otro cuarteto. En cambio, para las verdades necesarias de la lógica formalizada no hace falta que exista este cosmos o ningún otro cosmos. Las “valideces” de la lógica, de las que el principio de no contradicción es el ejemplo más a mano, eran totalmente verdaderas antes del Big Bang, porque se cumplían en el Ser Necesario o “Ipsum Esse”.
Todo lo anterior era indispensable para captar la trascendencia de la afirmación básica del presente artículo: “el deber ser ético se formaliza lo mismo que el Ser Necesario”. De ahí la enorme importancia de los gráficos del artículo de 14/04/20.
La falacia “ser → deber ser“ equivale por tanto a la falacia más fácil de entender “posible → necesario”. Esta última es la falacia que suele cometer el hincha futbolero: si el Madrid puede ganar al Barcelona, seguro que le ganará.
El deber ser ético, o lo obligatorio, se sitúa por tanto en el supremo nivel de lo divino. Unamuno escribió en su “Diario Intimo” esta inmensa frase: “ser bueno es hacerse divino, porque sólo Dios es bueno” (Alianza Editorial, Madrid 1996, p. 93). Condensó en ella la esencia de la Axiología. El deber ser ético se formaliza lo mismo que el Ser Necesario, y lo que llamamos “valores” son, en último análisis, las perfecciones mismas de Dios.
De los políticos que aprueban las leyes permisivas del aborto y la eutanasia, lo menos que podemos decir es que no llegan al nivel de lo necesario o lo divino. Lo que vale también para la opinión pública que aplaude tales engendros jurídicos. Los caprichos, veleidades y ocurrencias de los humanos están en el nivel inferior de lo posible. Pueden ser de otra manera. Y cambian de hecho según los tiempos y lugares. Por el contrario, el deber ser de los valores que inciden en el aborto y la eutanasia es literalmente “divino”. Tiene la misma firmeza o solidez que el Ser Necesario.
Las actuales leyes permisivas del aborto y la eutanasia no tienen detrás de ellas más que fuerza bruta de los poderosos de turno, que en este caso son nuestros actuales políticos, ignorantes de las más elementales nociones de la lógica formalizada.
Ni siquiera intentarán comprender los gráficos del artículo de 14/04/20. Los moralistas medievales hablaban de “ignorantia affectata”. No se trata de que se sepa, pero convenga fingir que no se sabe, como quizá sugiere el adjetivo “afectado”. Es que no se sabe de hecho, y además no se quiere aprender, no sea que haya que cambiar de opinión. Se prefiere permanecer en la ignorancia, para no correr el riesgo de descubrir se estaba en un error, y haya que abandonar los tan queridos prejuicios.
Esta es exactamente la ignorancia retorcida y culpable que brilla en nuestros actuales políticos. Son ignorantes supinos y tercos. Los de izquierdas, todos. Los de derechas, casi todos.