www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Las humanidades clásicas y la fe religiosa

Ciriaco Móron Arroyo
domingo 17 de enero de 2021, 19:31h

En El Imparcial del 5 de diciembre de 2020 me impresionaron de manera particular dos tesis, primera: “La crisis de la Humanidad es una crisis de las humanidades clásicas, de la cultura humanista, y la crisis de la educación y del arte constituyen el negro presagio de una crisis general de impotencia y barbarie” (M-M. Rubio Esteban). Y segunda, sobre la Ley Celaá: “Su propósito de fondo a medio plazo: marginar en España la educación de los colegios administrados por las órdenes y congregaciones religiosas. El objetivo final se centra en eliminar a la Iglesia católica de la educación” (L. Mª. Ansón). Mi reacción inmediata fue copiar estas tesis para pensar un poco en ellas, y hoy declaro en público mi asentimiento y las comento con unas breves apostillas. Como nuestras ideas más objetivas son en definitiva nuestras, mi comentario tiene algo de autobiográfico, puesto que el griego, el latín y el catolicismo han sido el foco de referencia en mi vida personal y profesional; pero lo importante no son mis experiencias, sino el valor objetivo de las humanidades y la religión. Estudié latín y griego durante cuatro años en el seminario de Talavera de la Reina y un año más en el de Toledo. Como efecto permanente de aquellos estudios sigo despertándome cada día inserto en un mundo que se extiende en el tiempo durante veintiséis siglos. En los días de Navidad mis regalos a los nietos han sobrepasado la cantidad acostumbrada; y cuando me han comentado su sorpresa, les he dicho: “la senilidad”. Con ese motivo les he recordado la historia de Sófocles anciano, a quien su hijo llevó a los tribunales por supuesta incapacidad. El viejo débil leyó ante el tribunal unos trozos de su última tragedia: Edipo en Colono, y cuando los jueces le oyeron, mandaron al hijo…fuera del tribunal. En Edipo en Colono, el protagonista exclama contra el destino al que le arrojaron los dioses. Mató a su padre y engendró hijos en su propia madre; pero él no lo sabía y, por tanto, no era culpable. El pobre ciego desterrado le dice a Creonte, hermano de su madre: “¡Oh, atrevido imprudente! ¿A quién crees injuriar con eso?... En lo que de mí ha dependido, no podrás encontrar mancha alguna de pecado por la cual cometiera yo esas faltas contra mí mismo y contra los míos” (Edipo en Colono, versión de la red). El grito de Edipo no es de hace veintiséis siglos; es el de todas las víctimas de la injusticia en la historia humana. La libertad es una experiencia personal indiscutible; pero esa experiencia se ha negado desde cuatro factores: en la antigüedad los dioses (Edipo) y los astros (Calderón, La vida es sueño), y en nuestro tiempo, desde la panacea del ADN y, en algunos casos, desde la “infraestructura social”. Como se ve, los estudios de latín y griego no solo le dan a uno perspectiva histórica y el respeto progresista que esa perspectiva conlleva, sino los contenidos culturales de valor permanente que aportan los clásicos. El término “humanidades” es muy amplio; en realidad, todas las actividades humanas y la reflexión sobre ellas son humanidades: en estos días estamos bien convencidos de que, además de la creación artística, la ciencia, la medicina y los estudios de la solidaridad son humanidades. Pero en sentido más restringido y preciso, el término se aplica a las “humanidades clásicas”: lengua, literatura, historia, filosofía y teología, desde los griegos. Las carreras universitarias en las que se estudian estos contenidos van perdiendo estudiantes sencillamente porque no ofrecen las oportunidades de trabajo que ofrecen estudios “más prácticos”. Hace algunos años leí en el New York Times una carta en la que un graduado en historia de la Universidad de Yale se presentaba como conserje de un edificio de apartamentos en Nueva York, y añadía que su título le había cualificado para abrir la puerta a los “brutos” que habían estudiado Administración de Empresas. Desde luego, las humanidades no dan muchos puestos de trabajo, porque si los valores económicos y vitales se reparten entre varios, cada uno recibe menos; en cambio, los valores superiores no se reparten (Max Scheler). Un comedor de Cáritas solo puede remediar a un número limitado de personas; en cambio, una conferencia (valor intelectual) puede ser compartida en su totalidad por miles de oyentes. Lo fundamental de las humanidades en sentido estricto es que nos enfrentan con nuestra identidad personal, la identidad colectiva, la comunicación, el sentido de la vida humana y la creatividad. En un libro como la Ética a Nicómaco de Aristóteles, encontramos el lenguaje de toda la ética occidental y universal. Los clásicos griegos nos dan el fundamento de nuestra cultura contemporánea. Y los latinos nos liberan para estudiar en los textos originales toda la cultura europea, incluida la española. Las humanidades clásicas son, pues, perspectiva, respeto, razón histórica y libertad.

Paso ahora a la Ley Zelaá y su doble proyecto: “eliminar a la Iglesia católica de la educación” (L. M. Ansón) y eliminar el español (español, aunque también castellano) como “lengua vehicular” en algunas regiones de España. No conseguirá nada; por suerte, la mayoría del profesorado español en todos sus niveles estudia y enseña en serio; los historiadores del arte seguirán exigiendo que los estudiantes sepan qué es una “Adoración de los Reyes” o una “Inmaculada” de Murillo. Cuando yo enseñaba el Libro de buen amor en la Universidad de Pennsylvania o en Cornell, tenía que explicar a los estudiantes del doctorado qué eran los pecados capitales. Solo los conocían las alumnas del Colegio del Sagrado Corazón, de San Juan de Puerto Rico. En 1939 los falangistas españoles reclamaron el derecho exclusivo del Estado totalitario a la educación, y, según ellos, la Iglesia no debía quejarse, ya que la nueva educación era católica. Sin embargo, la Iglesia no renunció a su derecho y mantuvo la enseñanza en sus colegios. Lo mismo pasará ahora; no se puede admitir un Estado totalitario. El cuestionamiento del español por los grupos separatistas de algunas regiones es simplemente grotesco. Allá por 1980 leí un chiste, creo que de Mingote y en el ABC; decía poco más o menos: “Los españoles hablamos castellano, catalán, vascuence y gallego; español lo hablan los ingleses, los suecos, los pakistaníes…”. Lo de los pakistaníes lo recuerdo perfectamente. Espero que la RAE imponga su autoridad para que no se implante esa ignominia contra la cultura. No estamos para bromas, pero en consonancia con lo que he dicho sobre el extenso horizonte que nos abre el estudio del griego, respeto que los separatistas catalanes, gente progresista, quieran volver a 1335, cuando su lengua era una koiné mediterránea: “Vais a maravillaros de una cosa que os diré… de gentes que dependan de un solo lenguaje o idioma, de ningunas hay tantas como de catalanes, pues si queréis buscar castellanos, ya veis que la verdadera Castilla tiene poca extensión y no es gran cosa, porque Castilla tiene muchas provincias, cada una de las cuales tiene su lenguaje, y hay tanta separación entre ellas, como entre catalanes y aragoneses, cuyas lenguas son muy separadas, por más que dependen todos de un mismo señor” (R. Muntaner, Crónica catalana, c. 29).

Ciriaco Móron Arroyo

Profesor emérito en la Cornell University

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (7)    No(1)

+
0 comentarios